Cinexcusas / Avándaro: el eterno retorno (I de II)
- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 14 Feb 2026 21:51
Torrentes de tinta, horas y horas de radiodifusión e incontables metros de cinta cinematográfica, videoasta y televisiva, dan cuenta de la importancia que tuvo y nunca dejará de tener el Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, el “Woodstock mexicano” que tuvo lugar y momento los días 11 y 12 de septiembre de 1971 en aquella pequeña localidad del estado de México. Las fotografías de Graciela Iturbide y Pedro Meyer; los textos de Carlos Monsiváis y José Agustín; el cortometraje de Alfredo Gurrola y los respectivos largodocumentales de Humberto Rubalcaba y Sergio García Michel, entre muchísimos otros, en unos casos difundieron y en otros reflexionaron acerca de un evento –fuerza es decirlo clásicamente– crucial de la cultura en México. El contexto es insoslayable: el país venía de la matanza de Tlatelolco en 1968 y el Halconazo en junio de ese mismo año, el ’71, de manera que ser joven, y encima jipiteca –como no sin aires peyorativos se le llamaba a quienes vibraban en la onda anglosajona del power flower y el peace & love, y en términos musicales gustaban sobre todo del rock, pero no precisamente del edulcorado a cargo de Angélica María, César Costa y similares–, equivalía a ser un delincuente, cuando menos en potencia, desde la perspectiva gubernamental. En general de manera tácita –y en ciertos casos explícita–, los eventos masivos estaban proscritos, no únicamente los de índole política, sino también los culturales y, entre ellos, los que involucraban música dirigida a la juventud. Con el 2 de octubre del ’68 todavía palpitando como herida abierta, en 1969 se prohibió en México la exhibición del musical estadunidense Hair –estrenado off-Broadway dos años antes, del que Milos Forman hizo película homónima en 1979 y que criticaba el enrolamiento juvenil para la guerra de Vietnam–; entre otras, la canción “Tlatelolco”, de la banda mexicana Pop Music Team fue censurada en la radio y el conocido como Concierto Blanco, en Monterrey, fue reventado a propósito para poder suspenderlo, con consecuencias político-sociales que afectaron al entonces gobernador de Nuevo León pero, más importante que eso, contribuyó al espesamiento de la percepción colectiva nacional, cada vez más inclinada a tildar de “rebelde” y “revoltosa” a la juventud en general. La flama rockera Como es de sobra conocido, el Festival de Música y Arte de Woodstock, celebrado del 15 al 18 de agosto de 1969 en las cercanías de aquella localidad del estado de Nueva York, seguía resonando con fuerza en los oídos y las mentes no sólo de la juventud estadunidense, sino de muchas partes del mundo: por sólo hablar de América Latina, el colombiano Festival de Ancón (junio), el chileno Festival de los Dominicos Piedra Roja (octubre) y el argentino Festival Buenos Aires Rock (noviembre), todos en 1970, son testimonio de que la flama rockera había prendido con un impulso difícil, si no imposible de contener. Fuerza es insistir: tal vez más que en otros países, en aquellos tiempos en México el horno no estaba para bollos rocanroleros. En junio de 1969, la mítica banda californiana The Doors iba a dar al menos un concierto masivo en el desaparecido Toreo de Cuatro Caminos, al norte de Ciudad de México pero, ya contratada y todo, el gobierno del genocida Gustavo Díaz Ordaz lo prohibió, con lo que Jim Morrison y compañía terminaron presentándose cuatro veces en un pequeño local llamado The Forum, para un público más bien “selecto”. Resulta sintomático que en eventos como los mencionados –el musical Hair, los Doors en México– estuvieran involucradas personas cercanas o allegadas al poder político: un nieto de Plutarco Elías Calles fue productor y promotor del musical, y un hijo de Díaz Ordaz fue gestor de la presencia de los Doors. En el caso de Avándaro no fueron personajes del ámbito político, pero sí otros que formaban –o tiempo después formarían– parte del económico, quienes concibieron y a final de cuentas llevaron a cabo el mítico Festival; entre ellos, Justino Compeán, Luis de Llano Macedo y los hermanos Eduardo y Alfonso López Negrete (Continuará.)