Benito/Bad Bunny va al Super Bowl

- Antonio Soria - Saturday, 14 Feb 2026 21:32 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Poderosísimo, el revuelo mediático empezó semanas antes y no se ha detenido: el espectáculo de medio tiempo del Supertazón LX de la estadunidense Liga Nacional de Futbol (americano, NFL por sus siglas en inglés) corrió a cargo del cantante, compositor, productor musical y actor puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny.

 

La presencia en la final de futbol americano de quien, el día de hoy y a nivel mundial, es el artista latino más célebre y exitoso, desató una doble ola: la de quienes lo celebraron y la de quienes lo deploraron, curiosamente, por las mismas razones, comenzando por el hecho de ser latinoamericano y que haya cantado en español.

Independientemente de filias y fobias, el concierto/espectáculo que Bad Bunny ofreció a una audiencia mundial que rebasó los 200 millones de personas no puede ser visto sólo como un evento mediático más, sino como lo que también fue: un acto con innegable carga simbólica y política, particularmente en el contexto de las medidas antimigratorias del gobierno estadunidense.

Hijo de un chofer de camión y una maestra de inglés, Benito/Bad Bunny nació en 1994 en el municipio de Bayamón, pero pasó sus primeros años de vida en el de Vega Baja –este último dentro del área metropolitana de San Juan, la capital–, ambos en la costa norte del Estado Libre Asociado de Puerto Rico; el próximo 10 de marzo cumplirá treinta y dos años de edad; en algún momento practicó la lucha libre profesional y se matriculó para la carrera de Comunicación audiovisual en la Universidad de Puerto Rico, campus Arecibo.

A Lysaurie, su madre, le gustaba mucho la música, en especial la balada romántica, lo cual debió ser determinante para que Benito/Bad Bunny quisiera ser cantante desde que tenía cinco años de edad, así como para que hasta los trece cantara en el coro de la iglesia. Admirador de Héctor Lavoe y Daddy Yankee, entre otros, fue en 2008, a los catorce, cuando comenzó a hacer sus propias canciones.

Con diecinueve años, Benito/Bad Bunny estudiaba y también laboraba como empaquetador –de cerillo, se habría dicho en México– en Supermercados Econo, al mismo tiempo que subía sus composiciones al streaming de música SoundCloud, que a diferencia de otros como Spotify permite la libre compartición de material auditivo. “Diles”, una de tantas canciones que había subido, atrajo a un productor y de ahí surgió su primer contrato, con el sello discográfico Hear This Music.

Era 2016 y Benito tenía veintidós años de vida cuando “Soy peor”, canción y videoclip, lo convirtieron en un referente ineludible de Hot Latin Songs –número 22 en esa lista, con más de 330 millones de reproducciones en YouTube. Desde entonces, para decirlo con una expresión clásica, su fama no ha hecho más que crecer: de 2020 a 2022 fue el cantante con más reproducciones en Spotify; la revista especializada en música Pitchfork lo añadió a su lista de los doscientos artistas más influyentes en el último cuarto de siglo; fue el primer cantante latino urbano que apareció en la portada de la prestigiosa revista musical Rolling Stone; con su álbum Debí tirar más fotos, este 2026 se convirtió en el primer cantante de habla hispana en ganar el galardón más codiciado de los Premios Grammy; además de ponerlo en su portada, la revista Time lo considera una de las cien personas más influyentes, junto a multimillonarios, políticos, activistas, etcétera.

Con esa década de tremendo ascenso y notoriedad, que Bad Bunny fuera contratado para el tradicional espectáculo a medio Supertazón sólo era cuestión de tiempo… y también, claro, de cuidadosos cálculos político/económicos.

La bofetada del Conejito

En realidad, y para desconocimiento general, el pasado domingo 8 de febrero no fue la primera vez que Bad Bunny apareció en el espectáculo de medio tiempo de un Super Bowl: Shakira, quien lo encabezó en 2020, tuvo al Conejito Malo como invitado. Pero las diferencias entre aquel momento y el sucedido apenas hace una semana son enormes, de modo que pasar de mero convidado a protagonista sólo es el principio.

En el ínter, y aunque ya de entrada sus malquerientes –que no son escasos, y muchos tampoco palmariamente ignorantes ni ágrafos– lo descalifican, haciendo gala de lo que dan por sentado es su propia superioridad cultural-estética, Bad Bunny se ha trastocado en algo más que un mero compositor e intérprete de reguetón, trap latino, salsa y pop urbano. Le guste o no a los exquisitos de toda laya y nivel, el éxito y por lo tanto la visibilidad e influencia del Conejito lo vuelve algo obvio: un referente de la música popular pero, al mismo tiempo y de manera inherente, uno en cuanto a gustos y estilos de vestimenta y vida en general, modos de sentir y de expresión, etecé.

Dicho de otro modo, y por más que su tremenda fama provenga de un opus musical y lírico mayoritariamente cuestionable, ya sea por elemental hasta lo cansón –la música–, ya sea por zafio, misógino y cosificador –una enorme cantidad de sus letras–; y por más que en buena medida deba sus alcances a la muy poderosa industria musical, no sólo estadunidense pero sobre todo, y por lo tanto sus posibilidades y alcances en cualquier otro ámbito distinto del mero entretenimiento estén claramente limitadas –verbigracia la política–; por más peros que se le pongan hay un hecho irrefutable: la presentación de Bad Bunny en el que los estadunidenses viven como uno de sus más caros hitos nacionales –el multimencionado Super Bowl del futbol americano y su show de medio tiempo como elemento indispensable–, le sacó tremenda roncha a los segmentos más conservadores, retrógradas y clasistas, no sólo de Estados Unidos.

¿La razón? El mismísimo Donald Trump, a toro pasado, con su habitual expresión pedestre y sin desaprovechar la oportunidad para el autoditirambo, lo explicó mejor que nadie:

El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, ¡uno de los peores de la historia! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo […] Este “espectáculo” es una bofetada a nuestro país, que establece nuevos récords y estándares cada día […] No hay nada inspirador en este desastre de espectáculo de medio tiempo; recibirá excelentes críticas de los medios de comunicación que difunden noticias falsas, porque no tienen ni idea de lo que está pasando en el mundo real [...]

Van las cursivas, a cargo del autor de estas líneas, para subrayar lo que más le dolió al delincuente –así declarado por un juzgado neoyorquino– y presunto protector de pederastas, quizá él mismo uno de ellos, que despacha en la Casa Blanca: la “afrenta” y la “bofetada” fueron a lo que él, y quienes como él piensan, creen y dicen que es America, a la que se supone desean hacer “grande otra vez”, para lo cual, entre otras medidas y en pleno escándalo mundial, han desplegado a la siniestra policía ICE, con su brutalidad programada y sus dos homicidios hasta la fecha, no sólo para detener y deportar inmigrantes –o no, basta con que a los gorilas de ICE le parezcan–, sino para enrarecer hasta el límite la situación social de cara a unas elecciones que avizoran perdidas.

La importancia de los símbolos

Bad Bunny no lo dijo en el medio tiempo pero sí días antes, al recibir su Grammy: fuck ICE!, traducible en buen mexicano más o menos como “¡A la chingada con el ICE!” (Previamente al partido, explícita, la banda Green Day dijo, en voz de su cantante Billie Joe Armstrong: “Deja tu trabajo de mierda porque cuando esto termine, y terminará, Kristi Noem, Stephen Miller, JD Vance y Trump te van a dejar tirado”, y ya en el concierto que dieron, su canción “American Idiot” resonó con fuerza, aunque el sonido del estadio intentó opacarla en cierto momento.)

Lo que Green Day no hizo, porque no se le ocurrió, no se atrevió o simplemente no le interesaba hacer –californianos de Berkeley–, lo hizo el Conejito puertorriqueño: cerró su espectáculo pronunciando los nombres de todos los países del Continente Americano, mientras a sus espaldas ondeaban las banderas de todos ellos, en un claro mensaje contra la convenencieramente errónea e interesada costumbre estadunidense de llamar “América” nada más a su país, y ahí la “Doctrina Donroe”, el secuestro de Nicolás Maduro, la invasión reciente a Venezuela y las anteriores a Panamá, República Dominicana, Haití, Nicaragua, Granada, México… y las intervenciones descaradas en Guatemala, Bolivia, Perú, la Operación Cóndor (Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay), más un etcétera tan largo como el inhumano bloqueo a Cuba la historia misma de Estados Unidos.

A propósito de banderas, no fue casual y mucho menos trivial que Bad Bunny portara una bandera puertorriqueña, como dice en su canción “Mudanza” luciendo el “azul clarito” en el triángulo: a diferencia de la oficial, con el azul oscuro, la que vieron los más de 130 millones de personas se vincula al movimiento independentista puertorriqueño y con ella se enarbola la defensa de la cultura boricua.

No paran ahí los detalles incómodos, o al menos inesperados, para quien deseaba un simple show a cargo de un músico exitoso, mediático, bien alineado con el estatus quo: la presencia de Toñita, fundadora del Carribean Social Club que en Nueva York es sede y símbolo de la presencia/resistencia cultural de la diáspora puertorriqueña; la representación de los apagones eléctricos, agudizados por el paso constante de huracanes, pero agravada desde que una compañía estadunidense-canadiense tiene en sus manos el negocio... Y no son los únicos mensajes, algunos más explícitos que otros, incluidos por alguien que, dígase por fin, bien podría no haber hecho nada de eso y limitarse a cantar aquello que lo ha hecho célebre. Sólo que, precisamente entre las canciones que le han dado su fama están, por ejemplo, “Mudanza” –donde la referencia arriba citada al “azul clarito” y esto: “aquí mataron gente por sacar la bandera/ por eso ahora yo la llevo dondequiera...”–, y “Lo que le pasó a Hawái” –“quieren quitarme el río y también la playa/ quieren al barrio mío y que tus hijos se vayan”–, explícita contra la gentrificación en Puerto Rico, cuyo estatus de “Estado Libre Asociado” a EU lo tiene bajo dominación directa desde 1952.

Más parecida a la arrogancia, tan frecuente cuando se trata de minimizar, relativizar o de plano soslayar, vía descalificación y desprecio, cualquier manifestación de la cultura popular, especialmente aquellas que provienen del mundo del espectáculo, la postura de muchísimos puristas –de la música, el activismo, el “mundo intelectual”– entrelaza sus extremos: unos habrían preferido un espectáculo totalmente descafeinado; otros sostienen que la presencia misma de Bad Bunny en ese evento implica al cien por ciento su asimilación al sistema, que de ese modo cualquier protesta y denuncia se neutralizan; no falta quien, por tirado de los pelos que resulte, es como si criticaran que el Conejito no se haya convertido en una suerte de Che Guevara cantante para dar comienzo una revuelta antiTrump en pleno medio tiempo del Supertazón…

Además de compartir la misma autoimpresión de ser los jueces de cuanto les venga en gana, en lo que esos puristas y exquisitos también son idénticos es en ignorar un par de cuestiones: por un lado no hay un solo fenómeno social unifacético, “en estado puro” –y qué bueno– y, por otro, los símbolos cuentan, aunque no todos sus efectos sean inmediatos. A propósito de símbolos, bien mirado, lo de Bad Bunny en el Super Bowl algo tiene de David contra Goliat l

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