Bemol sostenido / Querido asistente al concierto de Kanye West
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 14 Feb 2026 22:01
Nos enteramos de que compraste un boleto para ver a Kanye West y de que llenaste dos veces, junto con otros 80 mil melómanos, la Plaza de Toros México. Y no sólo eso: supimos que te sentiste privilegiado por vivir “un momento histórico”; que te pareció milagroso que el rapero volviera casi veinte años después (no pudiste interpretar su ausencia como algo sospechoso, sino como la promesa de algo excepcional). Espera… ¿cuántos años tenías en 2008? En fin. No importa.
Cuéntanos: ¿qué celebras cuando vas al evento de alguien así? ¿Celebras al artista que apoyó públicamente a Donald Trump mientras su gobierno normalizaba la persecución, el miedo y la violencia institucional contra tus paisanos? ¿Al hombre que estampó esvásticas en camisetas, como si el símbolo del exterminio fuera una simple provocación estética? ¿Al que se burló del movimiento Black Lives Matter? ¿Al que afirmó sin pudor que la esclavitud en América había sido “una elección”?
¿O celebras al mismo que interrumpió a Taylor Swift en un escenario global, robándole la voz? (Un gesto pequeño, sí, pero reflejo del atropello.) ¿Aplaudes a un provocador de papel cuyo discurso se sostiene con masking tape? ¿A un tipo del que se han alejado sus propios pares? A todo eso súmale el comportamiento familiar errático, exhibido como reality emocional, en medio de un desfile de contradicciones públicas. ¡Ah, pero con qué facilidad lo llamas “genio”!
Seamos justos: tiene oído para el sample, intuición para la arquitectura del beat, visión para la moda; capacidad para detectar y usufructuar climas culturales… ¿Qué más? Ha sabido convertir la vulnerabilidad en mercancía… la rabia en producto… Pero ninguna de esas “virtudes” cuestionables alcanza para cubrir la basura que su lengua deja alrededor. ¿Qué dices de su lírica?
En sus letras el señor West habla de éxito, de dinero, de fe, de paranoia, de traición, de autoestima hipertrofiada y de redención. Canta sobre el Yo como centro del universo; sobre la grandeza personal como destino manifiesto e irremediable. Y justo ahí está el problema: cuando el discurso artístico se vuelve pedestal, cuando el personaje devora a la persona, cuando el narcisismo se disfraza de profundidad… todo se va a la mierda.
Mientras Estados Unidos nos hace vivir una etapa oscura, con políticas que rozan el terrorismo de Estado y una narrativa oficial que deshumaniza al migrante, al pobre, al distinto, tu presencia en ese concierto no parece neutra. ¿Vas a decirnos que es puro entretenimiento, que no nos clavemos? Perdona: no se trata sólo de consumo cultural; el tuyo es un gesto político, aunque no lo quieras, aunque entrar a ese terreno te dé prurito, aunque lo evites en la mesa diaria y te lo guardes para la marcha de las selfies.
Y no. No te pedimos aquí que quemes tus discos ni que renuncies al placer de una buena rola. Eso no le sirvió a los detractores de Lennon, ¿recuerdas? Te pedimos algo más incómodo: no confundas talento con impunidad; no aceptes su etiqueta como salvoconducto moral. Porque admirar una obra no obliga a absolver al autor, aunque se disculpe públicamente argumentando salud mental (lo que jamás habría hecho este individuo si su bolsillo siguiera lleno).
Baila. Canta. Sí. Pero piensa también. Haz memoria. Hay artistas brillantes y otros que, además de centellear, entienden el peso de palabras que no tienen retorno. Hay días en que eso importa. Como hoy. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.. l