Anécdotas / Piromanía durante la Decena Trágica
- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 14 Feb 2026 21:48
La Ciudadela era la armería de la Ciudad y fue tomada por el exbrigadier Félix Díaz el 11 de febrero de 1913. El general Manuel Mondragón, como estrategia para tomar el sitio, desde la calle de Balderas hizo tronar un cañón Schneider. El general a cargo de dicho inmueble militar no tuvo más que ceder cuando vio que la embestida iría con todo y podía incendiarse, y eso habría sido una bomba atómica llena de dinamita que habría dejado una estela de miles de muertos.
Por el escándalo, el miedo y el corte de calles, entre otras razones, muchos periódicos dejaron de imprimirse. Pero algo se pudo saber a partir del 20 de febrero, que cesaron los tiroteos. A estos militares se les conoció como “ciudadelos” y a los defensores del gobierno como los “leales”. El País, procatólico, enlistó los inmuebles dañados por el lanzamiento de proyectiles. Especialmente, la 1ª y la 2ª calles. Casi desaparecieron el edificio Good Year, donde se encontraban las oficinas de Waters Pierce Oil Co. y el casino-escuela de la policía; también casas y comercios. En Bucareli, una granada destruyó una vivienda. En Revillagigedo hubo otros daños notables, por el cruce de tanta pólvora, los cuales provocaron la caída de cables de luz y el incendio de los árboles del jardín de la mansión de los descendientes de don Carlos Pacheco. A la lista de afectaciones se sumó la quemazón de un lado del Palacio de Justicia y una pared al poniente de la cárcel general. Estas perforaciones permitieron la fuga de presos. Hay más construcciones dañadas, pero debo ser breve, doña Clofis. Las llamas alcanzaron los templos de san Hipólito y la del Campo Florido, y las fincas 13 y 15 de la Rinconada de San Diego. Con decirle que las bombas tumbaron el techo de la casa de doña Clara Scherer, frente a la Glorieta
de Colón.
En ese ambiente de crispación y combate, grupos antagónicos (ciudadelos y leales, incluidos civiles) emprendieron acciones incendiarias contra periódicos. Unos, por su rabioso antimaderismo, y otros, por su apoyo al régimen democrático. Quizá el más impresionante fue el de la sede de Nueva Era, 18 de febrero. Porfirio Barba Jacob, un periodista colombiano que veía con absoluta simpatía al huertismo, relató en un folleto que “un grupo compuesto como de diez personas encaminóse a Nueva Era, el impudente periódico de don Gustavo A. Madero. […] Tales personas, pertenecientes al pueblo de más humildes trazas […] y pidieron que saliera alguien a oírles […]. Salió un señor llamado Salmón Argüelles [sic, Solón Argüello], y dijo un discurso en el que afirmaba que el pueblo estaba con ‘su’ gobierno; que la legalidad era primero que la paz; y que los ‘canallas’ revolucionarios serían exterminados” (“Emigdio S. Paniagua”, Porfirio Barba Jacob, El combate de La Ciudadela narrado por un extranjero, marzo de 1913).
Como respuesta, el mismo día 18, indignados maderistas se trasladaron a la sede de El País. Prendieron las puertas, intentaron descomponer una rotativa y se marcharon. Y no
contentos con esto, atacaron las oficinas de La Tribuna. Diario Independiente del Mediodía, del diputado porfirista Nemesio García Naranjo; siguió El Heraldo Independiente, dirigido por Salvador Gándara; El Noticioso Mexicano. Diario Libre, de Vicente Garrido y Gil Blas Cómico.
Observe usted, estimada Clofis, que hasta miedo da, hasta dónde alcanzó la efusión piromántica: a polvo también se redujo la casa de don Francisco I. Madero, en la calle de Berlín, y la de su hermano Gustavo, a quien asesinaron asimismo el día 18. Fueron los “fifíes” de la capital, según asentó el investigador Alfonso Taracena l