Premio Nacional de Artes y Literatura 2025. Irma Palacios y el arte como casa propia
- José Ángel Leyva - Sunday, 08 Feb 2026 00:14
Paco, ahora platico mucho con el retrato que te hizo Alberto, tu hermano. Tienes muchas luces sobre el rostro y unas formas muy semejantes a las que empleabas en tu pintura, aunque se notan las diferencias de estilo. Eres tú, sin duda, es tu gesto, tu personalidad, tu nobleza. Continúan viniendo reporteros de los diarios nacionales a entrevistarme sobre el Premio Nacional de Artes y Literatura que anunció el Gobierno de México en diciembre del año pasado. Sancho se pone eufórico, ladra como cachorro, se empeña en lamerles las manos y la cara a los reporteros. Algunos se atemorizan, otros lo acarician y elogian su porte atlético, su pelaje color miel.
Adriana debe estar por llegar. Antes, me gustaría poner en orden mis ideas contigo, como cuando nos preparábamos para ir a Nueva York y encontrarnos con los dueños de tu galería, para luego comprar libros y muchos materiales destinados a emprender nuevos proyectos. Fíjate, Paco, que he estado leyendo poesía. Entre los libros que repaso y que leímos juntos están los poemas de Francisco Hernández y de David Huerta. También he estado leyendo el libro que Pedro Serrano nos obsequió en Chilpancingo. Como siempre te dije, pienso que ningún otro lenguaje como el de la poesía se parece tanto a la pintura abstracta. Como si las palabras generaran efectos cromáticos, emociones de color, formas diversas en la mente. La poesía, como la pintura, no necesita explicarse, sólo deben tocarnos.
Suelen decirme: “me gusta mucho su obra, pero ¿me la podría explicar?” Y les respondo que no es necesario si fueron capaces de conmoverse ante sus colores y sus formas, sus texturas, su discurso. Con frecuencia, a mí misma, con el tiempo, terminan por no gustarme ciertos cuadros y siento la necesidad de intervenirlos, de retrabajarlos o de plano modificarlos, cambiarles los colores. Lo mismo sucede con las otras expresiones estéticas que he trabajado: cerámica, escultura, textiles, dibujos.
Lo que no mata engorda
Comentaba con Adriana, quien ya cumplió diecisiete años de colaborar con nosotros, sobre la rapidez con la que ha transcurrido la vida, en particular cuando hay algo por hacer, por crear, por inventar. Mi vida contigo fue tan plena que transcurrió sin darme cuenta de su velocidad. Tal vez porque nunca sufrí de sequías imaginativas, de períodos inactivos. A veces confundo los acontecimientos a causa de mi natural despreocupación por los reconocimientos y los premios, porque lo más importante para mí siempre ha sido el arte, la emoción de búsquedas inéditas. Adriana sabe más de mí y de mi obra, es quien pone las cosas en su sitio, aclara las fechas de mi trayectoria. Justo ahora me preguntan mucho sobre cómo inició mi interés por las artes plásticas, cómo pude trabajar en un banco y al mismo tiempo realizar estudios en La Esmeralda. Desde mi infancia, en Iguala, y desde antes de que se separaran mis padres, yo tenía conciencia de mi deseo de estudiar, de hacer una carrera que me permitiera desenvolverme libremente en la vida.
El divorcio de mis padres fue una experiencia difícil; era apenas una niña de primaria. Mi madre me inscribió en un colegio subsidiado por el Nacional Monte de Piedad, porque yo era muy traviesa y ella debía trabajar para generar ingresos. Me daba cuenta de que tras su divorcio la pretendían muchos señores, porque ella era guapa. No era rubia, pero le llamaban la Güera. No obstante, nunca se volvió a casar. Desde esa edad me di cuenta de que uno puede aprovechar cualquier situación adversa. No, Paco, nunca concebí esa separación familiar como una desgracia sino como una oportunidad para aprender. Comencé a dibujar cuando me internaron en Ciudad de México. No significa que no tuviera momentos de nostalgia y de tristeza por la ausencia de mi hermanito Héctor –quien sería economista–, ni de papá ni mamá. Sólo tenía un Diccionario Larousse como biblioteca y me impuse como encomienda elegir ciertas palabras para tratar de ilustrar sus definiciones. Fue un modo de llenar el tiempo con actividades para no dejarme llevar por el desánimo. En esa escuela, donde estuve unos tres años, también me propuse aprender inglés y aproveché al máximo las clases de una maestra muy buena en la materia. Mi madre entonces decidió mudarse a esta ciudad, porque en el fondo también le pesaba mi ausencia. Por supuesto, la situación económica no era fácil, y aunque no eran caras las colegiaturas, porque la escuela dependía del Monte de Piedad, sí eran significativas pues ya éramos dos escolares, mi hermano y yo. Temí que me sacaran del colegio y busqué el teléfono de papá, originario de Puebla, para llamarlo y pedirle que se hiciera cargo de mi educación. Le comenté que deseaba ser artista, pintora o estudiar idiomas. De inmediato vino y pagó el colegio, cubrió las colegiaturas puntualmente mientras lo requerimos mi hermano y yo.
Yo era muy joven cuando mi padre murió, un 14 de septiembre. No puedo recordar el año exacto. Nos avisaron que había perdido la vida en un accidente. Solía visitarlo porque mi madre me compró un coche. Él vivía en Puebla. Un día descubrí una caja en la parte superior de su biblioteca y le pregunté qué guardaba allí con tanto celo. Me dijo que era un cajón donde atesoraba monedas de oro. Le pedí que me las mostrara y me respondió que le diera tiempo para pensarlo, tal vez un día la abriría para mí. Fui presa de la curiosidad y a la primera oportunidad volví para insistir en que me enseñara su tesoro. Me llevó hasta el cajón y me reveló su contenido. Ahogué un grito de sorpresa y espanto, eran los restos óseos de su padre, mi abuelo Joaquín, a quien todo el mundo evocaba como Papaín. Yo había dormido varias veces en esa biblioteca, donde había una cama para las visitas. Era muy niña cuando lo conocí. Un hombre alto, siempre vestido de blanco, estilo campesino. Por eso cuando mi padre murió, mamá me dijo, Irma, sin que nadie se dé cuenta, echa los huesos de Papaín en el ataúd de tu papá. Padre e hijo fueron a parar a la misma tumba.
Entre un banco y La Esmeralda
Mi madre era una mujer muy dinámica, con muchas iniciativas. Tenía un principio que me transmitió con vehemencia: ser dueña de tu casa. Comenzó pagando novecientos pesos de renta en la calle Juárez. La casa, además de muy económica, era de grandes dimensiones, tenía cinco recámaras. Puso un anuncio para ofrecer un par de habitaciones a posibles huéspedes y fue a León, Guanajuato, y compró calzado, sobre todo para escolares, pues no había zapaterías en Tlalpan. En verdad, qué mujer tan emprendedora. Su objetivo inmediato fue tener casa propia. No recuerdo haber padecido carencias de ningún tipo, tuve lo indispensable y un poco más. Paco, tú la conociste muy bien, tenía una veta de comerciante que aprovechó con éxito. Por eso, cuando yo insistía en ser artista, ella afirmaba que los artistas se morían de hambre.
Aunque desde niña me sentí atraída por el arte, mi primer trabajo fue administrativo. Durante siete años fui empleada en un banco y, en 1973, me inscribí en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. Ella insistía en que no me dedicara a la pintura porque era un oficio sin futuro económico. Seguí estudiando inglés en una escuela por la Zona Rosa, no obstante que viví siempre en Tlalpan. Tuve, desde muy joven, que aprender a administrar muy bien mi tiempo. Solía, por ejemplo, bañarme en el Deportivo Chapultepec, de donde me hice socia, y a veces desayunaba allí mismo para irme al trabajo y por las tardes asistir a La Esmeralda.
Paco, aún tengo fresca la memoria de cuando nos conocimos en los primeros días de mi llegada a La Esmeralda. Por allí pululaban Gabriel Macotela, Magali Lara, que ahora son artistas famosos. Conocí también a Ilse Gradwohl, Gilda Castillo y a Victoria Compañ, quienes me organizaron un brunch con motivo del anuncio del Premio Nacional de Artes y Literatura, con otras amistades muy cercanas, como Azul Morris y la escultora Maribel Portela.
Eras muy serio en esa época, casi tímido, pero me invitabas con frecuencia a platicar a la cafetería. Poco a poco comenzamos a salir y a buscar otras cafeterías no tan cerca de la escuela. ¿Te acuerdas de aquel día en que estábamos por salir en mi combi a buscar un sitio agradable donde conversar? Un indigente vino corriendo hasta nosotros pidiendo protección. Se ocultó en mi abrigo y decía: “me vienen persiguiendo, me quieren matar, defiéndanme”. Yo estaba muy desconcertada y asustada, pero tú, muy ecuánime, le pediste que se calmara y le ofreciste ayuda. Lo convenciste de que fuera con nosotros al interior de la escuela, asegurándole que allí estaría a salvo de cualquier agresión. Ese acontecimiento nos aproximó y nos hicimos más amigos. Luego comenzó a forjarse un vínculo amoroso entre nosotros y me incorporaste al grupo de tus hermanos, todos artistas: Alberto, José, Miguel. Te acompañé a las reuniones que tenían con Juan García Ponce. Juan era tremendo, pero una linda persona de quien se aprendía mucho.
Veo el cuadro de Esperanza en la pared de la sala –al lado de tu retrato–, la modelo de Zúñiga, que pintaste en tu juventud, y me sorprende tu destreza para manejar el cuerpo humano. En La Esmeralda, la maestra Cuquita nos preparaba para hacer nosotros mismos nuestro material. Sabía qué plantas usar para producir los tintes, como la grana cochinilla, por ejemplo. Con ella aprendí a tratar los materiales de soporte, como las maderas, las telas, el papel, por mencionar los más comunes. También tomé clases con Luis Nishizawa, y el maestro Torres Michúa me admitió en sus clases sin que yo fuera una alumna regular, ambos en San Carlos, entonces Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). Por eso siempre me sentí muy segura cuando en La Esmeralda me pedían que pintara frente a mis compañeros para mostrarles cómo resolvía yo una pintura, desde la elaboración de mis pigmentos, la exposición de la idea y el proceso pictórico. Mostraba la cocina del cuadro ante mis colegas y lo revisaba, incluso lo modificaba si encontraba que el producto final no me satisfacía.
Con la mente abierta
Me viene a la memoria nuestro viaje a los Emiratos Árabes. Recibí la invitación para participar en la quinta Bienal de Arte en Sharjah. Pero el sultán en la carta me llamaba Mister Irma Palacios y le escribí aclarándole que se dirigía a una artista mexicana y no a un hombre. Temí que por esa razón me retiraran la invitación, pero vinieron de Estados Unidos unas personas muy profesionales a embalar los ocho cuadros de gran formato y los enviaron directamente a Sharjah. Tenía mucho miedo y ansiedad de ir a un país y a una cultura donde la mujer debe ocultarse. Tú me diste confianza. Y la verdad es que fueron unos anfitriones extraordinarios.
Como mexicanos, pensábamos que es muy importante el reconocimiento internacional, no sólo el doméstico. Por eso disfrutábamos tanto las visitas a Nueva York, a sus museos, sus galerías, su cultura cosmopolita, su dinámica urbana. Lo mismo ocurría cuando los destinos cambiaban a Europa y nos llenábamos los ojos con los museos en Francia, España, Alemania, Holanda, Italia. Muchas de mis series comienzan con el diálogo profundo con esas obras. Para una artista es fundamental ver y conocer las obras maestras, las propuestas de otros creadores y sus culturas: alimento del deseo para superar lo realizado o encontrar nuevos caminos, para enriquecer los recursos técnicos, los planteamientos estéticos, por dotar a cada pieza nueva de mayores contenidos espirituales.
Paco, después de tu muerte no tengo horarios de trabajo, pero continúo dibujando, pintando acuarelas en papel como las que hice durante tu enfermedad. He empleado el papel de lino que nos obsequió Francisco Toledo ¿Te acuerdas?
La naturaleza y su presencia
Los sedimentos de la infancia se reflejan en mis cuadros. Se me quedaron impresos los años cuando una tía, que tenía un pequeño negocio tipo miscelánea, pero donde vendía además productos de belleza para las mujeres, nos llevaba al río y nos enseñaba a hacer cazuelitas o enseres diversos con el barro, que tenía la textura de una arena muy fina. Los poníamos al sol y nos pedía que gritáramos muy fuerte para que se secaran más pronto. Me encantaba hacerlo porque sentía que me liberaba de angustias y preocupaciones. A veces, para concluir una obra o una serie,
grito en silencio. Por eso la naturaleza está tan presente en mis cuadros, los paisajes de Iguala y los de Tuxpan, porque en su lago perdí a uno de mis primeros amigos. Era hijo del dentista que nos atendía a mí y a mi hermano. ¡Cuánto lloré su muerte! Durante años lo soñé y lo imaginé en su agonía, en los instantes mismos en que el agua impedía su respiración.
Los gobiernos de Guerrero, a diferencia de otras regiones del país, nunca se han interesado en sus artistas. Algo habrá que hacer con mi obra en ese estado, alojarla en una casa de cultura o pensar quizás en un museo. No hace mucho me hicieron una exposición muy generosa en Acapulco. Pero qué paradoja, Toledo nos invitó a vivir a los dos a Oaxaca y estuvo a punto de convencernos, el más entusiasmado con esa idea eras tú y, por supuesto, el propio Toledo, que veía en ti a un espléndido maestro para las nuevas generaciones de artistas de Oaxaca. Pero yo te insistí en que era muy difícil hacer un cambio de esa magnitud, sobre todo cuando acá teníamos nuestra casa y nuestros talleres, nuestros amigos, y tu ejercías tus actividades docentes. ¿Cómo cerrar un ciclo de vida y comenzar desde cero en otro lado? No sé si te conté, pero hablé con el maestro Toledo y me dijo: “Mira, si Paco acepta el nombramiento de CaSa en San Agustín Etla, podrán vivir allí.” El lugar es precioso, pero, Paco, hace un frío bárbaro. Recordarás aquella vez que fui a dar clases y me hospedé allí mismo. Pocas veces he pasado tanto frío a pesar de toda la ropa de invierno que llevaba. Me da risa ahora recordar esa vez porque una chica del curso taller me invitó a tomar unas copitas a su casa. Sirvió un mezcal muy rico que tenía unas yerbas en la botella. Le pregunté si estaba curado con marihuana y lo negó. Bebí un par de caballitos y en un rato ya estaba bajo los efectos del mezcal y la marihuana. No podía ponerme de pie. Conocía esa experiencia porque una vez mi madre comió del pastel que hizo Edgar, uno de sus huéspedes alemanes. Le pidió una rebanada para probar sus dotes culinarias. Contaba que su cama se elevaba hasta el techo y se le aparecían unos personajes parecidos a diablillos o duendes y era tan feliz que temía que le diera un infarto. El muchacho la escuchaba embelesado y le pedía más detalles porque afirmaba que en él ya no surtía efecto y no vivía tales maravillas. Mamá murió en 2003, ya nonagenaria. Un día, después de una comida, nos dio las gracias a sus hijos y a ti, por la compañía, por el cariño, y dijo que se sentía muy cansada. Se acomodó en el respaldo de la silla y se quedó dormida para siempre. Me acompañó a lo largo de mi carrera artística. Tuvo tiempo de ver que yo tenía, contigo, en el arte, una casa propia.