Bemol sostenido / La nueva canción de protesta

- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 08 Feb 2026 00:56 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Desde los himnos sindicales de principios del siglo XX, cuando en Estados Unidos autores como Joe Hill vieron en la música una herramienta de organización colectiva, hasta la explosión del folk como un género en sí mismo, la llamada canción de protesta se constituyó en pilar de movimientos sociales. Woody Guthrie, Pete Seeger y Joan Baez transformaron el repertorio popular en reclamo político. Bob Dylan llegó al clímax con “Blowin’ in the Wind” y “The Times They Are A-Changin’,” pues no sólo documentó un momento histórico; trazó un mapa de resistencia que influenciaría a varias generaciones.

En América Latina esa misma idea de la música como registro crítico ante la represión creció entre dictaduras, intervenciones imperialistas y luchas por los derechos humanos. De Víctor Jara a Mercedes Sosa, pasando por León Gieco y la trova, las letras cargaron memoria y reclamo frente a las violencias intestinas o que emanaban de la Guerra Fría.

Hoy, en otro Estados Unidos, resurge esa herencia ante las políticas migratorias del autócrata Donald Trump. Su blanco es el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), debido a la reciente ola de redadas y tras el asesinato de ciudadanos en Minneapolis. Ello ha causado una respuesta musical generalizada y variopinta. Bruce Springsteen, voz indiscutible del cancionero contestatario, lanzó hace unos días la canción “Streets of Minneapolis”, denunciando el “terror estatal” y reclamando justicia para las víctimas Alex Pretti y Renée Good. En el mismo sentido, el guitarrista Tom Morello (Rage Against the Machine) ha sumado su voz con declaraciones e iniciativas ‒incluyendo conciertos en beneficio de las familias afectadas‒ fortaleciendo la red de artistas que confluyen en su crítica directa hacia la administración Trump.

El caso más curioso e influyente del nuevo folk estadunidense, empero, es Jesse Welles. Su canción “Join ICE” satiriza la lógica interna de la agencia gubernamental. En tono irónico convoca a “unirse a ICE” describiendo mordazmente las acciones de esos incompetentes personajes, perfilando una crítica que se ha vuelto viral. Su pinta es la de un red neck absoluto; sin embargo, su postura es contraria a la de los fanáticos MAGA. Esa intersección ha llevado a que lo comparen con figuras como Guthrie o Dylan; por ello y por la manera de articular lo cotidiano con lo político cuando la memoria parece amenazada por discursos de “seguridad” y fascismo que atentan contra los derechos fundamentales.

Otro ejemplo emblemático es Body Count, banda de metal negro que en estos días reversiona su clásico “Cop Killer” (lanzado cuando los disturbios en Los Ángeles por el abuso policíaco contra Rodney King), hoy rebautizado como “Ice Killer”. Y desde luego habrá que poner atención a Green Day y Bad Bunny durante el Super Bowl. Ambos se han posicionado claramente contra la visión migratoria
de Trump.

Así las cosas y para quienes observamos compartiendo continente, esta música no es un eco lejano sino un
lazo compartido. Nos recuerda que la protesta musical puede ser un arma simbólica contra políticas de exclusión y que su presencia en un ciclo político opresor puede catalizar energías fundamentales. En otras palabras: debemos estar atentos frente al intervencionismo no sólo con herramientas políticas o militares, sino con las voces afinadas a coro. Cantemos, lectora, lector. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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