“Casa tomada”, de Julio Cortázar: 80 años de una pieza maestra
- Alejandro Anaya Rosas - Sunday, 08 Feb 2026 00:34
Con la publicación de un poemario titulado Presencia (1938), estructurado con “la forma reina en las tradiciones de la poesía escrita” –así lo dice García Montero para el Ciento volando de Sabina–: sonetos, y firmado con el seudónimo de Julio Denis, los versos endecasílabos de Cortázar vieron la luz antes que su “Casa tomada”, incluso, podríamos bien decir, antes que todo lo hoy conocido como cortazariano. El cuento del argentino se ubica en el umbral que muchos escritores, por diversas cuestiones –Cortázar lo denominó: “proceso característico de la historia de la literatura universal”–, suelen cruzar: la transición que va del poeta lírico al narrador; y el argentino, quizá, se consuma como tal en aquel 1951. Aunque no desampara a la poesía, recordemos, por ejemplo, Salvo el crepúsculo (1984). Lo que le sigue al autor de Rayuela es punto y aparte, su viaje a París en los inicios de la segunda mitad del siglo XX marca una línea divisoria que separa dos etapas muy diferentes en su biografía. Pero la historia nos ha enseñado que las transiciones de un período cultural a otro son fronteras amplias, ambiguas, y que involucran componentes diversos; es decir que, en este sentido, no podemos ser contundentes ni dar fechas específicas: es obvio que Cortázar ya escribía prosa antes de Presencia y, de igual modo, sabemos de sobra que gestó mucha poesía cuando ya era un consumado narrador.
Volvamos a “Casa tomada”, cuento breve que relata la huida de un par de hermanos de su hogar, invadido por alguien o algo ajeno a ellos, extraño y, por consiguiente, temido. Antes hagamos un paréntesis y recordemos que el temor a lo desconocido es un fenómeno muy estudiado, representa una reacción ante el posible riesgo que provenga de aquello de lo que no sabemos nada; además es una respuesta natural que nos mantiene a salvo, pues gracias a la sensación de miedo predecimos eventuales daños.
En “Casa tomada”, lo desconocido, lo no mencionado –en teoría: una elipsis, omisión de algo– ha dado material para diversas interpretaciones; desde aquellas que sospechan un trasunto religioso: la expulsión del Paraíso, hasta las políticas: la mención de que “Casa tomada” es antiperonista; claro está, pasando por los análisis psicológicos del texto. Pero tales estudios pasan por alto el hecho de que, en lo que proponen, probablemente quienes huyen del hogar ocupado saben quién los echa de casa.
Tomando en cuenta el contexto histórico en el que se escribe “Casa tomada”, intuimos que las fuerzas políticas de aquella época eran actores visibles; además, pensamos que las sociedades que le anteceden tuvieron la seguridad sobre quién ejercía el poder. Lo antedicho nos da una clave sobre la fascinación que el cuento ejerce en sus lectores, pues creemos que la historia no funcionaría de la misma manera al dar nombre o rostro a lo desconocido: si pasáramos de lo velado o anónimo a lo conocido y, por ende, común, podríamos concebir alguna estrategia de protección; de lo contrario, sólo nos quedaría escapar, alejarnos. Pensar que Irene y su hermano ignoran por completo quién o qué cosa es lo que gradualmente ocupa su casa y termina expulsándolos, es algo que nos seduce.
A finales del pasado siglo las cosas cambian. El mercado se vuelve más poderoso de lo que se llegó a pensar en un inicio, y entonces llega la era en que “el poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa, globalmente considerada” –como Marx lo vislumbró–; es decir: la clase visiblemente poderosa sólo representa a alguien, o algo, con sumo poder. Hay una fuerza oculta tras el ejecutante, tras los políticos, algo tan fuerte que, cuando invade algún territorio por medio de sus súbditos, quien legalmente poseía dicha porción de tierra se ve obligado a abandonarla sin oponer resistencia: al no acatar los designios del poder absoluto se corre el riesgo de morir. Y sobran los ejemplos en esta era de creciente terror, desde los más monstruosos como el de Franja de Gaza, hasta los domésticos, pero no por ello menos terribles, como los de las casas habitación, los pequeños negocios o los parques (el parque Bicentenario o la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca).
Es, pues, “Casa tomada”, un andamiaje para construcciones de narrativas atroces, “pesadillas” reales. Hoy más que nunca, podemos cubrir los vacíos del cuento con sucesos que se desarrollan en el presente histórico, dejándonos en la indigencia, en la calle; obligándonos a tirar la llave de casa, pues quien la ocupa ahora es un poder sin rostro y sin piedad.