Una escritora alemana en México. Anna Seghers y el antifascismo
- Claudia Cabrera - Saturday, 31 Jan 2026 20:38
Los comienzos y el exilio
Netty Reiling nació casi a la par que el siglo XX, el 19 de noviembre de 1900, en el seno de una familia judía pudiente y respetada. Su padre era comerciante de arte y antigüedades en su natal Mainz. Esa ciudad y sus alrededores, a orillas del Rin, habrían de dejar una marca indeleble en la vida y la escritura de quien, a fines de la década de 1920, adoptaría el pseudónimo, primero, de Seghers y, después, de Anna Seghers. Con este nombre definitivo pasó a la historia como una de las mejores escritoras de lengua alemana de la historia reciente.
Seghers no sólo fue testigo de muchos de los más relevantes acontecimientos históricos de ese siglo, sino que le tocó presenciarlos de cerca o vivir sus consecuencias en carne propia: la primera guerra mundial, el auge del comunismo y sus luchas sociales, el ascenso del nazismo, la segunda guerra mundial, el Holocausto, el exilio, la división de Alemania y el subsecuente establecimiento de la República Democrática de Alemania, las purgas estalinistas...
Las dos guerras y sus repercusiones fueron tema de algunas de sus mejores obras literarias, que escribió durante su prolongado exilio – en total, catorce años–: en Francia y, sobre todo, en México, adonde arribó junto con su familia el 30 de junio de 1941.
Tras una travesía por el Atlántico que, en palabras de la propia Seghers, duró “más que el viaje de Colón a América”, el barco carguero Capitain Paul Lemerle atracó en el puerto de Veracruz. A esta llegada salvadora la habían precedido meses de zozobra, después de que el ejército nazi hubiera invadido París, en junio de 1940. Las autoridades francesas habían metido presas a miles de personas, entre ellas a su marido, Laszlo Radvanyi, en campos de internamiento, por ser “extranjeros enemigos”. Seghers, que vivía en la clandestinidad, tuvo que hacerse cargo sola de la manutención de sus hijos, Pierre y Ruth, y de los fatigosos y cuasi surrealistas trámites burocráticos para gestionar los boletos de barco, las visas de salida de Francia, las de tránsito, y las de ingreso a México para ella, Radvanyi y los niños. Ese azaroso periplo lo describió en su novela Transit (Tránsito), anecdotario fidedigno y atroz que sirvió de marco a una fantasmagórica historia de amor imposible y con el que, al mismo tiempo, le alzó un monumento literario a Gilberto Bosques, el cónsul general de México que no sólo salvó a decenas de miles de republicanos españoles, sino también a muchos intelectuales germanoparlantes comunistas y judíos. Entre estos últimos se encontraban, además de Seghers, entre otros, Egon Erwin Kisch, Ludwig Renn y Bodo Uhse, y las escritoras Lenka Reinerova y Alice Rühle-Gerstel, con sus respectivas familias.
Al inicio de su exilio, los Radvanyi pudieron subsistir gracias a la ayuda y el apoyo, también económico, de amigos y organizaciones humanitarias. Se instalaron en un pequeño departamento en Río de la Plata 25, en la Colonia Cuauhtémoc. A los niños los inscribieron en el Liceo Franco-Mexicano. En 1943 encontraron la casa en la que habrían de vivir durante el resto de su exilio: en la Avenida Industria 215, en Tacubaya. Arriba, en la azotea, Anna Seghers instaló su estudio.
Alemania Libre
En Ciudad de México, Seghers se encontró con sus viejos amigos y camaradas que habían llegado antes que ella. Bien pronto, en noviembre de 1941, fundaron el movimiento político Freies Deutschland (Alemania Libre) y su órgano de difusión, la revista del mismo nombre, con la intención de luchar desde el exilio contra el fascismo y de informar sobre los horrores que éste perpetraba. En Alemania Libre escribieron no sólo los autores alemanes exiliados en México –Seghers participó en todos los números–, sino también, por ejemplo, los hermanos Heinrich y Thomas Mann, exiliados en Estados Unidos. Como dato curioso: a Bertolt Brecht, quien vivía también en California, no fue posible pagarle los honorarios que pedía y por eso quedó fuera. Plumas en español, como las de Vicente Lombardo Toledano y Pablo Neruda, contribuyeron igualmente a la causa.
Bajo la dirección de Walter Janka fundaron también la más importante editorial del exilio germanoparlante, Das freie Buch (El libro libre), en la que se publicaron veinte libros en alemán y seis en español. Sin lugar a dudas, la publicación más relevante fue Das siebte Kreuz (La séptima cruz), de Anna Seghers. Considerada como una de las mejores novelas antifascistas sobre el Tercer Reich, narra la fuga de siete presos políticos comunistas de un campo de concentración nazi. Su comandante, loco de furia, ordena cortar las copas de siete árboles y transformarlos en cruces, destino final de los fugitivos. A cuatro los apresan, dos mueren durante la fuga. Sólo una cruz queda desocupada: la séptima. Los nazis no son invencibles, se vislumbra un atisbo de esperanza.
El libro negro del terror nazi en Europa, testimonios en español de escritores y artistas antifascistas de dieciséis países, fue otro de los hitos de El libro libre. Varios artistas del Taller de Gráfica Popular, como Leopoldo Méndez, realizaron los grabados que ilustraron algunas de las portadas.
Cultura versus fascismo
El Club Heinrich Heine, del cual fue presidenta Anna Seghers, fue el brazo cultural del movimiento antifascista, el escenario en el cual los artistas exiliados pudieron presentarles en vivo, en su idioma, sus producciones, perlas de la lucha contra el nazismo, a los alemanes de vocación democrática residentes en México. Ahí organizaron veladas musicales, obras de teatro y lecturas de novedades literarias. En el Club Heinrich Heine se celebró, entre otros, el estreno en México de La ópera de tres centavos, de Brecht. A la vez que el Club ofrecía a los artistas y su público un foro y un espacio de convivencia, también les permitía a sus hijos seguir inmersos en la lengua y la cultura alemanas. Al paso del tiempo se incluyeron también eventos en español, con la finalidad de llegar a la audiencia mexicana y ganársela para su causa.
A pesar del gran peso de estas tres instancias culturales, no es posible pasar por alto que fueron representativas principalmente del exilio germanoparlante antifascista estalinista y que, si bien agrupaban a muchos de los intelectuales más reconocidos, como Renner, Kisch o la propia Seghers, excluían a quienes no compartían esa postura política, aunque en su momento hubieran gozado de una relevancia semejante en Alemania. Tal fue el caso del escritor Gustav Regler, o de Alice Rühle-Gerstel y su esposo Otto Rühle, cercanos a Trotsky y archienemigo de Stalin.
Fue particularmente trágico el caso del matrimonio Rühle. Otto había sido un importante político, cofundador del Partido Comunista Alemán y cercano a la República de los Consejos Obreros proclamada tras la Revolución de Noviembre de 1918. Después se distanciaría del comunismo de consejos y se acercaría al anarquismo y a la psicología individual, lo mismo que la feminista Alice, junto con quien fundó en Dresde una editorial dedicada a temas sociales sobre el cuidado de las mujeres y los niños. En su posterior exilio en México, ambos desarrollaron una amistad, aunque estrecha no libre de fricciones y conflictos, con León Trotsky, y participaron en la Comisión Dewey, encargada de analizar los cargos de terrorismo y separatismo imputados al disidente ruso por Stalin en los Juicios de Moscú, de los cuales la Comisión lo declararía inocente. Esta amistad resultó fatal para los Rühle, quienes terminaron aislados, enfermos y en la miseria. El 24 de junio de 1943, Otto murió de un infarto y Alice, agobiada, se suicidó ese mismo día tirándose de la ventana de su departamento, en el tercer piso, ubicado en la calle Villalongín en la colonia Cuauhtémoc. Sus muertes pasaron desapercibidas, no se publicó ni una esquela en Alemania Libre.
Paradójicamente, Alice Rühle había admirado enormemente a Anna Seghers antes de que ambas hubieran terminado en trincheras enemigas en México. Hubo, eso sí, una coincidencia terrible en sus biografías: el 24 de junio de 1943, el mismo día en que murieron los Rühle, Anna Seghers sufrió un accidente aparatoso y grave. Mientras que sus amigos la esperaban en el Club Heinrich Heine, donde iba a leer alguna de sus obras recientes, un camión la atropelló en Paseo de la Reforma. El chofer se dio a la fuga. Nunca se supo si fue un accidente o un atentado. En el ambiente enrarecido por la guerra y el exilio abundaban los enemigos. Seghers era una de las representantes más conspicuas y visibles del movimiento antifascista alemán, los nazis la odiaban tanto como la CIA, que se dedicó durante años a espiarla sistemáticamente. Por eso, aunque nunca se pudo demostrar la veracidad de esta hipótesis, no resultaba imposible que alguien hubiera tratado de matarla.
Seghers sobrevivió casi de milagro: llovía a cántaros, se quedó tendida sobre el pavimento, los autos seguían circulando. Existen varias versiones de quién y cómo la localizó. Que si fueron unos inmigrantes polacos que luego dieron aviso en el Club Heinrich Heine, donde un muy preocupado Egon Erwin Kisch estaba tratando de entretener al público en lo que llegaba Seghers, siempre tan puntual. Que si los paramédicos de la ambulancia que la recogió encontraron entre las ropas de Seghers no una identificación, pero sí un papel con el número de teléfono de su casa, en donde contestó la llamada su esposo Laszlo. Lo cierto es que fue él quien corrió al hospital de la Cruz Roja en la calle de Monterrey, donde Anna Seghers estaba internada, inconsciente y con graves lesiones en la cabeza. Para operarla tuvieron que rapar la larga cabellera que la caracterizaba desde hacía décadas, encanecida de manera prematura por las penurias sufridas, peinada siempre en un elegante chongo. Sus amigas se turnaron para cuidarla: Lenka Reinerova, Steffie Spira, Jeanne Stern. Pasó meses en un estado muy delicado, deliraba en jirones de alemán, francés, español. Perdió la memoria, tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar… y a escribir.
La excursión de las niñas muertas
Los primeros recuerdos que recuperó se remontaban a su infancia y juventud, transcurridas en Mainz, a orillas del Rin. Los plasmó en la que para mí es su obra más bella, más delicada: Der Ausflug der toten Mädchen (La excursión de las niñas muertas), un relato autobiográfico –el único en toda su producción literaria– en el que reflexiona sobre el destino de sus compañeras de clase a partir de una excursión en barco por el Rin y su vuelta a la ciudad de Mainz: unas se volvieron seguidoras fanáticas del nazismo, otras, sus víctimas. La vida de todas ellas fue segada, sin excepción, por la segunda guerra mundial. Es, también, un sentido testimonio de amor a su madre y una amarga despedida. Aunque Anna Seghers aún no lo sabía con certeza, intuía que Hedwig Reiling ya había muerto. Y así fue, los nazis la habían deportado tiempo atrás al gueto de Piasky, en Polonia, donde la asesinaron antes de que su hija lograra conseguir una visa para sacarla de Alemania. Isidor, su padre, murió todavía en Mainz, en una casa de judíos; se le reventó el corazón después de que lo hubieran echado de su propia casa y expropiado todas sus pertenencias. Como muchos otros judíos de buena posición y que vivían desde hacía siglos en Alemania, los Reiling no habían creído que también ellos fueran a ser víctimas del
antisemitismo.
Conforme se iba vislumbrando el inminente final de la guerra, fueron aumentando las intrigas y las hostilidades entre los exiliados germanoparlantes. Ni siquiera los estalinistas eran un bando unificado. Estas discordias fratricidas habrían de repercutir y culminar de manera brutal en la futura Europa del bloque comunista, durante
las purgas estalinistas de los años cincuenta,
con el encarcelamiento e incluso la ejecución de varios de los llamados “exiliados occidentales”, es decir, de quienes habían recalado en México y no en la Unión Soviética.
Tras el armisticio en 1945 los exiliados de habla alemana empezaron a regresar, poco a poco, a sus países de origen. Los hijos de Anna Seghers decidieron volver a Francia, su primer país de exilio, en 1946, primero Peter (quien después cambiaría su nombre a Pierre), después Ruth. Los dos estudiaron en París. Al término de sus estudios, Ruth se fue a la RDA, donde vivió hasta el final de sus días. Pierre se quedó en Francia, ahí se casó e
hizo su vida.
Retorno a Alemania
Anna Seghers no logró volver a Europa sino hasta enero de 1947. A Alemania llegó tres meses después, a fines de abril. A pesar del gran anhelo que sentía por Mainz, se fue directamente a Berlín. Primero vivió en el sector occidental, con el pasaporte mexicano que le habían expedido en 1946. Después de un tiempo, las autoridades de la recién fundada RDA le exigieron que se mudara a Berlín Oriental, por congruencia política.
Tuvo que renunciar a la nacionalidad mexicana cuando se le concedió la de la RDA. Nunca regresó a México.
El retorno a Berlín y la vida en los años posteriores no fue nada fácil. Llegó a una ciudad devastada por la guerra, y en medio de fuertes tensiones políticas. Estaba sola, su esposo se había quedado en México y no la alcanzó sino hasta 1952. Extrañaba el calor humano de México, llegó a decir que echaba en falta un “sector mexicano” en Berlín. Pero nunca abjuró de su fidelidad política al estalinismo ni cuestionó las decisiones del gobierno
de la RDA. Por lo menos, no en voz alta. Se dice que en privado trató de ayudar a sus camaradas caídos en desgracia durante las purgas de Stalin, sin gran éxito. Se convirtió en una figura controvertida. Su destino resulta representativo del de muchos otros en el siglo XX que, exiliados o no, encontraron el sentido de la vida en un ideal político comunista que luego sería traicionado en la práctica por sus propios adalides.
La más importante autora de la RDA murió el 1 de junio de 1983 en Berlín Oriental. Su antiguo departamento en el barrio de Adlershof es ahora un entrañable museo. Entre otras actividades, la Sociedad Anna Seghers otorga desde 1995 el premio literario anual que lleva su nombre a dos escritores noveles, un alemán y un latinoamericano, que, según el jurado, siguen el espíritu de las obras de Seghers. De México lo han recibido Carmen Boullosa, Hermann Bellinghausen, Cristina Rivera Garza, Guadalupe Nettel, Yuri Herrera y Fernanda Melchor. Éste es también su legado.
Mi homenaje a esta gran escritora, tan desconocida en México, fue retraducir las tres obras del exilio mencionadas en este texto y que, de una u otra manera, están relacionadas con el país. Es de desearse que una gran cantidad de lectores redescubra a Anna Seghers y disfrute la lectura de estos libros que, lamentablemente, no han perdido nada de su actualidad. Los publicó La Cifra en coedición con Elefanta, entre 2021 y 2024.
Es la primera vez que se traducen al español
de México.