Repensar lo humano. Ética y psicoanálisis
- Mario Bravo - Saturday, 31 Jan 2026 20:52
Pincelar al psicoanálisis
‒¿Cuáles son los basamentos de su escritura?
‒¡Qué linda pregunta me haces! Es un detalle en el que nadie se ha detenido dentro de las muchas personas que me han entrevistado durante estos años de escritura. Antes que nada, me siento un músico: pienso un libro como una obra coral, polifónica, con momentos andantes y momentos adagio… suavidad y fuerza, emotividad y teoría. Para atravesar cada uno de esos pasajes, uso herramientas desde distintos lugares literarios: el canto popular, por ejemplo, al emplear una letra de Joan Manuel Serrat o un tango; asimismo, me nutro de pensadores como André Comte-Sponville u Octavio Paz, miradas más poéticas como la de Jorge Luis Borges, sin obviar a Julio Cortázar, Herman Hesse, Albert Camus o Herman Melville. Los Miserables, de Víctor Hugo, fue mi primera lectura importante a mis 14 años de edad. Me impresionó su potencia descriptiva. Además, otro insumo ha sido el tiempo durante el cual trabajé en radio con el músico, escritor y artista Alejandro Dolina quien es extraordinario. Me alimento de literaturas a las cuales trato de darles una voz propia, mía, vinculada al psicoanálisis y a las lecturas de las obras de Sigmund Freud y Jacques Lacan quienes son mis referentes disciplinarios. Trato de pincelar al psicoanálisis allí en donde siento que tal teoría suma a mi literatura, y no condicionar mi literatura a la mirada psicoanalítica.
Bichos raros
‒¿Cuál es su necesidad de escribir sobre lo que sucede en el consultorio?
‒Los libros sobre casos clínicos fueron mis primeras obras. Empecé a escribir hace dieciocho años cuando me ofrecieron publicar. En aquel entonces ocurría el apogeo de El libro negro del psicoanálisis, la llegada de las neurociencias y la perspectiva cognitivo-conductual. Los psicoanalistas parecíamos bichos raros que debías ir a ver a un museo, gente que no te saluda en el ascensor y personas que se ponen tensas si te encuentran en una playa… Nos miraban como a personajes de una teoría antigua y elitista. Y no era eso lo que yo vivía. Sentí que le debía algo al psicoanálisis por todo lo que hizo por mí, tanto como paciente y en mi calidad de analista. Registré la necesidad de mostrar a la gente cómo se trabaja en un análisis y decirle al lector que un analista sí puede conmoverse, darle un abrazo al paciente en cierto momento tras una situación muy particular o asistir a un cumpleaños. En uno de los casos escritos, narro la situación de una anciana con melancolía ante la muerte de su esposo. Ella siempre decía: “Hay que morirse joven. ¿Para qué llegar a esta edad?” El destino le puso por delante que una de sus hijas enfermó de cáncer. A la anciana, en mi consultorio, le dije: “‘Póngase contenta. Quizá su hija morirá joven.” Ella contestó: “¡Rolón, usted es un hijo de puta!” Esa situación fue durísima para ella. Trabajamos bastante. Y, para su cumpleaños setenta, pudo afirmar: “Tengo ganas de celebrar la vida… Y usted tiene mucho que ver con eso… ¿Vendría a mi cumpleaños?” Acudí, bebí una copa de champagne, le saqué fotos y la abracé… y eso no propició que dejara de ser su analista. En mis libros he querido mostrar algo: los analistas somos profundamente humanos. Un analista indiferente al dolor no podría dedicarse a esto.
Contra Descartes
‒En el mundo psicoanalítico existe una anécdota, no se sabe qué tanta veracidad posee tal relato: Freud al arribar en barco a Nueva York, en 1909, le dice a Jung: “No saben que les traemos la peste”. ¿El psicoanálisis, hoy en día, mantiene ese estatus o se domesticó?
‒El psicoanálisis sigue siendo la peste, continúa siendo el tábano socrático que pica y molesta. Imagínate, año 1894: ¿quién tendría la valentía para decir que la sexualidad humana era perversa, por definición, y que un hombre podía amar a un hombre y una mujer a una mujer, y que eso no era más perverso comparándolo con una relación heterosexual? También, recordemos que Freud se posicionó en contra del “pienso, luego existo” cartesiano: existo allí en donde no puedo pensar… en el inconsciente. El psicoanálisis, actualmente, se opone a la mentalidad productivista de nuestra época: rápido y produciendo. Allí, el psicoanálisis dice: “Esto llevará tiempo.”
Hachazo a la soberbia
‒La pandemia de Covid-19, ¿cómo dejó a la humanidad en el plano psíquico? ¿En su consultorio cómo ha registrado esas heridas y marcas tras aquel pasaje oscuro y mortífero?
‒Hay heridas muy notorias. Al encerrarnos, el confinamiento nos obligó a mirar si estamos con quien queremos estar, si somos o no quienes queremos ser. Hay un aspecto positivo que introdujo la pandemia: se llevó ese sentimiento de omnipotencia de los seres humanos, nos demostró que podemos morir en cualquier momento y nos hizo entender que contamos con ciencia, sí; pero aún hay temas que no resolvemos ni comprendemos. Fue un hachazo a la soberbia del ser humano. Como psicoanalista valoro mucho todos esos cuestionamientos que aparecieron en la gente, los límites que debieron aceptar, aquello que las personas hicieron con su tiempo. La pandemia vino a salvarnos desde algo que hoy nos complica: las redes sociales. En el confinamiento hubo un aprendizaje en relacionarnos sin carne, sin el cuerpo a cuerpo, sin el otro de verdad… y está costándonos restituirlo. Eso puede estar siendo utilizado, perversamente, tanto por el poder dominante como por la globalización: la intención es que cada vez consumamos más y nos relacionemos menos.
Cuerpo y palabra
‒Escuchándole, recuerdo El malestar en la cultura, texto freudiano de 1930. Allí, Freud advierte que el ser humano utiliza “calmantes” para percibirse invulnerable ante las vicisitudes de la vida en sociedad. ¿Las redes sociales son esos falsos recursos de la actualidad?
‒Sí, nos invitan a una nueva manera de vivir y relacionarnos. No es casual que, actualmente, con tanta libertad sexual y tantos caminos aparentemente tan sencillos para tal fin, leo estadísticas donde nos informan que la gente hoy tiene menos sexo que nunca. En Introducción al narcicismo, Freud utiliza la metáfora de la ameba y los pseudópodos para decir que el amor se comporta así: de repente tira lazos, toma un objeto y lo envuelve… entonces, es cuando amas o tienes un amigo. Y, cuando eso no sucede y casi toda la libido queda en uno mismo porque nos relacionamos con poca gente, se vuelve peligroso porque dicha desmesura se transforma en algo patológico. Nos ponen el señuelo de que en las redes sociales hay un otro… cuando en realidad estamos muy solos. Pensemos en un hombre de cincuenta años de edad, separado, que ha salido con cuatro mujeres distintas en una semana y en el consultorio dice estar cansado, sentirse solo y sin ganas de entrar al sitio web de citas. ¡Se lo lleva por delante la ausencia del otro real! Siguiendo tu metáfora, nos acostumbramos tanto a las muletas que ahora, con las piernas sanas, nos negamos a caminar, pues atrofiamos los músculos. El yo, antes que nada, es un yo corporal, decía Freud. Somos seres del cuerpo y la palabra, somos una mezcla que le da paso a un animal hablante, sin instinto, con pulsión, un animal obligado a poner en palabras todo lo que quiere… un animal que nunca tendrá su objeto porque éste se escapa y cuando uno cree haberlo hallado, me daré cuenta de que sigo insatisfecho. El entrecruzamiento del cuerpo y la palabra es lo que nos hace humanos.
Desubjetivar al otro
‒En Argentina cierto sector de las juventudes simpatiza con el discurso ultraderechista de Javier Milei. Usted, desde los relatos escuchados en su consultorio, ¿considera que la desconexión entre el deseo y el cuerpo del otro pudiera estar siendo aprovechada por narrativas neofascistas?
‒El adolescente es rupturista y rebelde, plantea su desafío porque debe romper un orden de la niñez. Históricamente, el adolescente ha sido conflictivo y se suma a voces rupturistas, conflictivas, que parecen atacar al status quo. El sistema tiene muchos caminos laterales que conducen al mismo sitio para engañar a los desprevenidos, y los adolescentes son desprevenidos: creen que están desafiando el orden mundial porque reniegan de un derecho que costó mucho esfuerzo conseguir y, en realidad, están siendo guiados por “la existencia inauténtica”, como diría Martín Heidegger. Se está perdiendo cierto registro del otro como un semejante, y cuando el otro para ti no es un semejante, entonces lo puedes torturar, insultar, matar… pasas a un lado de él y no te importa si tiene hambre o frío porque duerme en la calle, pues no es un semejante. Desubjetivar al otro genera una ruptura ética de la cual, después, es difícil volver.
Batallas humanas
‒El psicoanálisis se vale de la oralidad para que el paciente resignifique su historia. ¿Qué puede la palabra en el mundo actual?
‒Allí donde se intente renunciar al ejercicio de la palabra se estará atentando contra la humanidad. No puede retirarse de la palabra aun quien quiere hacerlo. La persona que hace voto de silencio no deja de pensar ni de estar recorrido todo el tiempo por el lenguaje. En ese “no voy a hablar más”, das a la palabra un lugar enorme, magnánimo, potente, tanto que debo renunciar a esto para no irme al infierno. Pienso en un asceta, en un samana del bosque o en un monje de clausura. En un mundo rodeado de cosas imaginarias, fantasmales y falaces es donde la palabra como sostén simbólico del ser humano viene a aportar algo. La palabra debe librar su batalla. Los movimientos ultraderechistas utilizan, a propósito, la palabra degradada. Y si se degrada a la palabra, entonces, se dragada al ser humano.