Letras francesas contemporáneas. Pierre Michon y las vidas minúsculas
- Fabio Gambaro y Lidia Lombardi - Saturday, 31 Jan 2026 20:44
‒Estas vidas breves concentradas en pocas páginas parecen ser una alternativa a la novela clásica. ¿Es así?
‒No tenía como objetivo un género, pero al escribir deseaba eliminar todo lo superfluo, quizá para captar la quintaesencia de la narración novelística. En esa época la literatura francesa no me satisfacía, así que busqué un camino más personal. Sin embargo, también hay que decir que probablemente soy incapaz de escribir una novela más tradicional.
‒¿Qué se lo impide?
‒La longitud me fastidia. Si un texto es breve, en general puedo memorizarlo desde la primera hasta la última frase y, por lo tanto, controlarlo perfectamente. De esta manera mantengo siempre el control sobre lo que escribo. En cambio, si un texto es largo es fácil perder el control, dejando espacio para el azar y a los imprevistos. En una novela se ve inmediatamente dónde el texto se escapó de las manos al autor. Y de hecho, me gustan muchísimo los relatos de Borges, sus estructuras perfectas y totalmente dominadas por quien escribe.
‒Una forma de dominar el texto es el uso de un lenguaje rico y preciso, un lenguaje que organiza el control de lo real…
‒Naturalmente el lenguaje no lo es todo, también cuentan las ideas presentes en un texto. Pero cuando escribo me aseguro de que el mundo entero esté presente en cada frase, aunque cada frase sólo es un fragmento distinto y una interpretación diferente de ese mundo. Cada frase debe ser el sésamo que nos permita incursionar en el reino de las mil y una noches de la realidad. De ahí quizá la impresión de exactitud de mi libro, que consigue ser preciso incluso cuando habla de algo tan inasequible como los sentimientos y las sensaciones.
‒Con un lenguaje elevado y literario, usted narra un universo pobre y campesino, para el que la cultura resulta muchas veces un sueño lejano…
‒La elección lingüística rinde honor a esa gente pobre, intenta erigir un monumento que ennoblezca a esos individuos, aunque sólo sean campesinos alcoholizados.
‒¿Las vidas minúsculas se convierten mayúsculas a través de la literatura?
‒Me gustaría que fuera así. Sería bello que, a través de la literatura, fuera posible redimir sus vidas difíciles y golpeadas. Aunque naturalmente también hay una dimensión más personal, ya que yo también fui un marginado. Para quienes, como yo, crecieron en el campo profundo, existía una prohibición tácita contra cualquier ambición literaria. El mundo de la cultura no era el nuestro, debíamos mantenernos alejados de él. Así que, al hablar de mis pobres personajes, en el fondo también hablo de mí mismo.
‒Ayudar a los hombres a ser más humanos y a escapar de su condición de inferioridad, ¿es este el propósito del arte?
‒Es cierto. La literatura es una forma de elevar nuestras vidas sin deformarlas. Por desgracia, sin embargo, todavía hay demasiadas personas que continúan excluidas. Y después en el mundo hay mucha violencia y tantísimo horror, ante los cuales la literatura puede reaccionar de muchas maneras. Yo, por ejemplo, prefiero no hablar de los problemas específicos del mundo contemporáneo y de las tragedias a las que nos vemos obligados a asistir en estos tiempos.
‒Sin embargo, en sus novelas ‒incluso en el pasado‒ se enfrenta frecuentemente a la injusticia, a la violencia, a la exclusión…
‒Sí, pero la literatura siempre es extremadamente ambigua. Por un lado, lamenta y denuncia el horror del mundo y de la historia; por otro, lo utiliza, lo exalta, lo estetiza. Este es el aspecto terrible de la literatura: la dimensión estética lo hace todo permisible.
‒Los personajes de Vidas minúsculas (1984) tienen todos un destino más o menos trágico. ¿Por qué?
‒El texto siempre tiene una dimensión sacrificial. Necesita de tragedia y sacrificio. Un texto es una sentencia de muerte, debe sangrar. Por eso toda la literatura nace de la tragedia. Como decía Borges, a las personas les suceden ciertas desgracias para que las generaciones futuras puedan hablar de ellas. Y si frecuentemente la literatura parte del dolor colectivo para expresar el dolor individual de los personajes, también es cierto lo contrario: la tragedia individual sirve para evocar una tragedia colectiva. De este modo, en Vidas minúsculas las desgracias de cada uno remiten a una desgracia colectiva.
‒Hace algunos años publicó un libro titulado Llega el rey cuando quiere (2007). ¿Ese rey es la literatura?
‒Sí, la literatura llega cuando quiere. La
inspiración es repentina e impredecible, no se puede controlar ni ejercer a voluntad. Algunos escritores consiguen escribir con regularidad todos los días. Yo no. A veces escribo intensamente durante tres semanas y luego nada en un año. La escritura es un tanto milagrosa, porque sucede de vez en cuando. Quizá muy raramente.
‒¿Por qué debutó como escritor a los cuarenta años? No obstante que antes no hacía otro trabajo...
‒Sucedió un invierno, después de volver a ver el huerto de mi abuelo Félix. Estaba invadido por la hierba, y sin embargo él, que había cultivado la tierra toda su vida, gastaba allí sus últimas fuerzas. Antes había hecho pruebas de escritura. Dramaturgia, con un grupo de teatro surgido en el sesenta y ocho. Luego terminó la época de las revueltas y también terminaron las agitaciones políticas. Sin embargo, pensaba que debía escribir ‒y de hecho escribía mucho, sin atreverme a presentarme ante un editor‒ como un autor de vanguardia, de forma inteligente, universal, abierto a todo. Quería ser así para liberarme del mundo que me había formado, que era todo lo contrario: campesino, provinciano, monótono. Pues bien, precisamente observando aquel huerto abandonado me convencí de que debía partir de allí, del mundo campesino de Limousin. Sin querer ser intelectual a toda costa. Sólo partiendo de ese detalle podría acceder, eventualmente, a lo universal.
‒Pero, ¿cuándo nació en usted la vocación por la literatura?
‒De niño. Mi madre me leía historias fantásticas que me transportaban a un mundo amplio, exótico, maravilloso. Había un abismo: por un lado, mi realidad confinada en un lugar alejado de todo, donde nada parecía suceder; por otro, un universo sensacional, en el que todas las aventuras eran posibles, en el que todas las cosas podían ocurrir. Entonces me propuse crearlas yo mismo, como un demiurgo, esas historias fuera de la norma, esos héroes.
‒¿Nunca lo tentó escribir poesía? Sin embargo, su estilo es tan preciso y indirecto como el de la lírica.
‒De joven, en la universidad, escribí poemas. Pero eran pésimos. Me digo que quizás podría hacerlo. Pero como quiero vivir de lo mío, y los ingresos provienen de la escritura, soy consciente de que con los versos se llega a pocos lectores. Verá, nací pobre, ahora lo soy menos, pero eso sucedió solamente porque escribo.
‒Pero ¿está satisfecho con lo que ha producido hasta ahora? Uno de sus personajes, al partir hacia África, dice: “O me haré rico o moriré”. Y el narrador, en las líneas siguientes, lo compara precisamente con un escritor, para quien la riqueza proviene de la satisfacción por lo que plasma en la página.
‒Bueno, estoy satisfecho. Pero creo que el parque de juegos no está cerrado, que todavía tengo algo que decir. Sin embargo, en Vidas minúsculas se percibe que el autor aspira a algo definitivo. Quizás lo mejor para mí hubiera sido morir al final del libro, para que esa obra permaneciera ‒junto con mi reputación‒ como algo único e irrepetible.
‒En cambio ha escrito otros libros. Biografías de personajes famosos, como el cartero Roulin ‒inmortalizado por Van Gogh‒, Rimbaud, reyes y emperadores.
‒Libros que, inicialmente, tuvieron más éxito que Vidas minúsculas. Mejor así, también en este caso. Porque me habría acomodado en la fama de mi primer libro y habría continuado por esa senda, convirtiéndome en un autor demasiado distinguible.
‒Sus personajes pertenecen al pasado. ¿No le interesa la modernidad?
‒Cuando comencé a escribir la modernidad todavía tenía sentido. Ahora estamos en la postmodernidad, que también lo ha absorbido todo en la literatura. Nos encontramos en el magma de lo indiferenciado. Por lo demás, sigo prefiriendo a los autores que me han formado, empezando por los que me leía mi madre. Si tuviera que elegir sólo tres, diría Baudelaire, Rimbaud y, sobre todo, Faulkner, quien para mí es un padre a pesar de que está ausente en mis obras. Me fascina porque vivió en un entorno rural, como yo. Aunque ahora sólo vivo en mi tierra natal durante el verano, mientras que en invierno me traslado a Nantes.
‒Y entre los italianos, ¿a quién prefiere?
‒Autores de principios del siglo XX: Pasolini, especialmente sus primeros poemas friulanos, entre los que recuerdo uno que invoca a Jesús y lo llama “Jesús” (Soy un muchacho bueno,/ lloro todo el día,/ te lo ruego, Jesús mío, no me dejes morir./ Jesús, Jesús, Jesús...). Y luego Rigoni Stern, [Ana Maria] Ortese, Antonio Moresco de La lucina. Omití citar a Dante, quien merecería un largo discurso aparte.
‒¿Cómo construye sus libros?
‒Trabajo a ráfagas. Todas mis obras han sido escritas en poco tiempo. Vidas minúsculas en cuatro meses, otras en muy poquísimas semanas. El resto del tiempo no me sale nada. Es como si me acunara en un credo, en una fe inquebrantable según la cual llegarán los momentos de inspiración y entonces hay que aprovecharlos inmediatamente. En el cajón tengo libros que podrían estar terminados o no. No persigo a los editores. Uno con el que estaba muy en sintonía, Verdier, siempre me animaba a darle los manuscritos. “Te digo que están terminados”, me aseguraba. Ahora está muerto y se ha acabado ese estímulo.
Traducción de Roberto Bernal.