FRANCISCO LINARES, FOTOCRONISTA MINERO
- Luis Hernández Navarro - Saturday, 31 Jan 2026 20:42
La lista de heridas y dolores que Francisco Linares sufrió en las entrañas de la tierra -y que aparecen como la trama latente de sus imágenes- es interminable: pozos carboneros que colapsan en zonas mineras abandonadas, negligencia de seguridad, trabajadores atrapados bajo los escombros, silicosis pulmonar, jornadas extenuantes de trabajo en las fronteras del infierno, explosiones ensordecedoras que cuartean viviendas, viudas inconsolables que claman justicia y pensiones, huérfanos desamparados, riquezas estratosféricas de unos pocos y miseria de quienes extraen los veneros del diablo en forma de hulla.
Don Panchito -como le decían cariñosamente los suyos- nació en el seno de una familia campesina de once hermanos en Puebla, con mamá ejidataria. Le nació la conciencia al ver (y sufrir) los abusos del cacique del pueblo. Ayudó al cura en la misa y él lo impulsó a seguir estudiando. Era bueno para las matemáticas. Con el apoyo de su amigo de toda la vida, Severiano Sánchez, quien lo acompañó a lo largo de los años, entró a estudiar Físico-Matemáticas en el Polítécnico.
Fue el responsable cultural de la organización estudiantil de su escuela. En embajadas y sociedades de amistad de países socialistas obtuvo películas para proyectar y literatura revolucionaria para propagandizar. Salvó la vida el 10 de junio de 1971. La rabia que le sigió al ataque fue motor de su compromiso político. Encontró en la Revolución china, las obras de Mao-Tse Tung y la literatura bolchevique guía para la acción y fuente de inspiración. El Libro rojo fue su mapa para moverse en el mundo.
Dejó los estudios para proletarizarse y peregrinó por varias fábricas de Naucalpan junto a un grupo de compañeros, en su mayoría politécnicos. Participó en huelgas y protestas, hasta que que en 1978 partió a la Cuenca Carbonífera a organizar la lucha proletaria. Durante más de diez años trabajó en tres minas, siempre en las actividades más pesadas. Sufrió tres graves accidentes y tuberculosis (se le agujereó un pulmón). Cuando su organización política se disolvió, él se quedó en la región luchando.
A finales de los noventa fue boletinado por la patronal. Ya no le dieron trabajo en las minas. Lo persiguieron para dañarlo. Se refugió en Rosita. Se hizo periodista y, más tarde, fotógrafo. Encontró su primera chamba como reportero en la sección deportiva de El Mundo.
El diario apenas comenzaba a despegar. Además del camarógrafo, había apenas tres periodistas. El de la fuente política, el de la nota roja y él, que cubría deportes. Pero tenía un problema. Cada día se iba a reportear a los campos deportivos y caminaba con el solazo del semidesiero sobre su cabeza, mientras que el fotógrafo prefería quedarse en la ciudad, donde conseguía invitaciones a comer, o, de perdida, unas chelas. Así que sus notas estaban huérfanas de imágenes. Con suerte, lograba que su colega sacara de su archivo alguna vieja fotografía, usualmente ya publicada, de manera que decidió hacerse también fotorreportero. Su colega le vendió una pesada cámara Nikkomart que le sobraba, en 15 mil pesos. Santo remedio. Sus reportajes se llenaron de retratos y los deportistas compraban gustosos el diario, no tanto por las noticias sino porque encontraban sus fotos en sus páginas.
La fama profesional de don Panchito creció como chisme en rancho. Su jefe de redacción le ofreció subirle el raquítico salario si cubría otras fuentes. Aceptó. Uno de sus grandes éxitos era la sección “Alumnos que destacan”. Iba a las escuelas, entrevistaba a los mejores alumnos, hablaba con la directora, conversaba con los padres y los
fotografiaba.
Sin embargo, la celebridad se volvió un problema. Las notas críticas sobre sucedidos en el municipio encolerizaron al presidente municipal. Y, como no queriendo la cosa, para resolver los entuertos el alcalde firmó un convenio con el dueño de la publicación para que hablaran bien de él. En protesta, el jefe de redacción renunció y, en solidaridad con él, Francisco se marchó también.
Fundaron el tabloide Presencia, explicando las razones de su partida. Informaron, además, de una invasión de tierras para vivienda de mineros. El pleito escaló. El propietario del antiguo diario andaba con el narco y tenía sus pistoleros, de manera que uno de sus gatilleros los amenazó. “Cálmense”, les advirtió. El jefe de redacción le respondió: “Nosotros vamos a decir la verdad siempre.” El sicario le reviró con un amago: “¡No! Los vamos a matar.” No eran palabras. Los pistoleros les dispararon e hirieron a Ángel Tello. Un ejemplar de Presencia quedó ensangrentado. La noticia del ataque salió en 24 Horas de Jacobo Zabludovsky, donde entrevistaron a Panchito.
A pesar de la agresión, con dificultades y tropiezos, Presencia siguió saliendo. Linares reporteaba y tomaba fotos. Cargaba siempre su cámara con él, al comienzo una de marca Panasonic y al final una Nikon. También tenía una de video de cassete Sony.
Incursionó en hacer fotos infantiles y, más adelante, de bodas y XV años. Colaboró con el periódico la La Voz de Monclova hasta que le fue imposible seguir haciendo periodismo. Se transformó entonces en el payaso Kikolin. Lo que comenzó como un show para entretener a su hija en su fiesta de cumpleaños, se volvió una exitosa y digna forma de ganarse la vida. Cuenta Francisco: “Empecé entonces a disfrazarme. Fue muy bonito. Los niños son maravillosos.”
Francisco era un hombre tenaz. Conoció a su esposa Ana Alicia Castillo, nacida en Linares, al pasar por una tienda. Quedó prendado. En ese mismo momento decidió que era la mujer de su vida y se iba a casar con ella. Insistió e insistió hasta que finalmente la llevó al altar.
Inspirado en la lectura del Evangelio, don Panchito siguió comprometido con las mejores causas de la región minera. Sobre el significado de la Biblia en su vida, me explicó: “Su lectura me daba fuerza. Fue donde empecé a hallarle sentido. La lucha de los tajos me ha ayudado mucho. Pero ahora ya no fue con los mineros, fue más personal. Siento que esa lucha estuvo muy bonita porque conocí a Dios en vida y viví y me acompañó.”
Los rostros de la minería
Linares estuvo en primera línea en protestas contra la contaminación ambiental y la destrucción del medio ambiente. El 19 de febrero de 2006, cuando explotó el tiro 8 de la mina Pasta de Conchos, sesenta y cinco mineros quedaron atrapados. El dueño, Germán Larrea, se negó a rescatar los cuerpos de los fallecidos, argumentando que era imposible hacerlo. Evadiendo a la autoridad, Francisco bajó a la mina con su cámara para demostrar que era factible recuperar los restos mortales de los sepultados.
Francisco Linares capturó con su cámara, como pocos fotodocumentalistas lo han hecho, los avatares, sinsabores y potencia de la cultura minera y su resistencia. Pero, también, la vida familiar y comunitaria de los pueblos del carbón.
En diciembre de 2023, parte de su obra fue expuesta en la exposición Rostros de la minería, testimonio de una realidad invisible fuera de sus confines. Aparecen allí minas, reuniones y rostros de mineros, capillas, cruces sembradas a la orilla del camino y ceremonias oficiadas por don Raúl Vera. Las imágenes son un entrañable homenaje a los que se fueron trágicamente y una forma de acompañar el incansable peregrinar de viudas e hijos en búsqueda de justicia.
Según su hijo José Francisco, su papá “mostraba sus fotos en las reuniones comunitarias y las exponía pegándolas en cartulinas que circulaban de mano en mano o se colgaban en los muros. Creía que era bueno revelar lo que sucedía. Que la gente se llevara un recuerdo de lo que había pasado y que las demás personas lo pudieran ver”.
Francisco Linares, fotógrafo y orgulloso minero, revolucionario, católico, fiel a su clase, partió el pasado 16 de enero a las 20:30 horas. Tenía setenta y cinco años. Le sobreviven cuatro hijos. En su entierro, un minero de Barroterán dijo que “era un hombre bueno, de buenos sentimientos”. Perteneció a una generación de politécnicos que marcharon al pueblo para hacer organización, conciencia y revolución sin ambicionar puestos públicos, ni poder, ni dinero. Sus afanes y sus obras, sus batallas y sus fotos, nos enseñan que los cambios los hacen grandes hombres y mujeres como él, a menudo invisibles para quienes creen que la historia se escribe desde arriba y con mayúsculas.