Enrique Díez-Canedo y la ética de la traducción
- José María Espinasa - Saturday, 31 Jan 2026 20:55
¿Por qué un poeta traduce a otros poetas? No podemos pensar, aunque pueda ocurrir, que sea por una sencilla necesidad alimenticia y que conocer una lengua nos permita ejercer un oficio. No creo, sin embargo, que Enrique Díez-Canedo pensara en su trabajo de traductor como un oficio desde el punto de vista pecuniario, aunque es evidente que tenía ese “otro” oficio, sino como un estar en el mundo. El escritor que hoy nos ocupa fue amigo y estricto contemporáneo de Juan Ramón Jiménez ‒nació en 1879, Juan Ramón un par de años después‒, lo admiró mucho y escribió un libro pionero sobre la obra del autor de Espacio, y cuando el andaluz no había escrito aún ese extraordinario poema que, a él, en cierta manera el último de los modernistas, lo proyecta también como un autor del futuro. La relación entre ambos, Juan Ramón y Enrique, está plasmada
y bien plasmada en la edición que Aurora
Díez-Canedo (nieta del escritor) preparó para El Colegio de México y de la que tuve la suerte de ser editor, Juan Ramón Jiménez en su obra, enriquecida por la correspondencia entre ambos.
Permítaseme un fácil juego de palabras: Enrique enriquecía siempre aquello que leía, comentaba y ensayaba. Fue, más que Jiménez, un autor representativo de su época, una época admirable, por cierto. En dicha edición se contrasta la figura de ambos: “Son temperamentos y vidas muy diferentes, Juan Ramón encerrado en sí mismo y concentrado en su obra, pendiente de lo que escriben los otros, pero receloso del periodismo y de sus reuniones […] Díez-Canedo presente en todo, atento a las novedades literarias y a los nuevos valores ‒cosa que comparte con Juan Ramón‒ pero también metido de lleno en la crítica y el periodismo, atareado entre la docencia, conferencias y traducciones.”
En 1945 se publicó La poesía francesa del romanticismo al superrealismo, misma que hace un par de años se reeditó en una cuidada edición de la UNAM. Esa antología, en sus diferentes versiones y estadios desde la primera versión de 1914, sirvió para que los hispanoamericanos conociéramos la poesía francesa de manera notable: más allá de su valor histórico es una antología profundamente actual. Y eso es lo que define a Enrique Díez-Canedo: lo actual. Es una postura no sólo vital sino ética: la literatura está viva, es de hoy y actúa. No como el actor que imposta la voz sino como el aventurero que se arroja a recorrer el río desconocido, la montaña no hollada. Díez-Canedo es un paradigma de vitalidad y su época lo fue mucho: pensaba en el futuro, sí, claro, pero no en la fama y la posteridad, como ocurría en Juan Ramón. Para Enrique no había duda del genio del poeta de Moguer y por eso lo podía leer con libertad y ser su amigo sin (muchas) fricciones de por medio, cosa que para otros fue imposible.
Voy a tratar de explicar las diferencias de actitudes: ambos autores practicaron mucho la traducción. Pero para Juan Ramón era una coquetería y para Enrique una necesidad. Las traducciones del primero se han publicado bajo el sintomático título de Música de otros. Esa expresión hace de la otredad un eco de lo ajeno, cosa que no hacía el segundo, que más bien se reconocía en el incluyente nosotros. Dije una “necesidad” líneas arriba, corrijo: una disposición. Su conocimiento de varios idiomas le permitía compartir y ese es otro rasgo de la época. Frente al tradicional Santiago y cierra España, Díez-Canedo es un ejemplo ideal de ese momento en que España decide abrirse a nuevos aires. Y lo importante es que no fue un elemento aislado sino un rasgo colectivo. Tal vez la referencia a la que alude la designación de edad de plata ‒entre 1894 y 1939‒ debía tener como referente la escuela de traductores de Toledo, la convivencia del árabe, el latín, el hebreo y el incipiente español que se gesta en esa convivencia.
No está de más señalar también que la traducción, como en cierta manera el periodismo, fue una manera en que el trabajo del escritor Díez-Canedo se profesionalizó, es decir que se volvió no tanto una manera de sustento ‒ni el periodismo ni la traducción han sido bien pagadas en la tradición hispanoamericana‒ sino de presencia vital. Son cruciales los (lamentablemente pocos) años de su exilio mexicano, de enorme producción y trabajo en varios ámbitos. Por ejemplo, el teatro. La imantación provocada en los escritores por el escenario tenía que ver con una condición social: el estreno era un momento que vinculaba el trabajo personal, el colectivo y el ambiente social (eso también pasó en México con los Contemporáneos, cuya semilla es justamente el grupo teatral Ulises).
Justamente porque no es un teórico sino un práctico, su teoría de la traducción, si es que esta
expresión tiene algún sentido, está dispersa en notas, prólogos y escolios de diversa índole. Como lector, pienso que hay que tomar de ellos no una teoría sino un ejemplo: en efecto, Enrique
Díez-Canedo es un escritor ejemplar. Seguro de sí mismo sin petulancia, dispuesto a escuchar a los otros (por eso los traduce: traducir es una manera privilegiada de escuchar). Y traducir es también un factor importante en la conversación con aquellos que no pueden leer la otra lengua. El recientemente aparecido Con licencia poética. Enrique Díez-Canedo traductor (UNAM) viene a alimentar la actual efervescencia traductora que vive la cultura mexicana y dará para muchas reflexiones l