Anécdotas / El volcán de Colima y el apocalipsis anunciado en 1913

- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 31 Jan 2026 21:03 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Quizá en todo el mundo, las culturas antiguas tuvieron y conservan un gran respeto por los mensajes del cielo. Los mayas, siempre atentos al universo

Quizá en todo el mundo, las culturas antiguas tuvieron y conservan un gran respeto por los mensajes del cielo. Los mayas, siempre atentos al universo, fueron pioneros en el estudio de los eclipses pues amén de contribuir a la ciencia, avizorarlos les permitía precaverse de malos augurios. Un eclipse de Venus sobre el sol, por ejemplo, obligaba a los habitantes de la Península de Yucatán a cerrar puertas y ventanas para evitar que esa mordida al astro rey encegueciese a personas o cayera la devastación de sus cultivos.

El ingreso de la cristiandad al continente, en el siglo XVI, no pudo impedir que los ancestros siguiesen cautos ante los fenómenos naturales como los eclipses y otros, y que se apartaran del miedo y precaución ante los mensajes premonitorios.

Por ejemplo, el 7 de junio de 1911, a las 4:26, se registró un sismo de 7.8 grados en la escala de Richter con un epicentro en Michoacán. Esto sacó a pobladores de sus casas en toda la región, hasta en la capital, desde muy temprano. Ese día arribaría el caudillo revolucionario Francisco I. Madero en la que se conoció como “entrada triunfante” a Ciudad de México, luego de haber logrado la caída del dictador Porfirio Díaz y el acuerdo de elecciones extraordinarias presidenciales a finales del mismo año. Hubo muchos daños, sobre todo en la colonia Santa María la Ribera, Ciudad de México.

Miles quizá, con el susto a cuestas o apenas con unas pocas horas de sueño, lo interpretaron como un buen augur: México había cambiado. Empezó a emplearse la frase: es “el terremoto Madero”. En el Zócalo, hacia las 13 horas, todo era euforia, aplausos…

A los quince meses se manifestó un nuevo agüero. El 17 de enero de 1913, poco menos de un mes del comienzo de la conocida como “Decena Trágica”, el volcán de Colima explotó, alcanzando su máxima columna eruptiva el día 20, de al menos 21 kilómetros de altura. Los científicos del Instituto Geológico lo clasificaron con un Índice de Explosividad Volcánica nivel 4, del tipo “cataclísmico”. Hasta donde se puede saber, el magma esparcido fue de 1.7 km cúbicos en un perímetro de 700 km a la redonda. Fue la mayor erupción de este volcán en el siglo XX.

Los agoreros se espantaron. Vieron en esta explosión el inicio de una era apocalíptica. Por ejemplo, en Ciudad Guzmán, Jalisco, todo el día 20 de enero hubo retumbos, descargas eléctricas, tormentas de arena y sembradíos de alfalfa y legumbres fueron sepultados por la lava.

Créase o no en estas notificaciones providenciales, a los pocos días comenzó una cruel tragedia en México y, como el volcán de Colima, vino de menos a más. Primero, Francisco I. Madero fue aprehendido y asesinado la madrugada del 23 de febrero de 1913. En esos aciagos días, los historiadores han contabilizado de 5 mil a 10 mil fallecidos en dos semanas, nada más en la capital. Al mes, se había conformado el Ejército Constitucionalista con Venustiano Carranza al frente para derrocar a Victoriano Huerta, y se ha calculado que de 1910 a 1920 murieron entre un millón y tres y medio millones de habitantes, especialmente de 1913 a 1914 por guerra, hambruna, epidemias (tifoidea, influenza y tuberculosis). Si validamos la explosión del volcán de Colima como un mal vaticinio para México, los agoreros no erraron en su interpretación del cataclismo anunciado desde el más allá. ¿Qué piensa de ello, doña Clofis? Yo me quedo patitiesa. Es la naturaleza y sus designios o quizá sí se trate de avisos por descifrar, no lo sé bien l

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