Memoria, identidad e impermanencia
Este es el libro de los adioses, el libro de los vacíos. El libro mandala en donde el viento (con una profunda, casi perniciosa nostalgia de la vida) sopla con fuerza. Nos deja sin la cobertura de la ropa, sin la protección de la piel. Nos hace sentir que nos deshacemos, que nos des-identificamos, nos desvanecemos.
Gustavo Ogarrio, o más bien, la voz lírica que flota en Los telegramas del adiós, tiene una conciencia arrolladora de que las cosas que han sido experimentadas, sentidas, las situaciones por las que hemos atravesado en este recorrido como homines viatores, hombres viajeros, nunca más se van a repetir: se han ido para siempre. Aquí conviven los tópicos de la nostalgia: además del mencionado homo viator, el tempus fugit, el tiempo que huye, y sobre todo, el ubi sunt?, porque esa voz poética se pregunta dónde está todo eso que se ha experimentado.
Esta reflexión de lo ido no se lleva a cabo solamente desde la cabeza, desde un pensamiento más o menos filosófico, más o menos consciente, más o menos consolador, sino que lo hace desde la emocionalidad de un hombre de mediana edad, heterosexual, de oficio poeta. A veces en versos, a veces en prosa poética, él va haciendo un recuento de lo que fue y no será nunca más, desde el uso de una honestidad que nos deja a los y las lectoras inmóviles, casi asustadas.
Desde el “Retorno a Montevideo”, la primera parte del poemario, que es un canto no al regreso, sino a la pérdida del primer encuentro, hasta el amor que se acaba (en el último apartado, “Brevísima relación de un amor trágico”), todo está enunciado como si hubiera sido cubierto por un velo de oquedad. Lo vivido ha dejado un hueco que no se puede llenar ni con recuerdo, porque el presente dura un poquito y el ejercicio de la rememoración siempre traiciona la verdad, distorsionándola. Así, es imposible conservar algo: nada permanece.
Salvo, claro, el oficio de la literatura, la maña de usar toda experiencia para ser narrada, de escribir para expresar la vida o de usar esta misma como pretexto para crear. Lo dijo Pessoa, no yo: “Viver nao é necessário. Necessário é criar.”
En este poemario, lo importante, lo que canta la voz poética, es la impermanencia y cómo ésta va construyendo la identidad. Como personas nos vamos construyendo a través de nuestros recuerdos, experiencias, del tacto de los demás en nuestra piel. Nos sentimos seguros y seguras creyendo ser lo que recordamos haber sido. Y cuando nos damos cuenta de que todo eso ya se ha ido, nos encontramos frente a una broma cósmica: soy lo que he perdido. Así parece en la segunda parte, “Retratos”, que da paso a la tercera: “Los telegramas del adiós”, la que le pone título al poemario, un título maravilloso, empapado de la inmediata pérdida, de la rápida despedida.
En este apartado continúa la des-identización: “No tengo espejos”, dice el poeta porque, recordándonos a Ricœur, ha perdido a sus amigos. ¿Y qué somos si no el reflejo que los demás nos ofrecen? Asegura que es “dueño de un mar inexistente”, que es también “ese poema que no existe”, en tanto que se declara hecho de recuerdos, de las historias de sus ancestros, que se borra, como los fantasmas, ebrio de existencia.
Entonces nos abre la cuarta parte: la tragedia del amor. ¿En qué consiste la tragedia del amor, su contradicción inevitable? ¿Quién es la o el personaje a quien le es imposible recibir lo que necesita? ¿La amada? ¿El amado? ¿Los dos? ¿Acaso tú? En prosa poética, Ogarrio nos narra cómo lo maravilloso se va quedando lejos, cómo va deshilachando sus pequeñas y maravillosas familiaridades, cómo algo las aleja y convierte el enorme impulso de eros en la trágica ganancia de thánatos. ¿Te pasará a ti, a mí, a todos y todas?