El universo onírico de Fernando Pessoa
- Alejandro García Abreu - Saturday, 24 Jan 2026 20:09
Surge de oriente la luz rubia del claro
de luna de oro.
Bernardo Soares
En un fragmento vinculado a Álvaro de Campos –rescatado por los especialistas Jerónimo Pizarro y Antonio Cardiello en 2016–, Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-ídem, 1935) deduce que el arte es soslayarse de actuar y de vivir. La manifestación intelectual de la emoción es el arte, distinto de la vida: la expresión de la voluntad de la emoción. El escritor aseveró que aquello que no poseemos, o no utilizamos, o no obtenemos, es posible obtenerlo en el mundo onírico. Con los sueños se crea el arte. Para el artista, en diversas ocasiones la emoción es tan potente que, aunque restringida a la actividad, ésta, a la que se redujo, no le deleita. Para Pessoa, “con la emoción que sobra, que no ha quedado expresada en la vida, se forma la obra de arte.” Plantea dos paradigmas de artistas: el que enuncia aquello de lo que carece y el que dice lo que le ha sobrado de lo que ha poseído.
En una ocasión, Richard Zenith –excepcional biógrafo del genio lusitano– dijo que el Libro del desasosiego de Bernardo Soares es “el libro en potencia, el libro en plena ruina, el libro-sueño,
el libro-desesperación, el anti-libro, más allá de toda literatura.”
En el Libro del desasosiego el creador de heterónimos es consciente de que toda obra es imperfecta y segura de la ambición estética. Habla, incluso, de su propio quehacer literario. Todo le parece imperfecto, y “no hay un anochecer tan bello que no pudiese serlo más, ni una brisa leve que nos adormezca que no pudiese darnos un sueño todavía más sereno”. El sueño es trascendental para Soares en múltiples vertientes. Contempla por igual las montañas y las estatuas, disfruta los días y los libros. Simultáneamente sufre existencialmente. Para él “hay un sueño de la atención voluntaria que no sé explicar y que me ataca con frecuencia, si se puede decir que ataca a alguien algo tan indefinido”. El propio sueño fútil le provoca consternación. Es su vida interior. Es la esencia doble del “libro-sueño”.
Del Libro del desasosiego –editado por Jerónimo Pizarro y traducido, prologado y anotado por Antonio Sáez Delgado en 2014– extraigo ideas sobre el universo onírico-literario de Pessoa, como del fragmento inicial relativo a Álvaro de Campos. El autor convierte sus sueños en sustancia íntima. A veces los transforma en algo ajeno.
Le apenan los que sueñan lo probable, lo legítimo y lo cercano más que los que fantasean
sobre lo lejano y lo extraño, como él mismo. “Los que sueñan en grande, o están locos y creen lo que sueñan y son felices […] son simplemente fantasiosos para los que la fantasía es una música del alma que los arrulla sin decirles nada. Pero el que sueña lo posible tiene la posibilidad real de la verdadera desilusión.”
Teórico, Pessoa-Soares dice que duerme cuando sueña lo que no existe; se despierta cuando sueña lo que puede existir. Desfilan ante el escritor continuaciones de sueños en los que aparecen “sombras vacías” y piensa en la “soledad de las tinieblas.” También regresa a la infancia: cada vez que, por influencia de sus sueños, se ha elevado su intención por encima del nivel cotidiano de su vida, se ha sentido como un niño en un columpio. Todo el que duerme se hace niño de nuevo. Pessoa concluye que, asimismo, en la juventud y en la adultez, cuando camina por las calles lisboetas no va borracho, va soñador. Está atento a lo que no existe. Posiblemente todavía lo aguarde. Afirma de manera contundente: cualquier sueño es el mismo sueño, porque todos son sueños, aunque aprecia el don de soñar. Disfruta con la posibilidad de dormir porque sueña y posteriormente piensa. En una especie de confesión expresa que escribe, afligido, en su cuarto tranquilo, solo como siempre ha estado, solo como siempre estará.
Pessoa considera que los sueños son su teatro íntimo: el mundo de imágenes soñadas que compone implican su comprensión del mundo y de su vida. En 2013 Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari registraron ciento treinta y seis autores ficticios surgidos de la pluma del lusitano. Soñaba despierto y su imaginación es incomparable.
En una interpretación del planteamiento de Zenith, el escritor portugués es el hombre en plena ruina, el hombre-desesperación. En realidad es el hombre-sueño.