Operación Nostromo: Venezuela y América Latina, el mundo de ayer y el horror imperialista de hoy
- Gustavo Ogarrio - Saturday, 17 Jan 2026 19:54
A la memoria viva y lectora de Françoise Perus
No hay palabras para el tipo de cosas que quería decir.
Joseph Conrad, Lord Jim
Latinoamérica es víctima de una conspiración del silencio y de la mentira, la faz que exhibe el sufrimiento de estas tierras despojadas de sus riquezas y del derecho a elegir su destino. El derrocamiento de Jacobo Arbenz Guzmán (1954) había transparentado de manera inequívoca y brutal el intervencionismo estadunidense en América Latina.
Eduardo Galeano, Guatemala. Ensayo general de la violencia política en América Latina.
Por si alguien lo dudaba todavía: el derecho y el orden internacional son una farsa. Lo que quedaba de todo eso ya había muerto en Gaza.
Yásnaya Elena A. Gil
El arte narrativo de la ambigüedad: Conrad en América Latina
Joseph Conrad (Ucrania, 1857-Reino Unido, 1924) es todavía un enigma cuya narrativa recorre los mares y puertos latinoamericanos. Su figura y sus historias vuelven cuando nos enfrentamos al dilema, a la amenaza y a la agresión cíclica de la barbarie imperialista. Pero vuelven con todo el poder evocativo de su belleza y ambigüedad trágicas. Conrad es, al mismo tiempo, como señala Edward W. Said, antiimperialista e imperialista, lo cual no constituye una paradoja, más bien ilustra significativamente las contradicciones profundas de ese sistema de dominación que llamamos imperialismo, la base material e ideológica de las relaciones de agresión y violencia que van de las potencias clásicas y/o emergentes hacia los países, naciones y pueblos sometidos y saqueados por el colonialismo moderno.
En su novela Nostromo (1904), Conrad describe y presenta la estrategia colonial a través de la historia de un capataz italiano de nombre Nostromo, que intenta rescatar y quedarse con un cargamento de plata en el puerto de Sulaco, perteneciente a una ficticia república latinoamericana llamada Costaguana. La ambición por la plata del supuestamente incorruptible Nostromo lo arrastra a los conflictos propios del imperialismo: la soberbia conquistadora que construye una idea de omnipotencia de sí misma; una retórica de poder que se vuelve absolutamente insensible a los efectos aciagos y crueles para las sociedades colonizadas; la ironía trágica que envuelve a la empresa colonial y que la lleva a su propia corrupción, fracaso y barbarie. Para Said, esta novela de Conrad, además de constituirse como “una predicción temprana de lo que hemos visto suceder en Latinoamérica durante el siglo XX” (Cultura e imperialismo, Anagrama) y precursora de otros modos de encarar la narración de regiones que padecieron la presencia violenta de los imperios modernos, conserva cierto punto de vista colonial al ver solamente “un mundo totalmente dominado por al Atlántico occidental, dentro del cual cualquier oposición a Occidente únicamente sirve para confirmar el poder perverso del propio Occidente. Lo que Conrad no pudo ver es una alternativa a esta tautología cruel.”
Para la perspectiva de los imperios modernos, las sociedades “periféricas” y colonizadas que son objeto de ataques militares y de representaciones políticas y narrativas, son esencialmente primitivas, infantilizadas, corruptas, sin herramientas propias para seguir de manera “adecuada” los modelos de occidentalización impuestos. Sin embargo, el imperialismo del siglo XIX, el mismo cuya experiencia directa como marinero es el punto de partida de las novelas de Conrad, ya no es el mismo que el del siglo XXI. Hubo un fuerte proceso descolonizador al menos a partir de la segunda mitad del siglo XX, lo que hizo más complicada y difícil la aceptación de las premisas y acciones militares de los imperios. Las “visiones acusadoras” contra las intervenciones militares de cuño imperial encuentran también en Conrad, afirma Said, a un precursor que ha hecho posible narrar en clave de ficción ese horror indecible que se encuentra al final de la paradoja imperialista: los ataques, incursiones, despojos, asesinatos e invasiones imperiales “triunfan” en un primer momento, pero al “triunfar” construyen también lo que será el futuro de su propia ruina; Vietnam y Afganistán son ejemplos para Estados Unidos, tan contundentes como irreversibles en su poder de destrucción y fracaso.
Lo que Conrad narró, visualizó y nos hizo comprender de manera más sugestiva que directa, fue ese núcleo profundo que le da sentido tanto a Nostromo como a El corazón de las tinieblas, el centro oculto de las narraciones orales, de marineros y fugitivos, que sostienen sus historias escritas: “comprender lo inconcebible”, “una disputa sutil, pero decisiva, sobre la verdadera esencia de la vida” (Lord Jim). Quizás la locura, la irracionalidad, la soberbia imperial que se quiere omnipotente, configuran ese núcleo escondido en la pulsión colonial de muerte –¿es el “horror” que grita en susurros Kurtz?– y que todo lo arrasa; el corazón mismo de la “inmensa oscuridad” que deja el imperio con sus ataques, acciones e incursiones militares.
Cabe mencionar que la dimensión artística de los relatos de Conrad también radica en un arte narrativo que construye visiones del espacio en el cual se va incursionar. La “supremacía de lo visible” en Conrad, como afirma también Said, se configura en estrecha relación con la puesta en escena de los relatos orales que se van condensando en su escritura. Por ejemplo, después de contar la manera en que se enteró en su juventud de la historia del “granuja” que se robó el cargamento de metales preciosos, Conrad también nos dice cómo la transformó en la experiencia trágica de un personaje con carácter, al inicio no corruptible, más bien atrapado en la tormenta de la revolución de un país latinoamericano:
Fue entonces cuando tuve la primera visión de un país crepuscular que se convertiría en la provincia de Sulaco, con su alta y sombría sierra y su campo brumoso como mudos testigos de los acontecimientos surgidos de las pasiones de hombres miopes del bien y del mal […] Tales son, en verdad, los oscuros orígenes de Nostromo, el libro. Desde ese momento, supongo, tenía que serlo. Aun así, dudé, como si el instinto de supervivencia me hubiera advertido de aventurarme en un viaje lejano y penoso a una tierra llena de intrigas y revoluciones. Pero tenía que hacerlo. (Nota de Conrad a Nostromo.)
¿Cuál ha sido el papel que han jugado narraciones como las de Conrad en la representación y comprensión del imperialismo moderno? ¿Qué podemos aprender de nuestra propia historia a través de la literatura en estos tiempos en los que parece que se borra súbitamente el ayer y en los que se reactiva de una manera vehemente el horror del despojo imperial en América Latina y el mundo?
Afirma Rita Segato: “El presente es siniestro. Estamos todos amenazados.” Segato propone establecer una conexión para comprender los horrores de nuestro presente: los feminicidios que comenzaron a ser visibles –y de una deshumanización atroz– en Ciudad Juárez, con el genocidio del pueblo palestino en Gaza por parte del gobierno de Israel, quizás hasta llegar a la agresión del gobierno de Trump a Venezuela. Pasamos de una época de violencias múltiples en el contexto de un capitalismo totalizante y mucho más agresivo que el del tiempo benefactor, este último basado en un imperialismo multilateral que era contenido medianamente a través de la lucha por el respeto a los derechos humanos, a la era de la abierta impunidad imperialista estadunidense, que combina cierto irracionalismo de conducción cuasi/psicótica, al modo de Donald Trump, con una agresiva “agenda” de despojo sistemático y colonial de recursos naturales sin mediación política y jurídica nacional o internacional. La pulsión de muerte por el petróleo sostenida por Donald Trump de una manera vehemente es la culminación de un largo proceso de violencia imperial: la ambición por el oro, por los metales preciosos, por las encomiendas, por los territorios, por las minas, por el excedente de riqueza, este apetito infinito que comenzó en el siglo XVI ahora va despojado de “argumentos” coloniales que intenten justificarlo.
A partir de la madrugada del 3 de enero de 2026, el péndulo del imperialismo estadunidense se volvió a activar en América Latina de una manera insólita y, al mismo tiempo, reconocible en todo lo anterior. Una estampida nocturna de aviones caza estadunidenses que no son detectados por radares cae sobre Venezuela; un infierno apocalíptico de explosiones en Caracas; el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de Cilia Flores, abogada y esposa de Maduro. Una acción militar y de “inteligencia”, con más de ochenta asesinatos, que Donald Trump reivindica como “quirúrgica”, en esa semántica de metáforas médicas cuya tradición proviene de las expresiones políticas de dictaduras y de agresiones militares que buscan hacer invisibles los “daños colaterales”: borrar la muerte y destrucción que produce la ambición y la necrológica pulsión imperialista. El horror a través de una visión crepuscular, casi irreal y transmitida en el nuevo tiempo real de las redes sociales.
El mundo del ayer es el horror de hoy
Llama la atención que después del ataque a Venezuela por parte del gobierno de Donald Trump se haya intentado determinar de mil maneras que estábamos ante un drástico cambio de época. Por supuesto que con este hecho se vislumbra ya la formación de un mundo distinto, un presente espantoso que quizás anhela algo del ayer resquebrajado ante el más incierto y amenazante de los futuros inmediatos para América Latina. Por momentos esta urgencia de nombrar a la nueva época se parece a lo que podríamos identificar como un tiempo unidimensional: la prisa por rotular que estamos en un giro temporal también trae un olvido sistemático no sólo del pasado inmediato, sino de la historia propia en clave antimperialista. Eric Hobsbawm ya sentenciaba, al inicio de su Historia del siglo XX (Crítica), que “la destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales
que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX”.
A veces, el ayer inmediato de un tiempo de bienestar se entrelaza y confunde en la memoria con ese tiempo neoliberal; este último también lo podemos entender como antecedente constitutivo de la amenaza imperial en el cual se bosqueja el recomienzo fascista en el presente. ¿Cuántos tiempos históricos se resquebrajan y reconfiguran con esta crisis del presente latinoamericano?
En sus memorias tituladas precisamente El mundo de ayer (Acantilado), escritas entre 1939 y 1941, en plena guerra, Stefan Zwieg escribe:
Y sabía que una vez más todo lo pasado estaba prescrito y todo lo realizado, destruido... Comenzaba algo diferente, una época nueva, pero ¡cuántos infiernos y purgatorios había que recorrer todavía para llegar
a ella!
La destrucción de Europa todavía no era un hecho consumado en 1941. Sin embargo, poco a poco se impuso cierta frialdad e indiferencia para comprender y aceptar la guerra. Para Zweig, “la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes momentos que determinan su época”. Vamos un poco a ciegas ante la brújula nebulosa de los acontecimientos del presente. Zweig narra esta destrucción del mundo europeo en el que creció y se volvió adulto sin que la nostalgia determine el sentido que adquiere ese ayer. En muchas ocasiones expresado de manera trágica, en otras con una especie de optimismo evocador y conmovido por ese ayer evanescente, su relato es sumamente descriptivo y reflexivo en su propio “aprendizaje del horror”. Dice Zweig, en su narración de momentos claves en los que lo autobiográfico es entendido a la luz de la historia cultural de Europa:
Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos sin libertad, sin seguridad.
¿Cuántos infiernos y purgatorios tendremos que recorrer para llegar a formar una cierta
conciencia histórica común mediante el aprendizaje de lo que se está desplegando en esta nueva época de horrores coloniales?
Hay un hecho contundente en este nuevo presente: Cuba, Colombia, México (y América Latina en su conjunto) también son objetivos declarados de guerra para Estados Unidos: “estamos todos amenazados”. Lo “siniestro” de esta amenaza es que replica los modos más atroces y oscuros del imperio y los articula a la “disonancia cognitiva” del nuevo filibustero, Donald Trump (autoproclamado “presidente interino” de Venezuela) –y de su gobierno–, en un tiempo donde el colonialismo y la agresividad narrativa del imperialismo también se multiplican ideológicamente con la misma “disonancia cognitiva” a través de los nuevos soportes tecnológicos del olvido y la memoria, las plataformas digitales y las redes sociales en sus fugaces veredictos acumulados sobre lo inmediato; el tiempo unidimensional de las pantallas y del algoritmo.
Los fundamentos narrativos y políticos del imperialismo moderno se mueven bajo el supuesto de que las naciones y comunidades agredidas carecen de historia y cultura propias,
de autonomía e independencia para expresar
su desacuerdo, rechazo y resistencia hacia las “fantasías y sentimientos filantrópicos” de las potencias imperialistas, como afirma Said. La visión de las tinieblas que los relatos imperialistas construyen sobre nuestros países y comunidades requiere de la representación servil de estas sociedades, nos exige que participemos en nuestra propia destrucción y despojo, ya sea como “informantes”, “traidores” o “colaboradores”, pero nunca aceptará una historia política, cultural y narrativa propia que concibe que hay que echar de estas tierras ignotas a los “agentes” del imperio, a esos “hombres suyos enviados a La Habana”, a las tropas de ocupación, a la “contra” financiada por el imperio, a los “emperadores” espurios, a las empresas mineras canadienses o a las petroleras estadunidenses, a la United Fruit Company, a los filibusteros y mercenarios provenientes de Estados Unidos, como William Walker (autoproclamado “presidente” de Nicaragua en 1856) en el siglo XIX; entendiendo este rechazo histórico al imperio como absolutamente necesario para construir un mundo propio latinoamericano.
Las visiones críticas del imperialismo actual tienen mucho que aprender de la historia de los procesos descolonizadores en Asia, África y América Latina. Nuestro mundo de ayer es inmensamente rico en experiencias políticas descolonizadoras, en visiones narrativas propias y en análisis críticos de la configuración de los modos históricos de los imperialismos. También es inmenso el dolor, el miedo y la incertidumbre que produce la violencia de los imperios.
Stefan Zweig narra su propia inconsciencia del “advenimiento del peligro”, “el surgimiento de lo inconcebible” que nadie fue capaz de identificar en sus alcances:
Pero todavía no nos dábamos cuenta del peligro. Los pocos escritores que se habían tomado de veras la molestia de leer el libro de Hitler, en vez de analizar el programa que contenía se burlaban de la ampulosidad de su prosa pedestre y aburrida. Los grandes periódicos democráticos, en vez de prevenir a sus lectores, los tranquilizaban todos los días diciéndoles de aquel movimiento que, en efecto, a duras penas financiaba su gigantesca actividad agitadora con el dinero de la industria y un endeudamiento temerario, que se derrumbaría irremisiblemente al día siguiente o al otro.
Quizás, simplemente, ha llegado el momento de repensar con cierta urgencia ese ayer en todas sus dimensiones posibles. Y este ayer de larga duración implicaría necesariamente, por ejemplo, interpretarlo de otra manera en clave antimperialista en relación con las dos grandes guerras del siglo pasado.
Como propone Paul Thomas Chamberlin en su libro Tierra quemada. Una historia global de la Segunda Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg), habría que comprender a profundidad las consecuencias imperialistas, contemporáneas, del fin de este conflicto:
Tras haber matado a la bestia del Eje, el behemot soviético y el leviatán estadunidense se enfrentaron entre sí y desencadenaron una nueva guerra eterna. Esta nueva batalla se libraría entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y un orden colonial moribundo, e insuflaría una nueva vida a las viejas estructuras imperiales en la forma de la geopolítica de la Guerra Fría.
Es urgente dejar de “restarle importancia” a los elementos coloniales de las dos grandes guerras del siglo pasado, ya que esto impide comprender “las raíces imperiales de la geopolítica” de nuestros días; colocarse a distancia crítica de las interpretaciones idealizadas de las guerras modernas. El libro de Chamberlain se aparta del enfoque que se centra en los grandes dirigentes y las operaciones militares para analizar cómo el conflicto más grande de la historia transformó las relaciones entre imperio, raza, violencia, guerra y Estado. Geográficamente, el libro se aleja de las playas de Normandía para hacer mayor hincapié en los teatros de operaciones más sangrientos de Europa del este y Asia oriental. Rompe con las explicaciones estándares de la guerra argumentando que la raza y el imperio eran dimensiones centrales del conflicto. Aborda la segunda guerra mundial como un conflicto profundamente enraizado en el contexto más amplio de la historia mundial. Y de esta forma intenta excavar los cimientos coloniales de la guerra y trazar sus secuelas imperiales.
Como ya lo advertía José Carlos Mariátegui en 1928, la Conquista no ha terminado. Una sucesión de guerras coloniales sostiene la actividad de los imperios en Asia, África y América Latina hasta nuestros días. La conjetura de Chamberlain es contundente y permite comprender en perspectiva las visiones imperialistas, racistas y fascistas que actualmente nos amenazan. El olvido del mundo de ayer es parte también del horror de hoy:
El legado de la guerra no fue la destrucción del fascismo, el racismo y el imperialismo, sino la creación de un orden de postguerra en el que Estados neoimperiales muy militarizados se vieron obligados a prepararse para la guerra perpetua y la perspectiva de la aniquilación nuclear. Nuestra amnesia colectiva respecto de los orígenes coloniales de la guerra y sus consecuencias imperiales ha despojado al conflicto de su significado y lo ha convertido en un cuento de hadas del siglo XX.
Último retorno a Canaima: el mito
circular de la historia latinoamericana
Más que rendir cuentas ante las poéticas narrativas europeas o anglosajonas, los textos literarios latinoamericanos se han jugado su pertinencia y elaboración en una tensión profunda y sumamente heterogénea respecto de complejos procesos culturales, sociales y políticos propios de cada momento de nuestra historia. La “politización” del realismo social y de la llamada “novela de la tierra”, según Françoise Perus, se dio a partir de un “contexto de impugnación de las formas de dominación oligárquica” provenientes del siglo XIX: “la corriente realista se empeñó efectivamente en poner de relieve lo que la cultura oligárquica se esforzaba por ignorar u ‘olvidar’” (“Universalidad del regionalismo: Canaima de Rómulo Gallegos”, en Canaima, Colección Archivos). Este olvido no era más que la exclusión sistemática de amplios sectores, así como la represión de campesinos y comunidades afrodescendientes.
Perus plantea lo anterior a propósito del análisis de la novela Canaima, de Rómulo Gallegos. Lo que interesa señalar de estos planteamientos es un contrapunto para representar narrativamente el espacio latinoamericano, muy diferente al que podemos leer en Conrad. A partir de la lectura de Canaima, Perus revela que el paisaje es testigo de la historia y también mito en relación a la tragedia del descubrimiento y conquista inconclusos, lo que problematiza a través de la ficción una de las contradicciones más importantes para entender América Latina: la herencia colonial todavía actuante en las sociedades latinoamericanas que tiene a las metrópolis y/o potencias como modelo de civilización, la violencia con la que se formaron los Estados nacionales; la heterogeneidad estructural de países como Venezuela narrada en clave trágica, “en donde la formación del Estado nación es relativamente tardía y subordinada la articulación de la economía a la dinámica del mercado internacional”. Lo que Canaima llega a incorporar en su poética es una imagen compleja de las comunidades, indígenas y afrodescendientes, que habitaban el delta del Orinoco y que en esos momentos rompía con el tipo de representaciones narrativas con perspectiva oligárquica, el conflicto romántico o costumbrista entre poderes terratenientes, por ejemplo.
Seguramente la novela del realismo social es insuficiente para comprender la actualidad de nuestras sociedades y países, pero hay en ella ciertas figuras narrativas que nos pueden ayudar en el proceso del “aprendizaje del horror”: vamos a enfrentar al embate imperialista actual con nuestras propias contradicciones a cuestas, con el desafío de articular de la mejor manera posible esa heterogeneidad estructural; “la variedad infinita, lo abrumador de lo múltiple”, “el mundo abismal” en el cauce palpitante y discordante de la vida en América Latina. Al igual que Marcos Vargas en Canaima, el espíritu amenazante de la selva, el fluir de la historia a través de ríos como el Orinoco, nos dará la oportunidad de recorrer ese mito circular de la búsqueda de nosotros mismos.
Ante ese inmenso dolor que deja la violencia actual de los ataques del imperialismo, ¿cuál podría ser una de las utopías de esta búsqueda en términos narrativos y filosóficos?: “Esta filosofía debería estar amasada a partir del dolor colectivo y procuraría constituirse en una herramienta adecuada para colaborar en la transformación de situaciones indeseables para la dignidad humana” (Horacio Cerutti Guldberg, Filosofando y con el mazo dando, Biblioteca Nueva).