La otra escena / En mi piel, la celebración migrante de Elisa Rodríguez

- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Saturday, 17 Jan 2026 20:46 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

En mi piel es un punto de llegada exquisito y complejo de Elisa Rodríguez Ostuni, una vida migrante atravesada por la creación viva y conmovedora de una artista que ha experimentado prácticamente todas las coordenadas de la creación coreográfica.

Desde hace cuatro décadas está instalada con una enorme discreción y pulcritud en el corazón mismo de la creación escénica mexicana, y en 2025 celebró sus orígenes con un trabajo de enorme
inteligencia, creatividad e imaginación,
para poner en escena todas las migraciones posibles de su piel envolvente.

Se trata de una coreografía de largo aliento con una gran cantidad de elementos que forman parte de sus memorias, su autobiografía coreográfica, una reflexión arriesgada y conocedora del tango, de los géneros y de una argentinidad que se discute desde un mundo poético, libresco, popular y sumamente refinado que incluye el vestuario, la iluminación (de Gregorio Trejo) y la poderosa antología musical y sonora (de Mauro Gómez) que instala sus movimientos en lo contemporáneo y en la tradición de la que forma parte su pasado.

Elisa Rodríguez Ostuni es una artista observadora que no le teme a las ciencias sociales y a la filosofía, y por supuesto menos a la literatura de la que toma temas, frases, ideas que la cobijan y le dan sentido y seguridad a muchos de sus pasos. En mi piel está contenida toda esa aventura que se dio el permiso de exponer con muchas de sus grandes afinidades sobre la escena.

Sobresale la figura de Lidia Romero que acompaña a su amiga y colega con la solemnidad humilde de una pieza más de ese engranaje que, desde la primera imagen, ha disuelto el tema de los géneros y ha arrojado una enorme piedra al aparador de los lugares comunes, poblando el escenario de sólidos fantasmas, brillantes y armónicos.

Personajes que si bien tienen la textura de una fantasía, de un sueño, de un gran cromo articulado, también son los ejecutantes de un proyecto que se levanta desde un pasado muy rico que se ha logrado deshacer de los fardos más pesados del tango, para hacerlos definitivamente ligeros con los pasos de lo contemporáneo, que también ha sido su dominio durante tantos años de convivir con una de las embajadas más sólidas de la técnica Graham en el mundo. Porque en muchos sentidos eso ha sido México, una de las estaciones favoritas de una técnica que ha definido el rumbo de las más grandes compañías mexicanas.

Muchas veces me he preguntado por qué no hemos tenido más obras de este calado, si su mano tan mexicana y argentina, y su talento tan argentino y mexicano, han estado detrás y como sostén de muchas coreografías mexicanas de primer orden. Tal vez demasiado tiempo dedicado a los otros y a exponer el espíritu
del tango, de sus gauchescas, milongas y este rec
orrido tan singular en México por lo poderoso de lo urbano que recoge formas tanto del anonimato como de la soledad tan de ermitaño y hierofante.

El cruce de géneros es conmovedor y beligerante contra los falsos profetas, a los territorios tan manoseados de lo pseudomoderno, pseudofeminista, pseudoerótico. No se autodenomina poseedora de una identidad femenina nueva, ni se propone revolucionar el tango, sino acercarlo, compartirlo y hacerlo comunión, expandirlo.

Son catorce ejecutantes mujeres de alta calidad técnica en escena que evocan el movimiento masculino, pero trastocando hacia lo imprevisible los encuentros de parejas, el juego de los dúos de los que Elisa Rodríguez se ha apropiado sin apostarle todo a una genitalidad innecesaria que el extraordinario trabajo del vestuario (creado por Amada Domínguez, Joel Ruiz y Percantas escena) logra evidenciar.

Uno de los más bellos trabajos de 2025, de una creadora que atraviesa umbrales con una gran fuerza expresiva ejemplar que valdría la pena que recorriera diversos escenarios universitarios afines a este espíritu crítico, libertario y migrante.

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