De Nabokov a Jeffrey Epstein: psicoanálisis, ficción y realidad
- Saúl Renán León Hernández - Saturday, 17 Jan 2026 20:21
Según el prologuista de Lolita, si la psicoterapia fuera efectiva la tragedia del pedófilo Humbert Humbert (HH) y de Lolita no habría existido. Ah –rectifica–, pero tampoco la novela. Es decir, no se habría podido aprovechar el mal ajeno en beneficio de la literatura propia. Nabokov, que amaba las mariposas tanto como detestaba toda crueldad humana, abominaba de la crítica dirigida a desentrañar los entresijos del autor. Pero la propició cuando decidió explicar cómo empezó a fraguar Lolita. La idea surgió tras leer una nota periodística sobre un chimpancé que aprendió a dibujar y lo primero que dibujó fue su jaula. ¿Qué relación pudo haber tenido esa imagen con Lolita? La clave está en su cuento autobiográfico “Primer amor”: Colette (una niña francesa de su misma edad, entre nueve y diez años) ostenta magulladuras en uno de sus brazos y, mientras juega en la playa con un cangrejo, exclama “me pellizca casi tan fuerte como mamá”. Vladimir, sintiendo por ella un amor casi superior al que sentía por las mariposas, ata cabos y urde la fantasía de liberarla de la jaula del maltrato materno y huir con ella por toda Europa. Traslada aquella fantasía al periplo de HH huyendo con Lolita por ciertos lugares de Estados Unidos. Lugares elegidos por él para ir a cazar mariposas y de paso recolectar detalles ambientales cuya descripción contribuiría a darle “una pizca de realidad” a la novela. Además, la Annabel que HH recuerda como la víctima precursora de Lolita es otra imagen sublimada de Colette. Esta recurrencia al primer amor infantil está relacionada con el hecho de que la obsesión del pedófilo empieza a temprana edad. Nabokov navega hábilmente en esta concepción psicológico ambientalista, pero también pone en la palestra la hipótesis genética. ¿El desmedido deseo de HH por Annabel no habría sido “la primera muestra de su singularidad innata”? Con los conocimientos disponibles en su época, describió casi a la perfección las características clínicas de la pedofilia idiopática o de causa desconocida. HH tiene baja conciencia moral y se escuda en llamar amor a su sentimiento por Lolita; no obstante, manifiesta angustia, miedo, vergüenza, obsesión sexual, reincidencia inveterada, incapacidad para cumplir regularmente cualquier intento de terapéutica, capaz de planear sus actos no sólo para embaucar a las prepúberes y de engañar a quienes las rodean (empezando por la madre de Lolita) sino de fantasear torvamente sobre las mejores formas de atrapar a más y más nínfulas (imagina a Lolita como una cantera productora de hijas y nietas de las que él podría disponer a placer en el futuro).
Para algunos lectores la novela atenta contra la moral, pese a que él mismo señaló “Lolita no tiene pretensiones moralizantes”; aunque, en el juego de máscaras jungianas, su falso prologuista afirma que sí las tiene por encima de “su trascendencia científica y su dignidad literaria”, inclusive. Otros la consideran una denuncia sobre el abuso sexual infantil, pero sin un claro compromiso del autor. No soy –respondió al respecto–, un defensor de la “Literatura de Ideas” y, a juzgar por la burla de Lolita sobre la nota periodística, “¿Se reducirían los delitos sexuales si los niños hicieran caso de algunas advertencias?”, tampoco simpatizaba con la pueril repetición de clichés sociales influidos por la moral religiosa.
Pese a ello, era consciente de que Lolita causaría escozor, como lo causó “Un tipo bien plantado” (1937) en Europa, cuento rechazado por dos editoriales al considerarlo “indecente y brutal” y, además, simpatizante del psicoanálisis (es un hecho psicoanalítico –dice su personaje–: todo hombre es Edipo); en cambio, HH declara estar enemistado con “el viejo vuduismo freudiano”. En esta tesitura, esperaba las reacciones de los consejeros editoriales que rechazaron Lolita, los cuales –se quejó– no pasaron de la página 174. La lectura completa les habría hecho entender su intención de exaltar el amor como redención. ¿Qué diría hoy cuando la mayor parte de los lectores consideran que bajo ninguna circunstancia HH puede escudarse en el amor? Fiel a su concepción del papel de la novela (describir los objetos y los hechos ordinarios que en tiempos venideros se convertirán “en algo exquisito y festivo por derecho propio”. Guía de Berlín. 1925), tal vez diría que críticos y lectores no valoran debidamente “los nervios de la novela” y el placer estético que procuran, por ejemplo, Lolita jugando al tenis. Al respecto, prefiero la carta a la deriva de Xavier Velasco sobre Serena Williams. Finalmente, la relación de la pedofilia con el poder no pinta en Lolita; sin embargo, es una realidad lacerante ante la cual palidece cualquier ficción literaria. Pedófilos genuinos como Marcial Maciel, el líder de La Luz del Mundo y Jeffrey Epstein, planean sus actos y buscan intencionalmente los lugares en los que pueden actuar a sus anchas bajo el cobijo del poder económico político o religioso o, faltaba más, el de todos juntos l