Monstruos y demonios en el arte
- Mario Bravo - Saturday, 10 Jan 2026 20:44
El arte, sus caminos…
‒Fui la más pequeña de seis hijos. En mi casa siempre vi arte. A mi mamá le gustaban las manualidades; mi papá era diseñador gráfico, además pintaba en un estudio increíble, lleno de antigüedades, máquinas de escribir y tocadiscos. Allí él tenía su caballete. Un día, en el kínder, la maestra le dijo a mi mamá: “Su hija dibuja muy bonito.” Lo mismo sucedió en la primaria. En secundaria entré al taller de artes plásticas; allí mi papá vio mi interés en la pintura, así que me regalaba acuarelas. En esa época comencé a pintar con óleo. Ya después, en preparatoria cursé el taller de escultura e ingresé a la Escuela de Iniciación Artística de Bellas Artes. Cuando iba a decidirme por una licenciatura, mi papá me dijo: “Si quieres vivir de esto, inscríbete a la carrera de Comunicación Gráfica que imparte la UNAM, en la ENAP.” Le creí, pero llegué a la universidad y al mirar la tira de materias pensé: ¿qué haré con todo esto? No fui a clases ni un día. No quería hacer publicidad ni diseño, ¡sólo deseaba ser pintora y artista visual!
La locura
‒Al saberse artista en esa época, ¿qué le impulsó hacia la búsqueda de lo que usted ha denominado “la belleza alojada en lo decadente”?
‒En mi infancia, a mi papá le gustaba mucho poner cráneos en la ofrenda de Día de Muertos; desde allí me gustó esa temática. En la escuela leí el libro Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena. Me impresionó: en un capítulo, el autor describe a una mujer sin columna vertebral, a la cual colgaban en una percha. También se habla de otra mujer sin ojos, sin manos y sin piernas… solamente contaba con una enorme boca. Esas imágenes me estimularon. Y así empecé a pintar temas relacionados con la locura. En esa etapa de mi vida quedé embarazada, a finales de la década de los ochenta, a mis veinte años de edad, lo cual me llevó a hacer una pausa de cinco años. Después me sobrevino una depresión y repensé qué sucedería con mi vida, así que abandoné todo el arte porque, de entrada, los formatos que hacía eran enormes, como para resguardarlos en la casa de mis papás, ahí en donde yo vivía; entonces, mis cuadros sobre la locura se perdieron en una galería de arte, aunque los pude rescatar tiempo después. Más tarde volví a la ENAP, pedí permiso a los maestros y tardé cinco años en concluir la carrera porque mi hija nació con una discapacidad intelectual, así que debía llevarla a terapias y atenderla. Ella pudo caminar hasta sus tres años de edad. A partir de entonces, trabajé en las mañanas y estudié en la escuela durante las tardes. Aproveché para preguntarme qué deseaba pintar, pues quería despegarme del tema de la locura debido a lo que sucedía en mi vida: a mi hija, en algún momento, la remitieron al Hospital Psiquiátrico Infantil. Inclusive, me propuse pintar algo alegre.
Hermosas moscas
‒¿Cómo define al arte tras treinta y cinco años de carrera?
‒Es una manera de vivir y de mirar. Artísticamente, valoro todo: el viento que hace una mosca al pasar o la estructura de una araña. Logro ver el arte que hay en cada ser. Y eso me encanta.
‒¿Siempre tuvo las antenas bien alertas para hallar eso?
‒Sí. En casa mi papá permitió a mis hermanos que tuvieran un montón de animales: iguanas, hurones, ardillas, conejos, camaleones y ratas blancas… Yo tuve una tarántula.
‒Desde temprana edad le atrae el lado b de la vida. Usted hurga y encuentra un tipo de belleza en donde la mayoría de la gente no la reconoce.
‒En la infancia nos enseñan que las palomas son ratas que vuelan o que las propias ratas son feas. Siempre me ha llamado mucho la atención aquello considerado malo, feo o plaga. Por ejemplo, para pintarlas, las moscas son hermosas en su estructura.
Demonios y olvido
‒Me considero una persona depresiva, a pesar de que bromeo y río mucho. Sé que esto puede funcionar, inconscientemente, como un mecanismo de defensa. Lamento más el maltrato hacia los animales que el ejercido en contra de los seres humanos. Me lastima mucho tanta maldad y crueldad humana.
‒¿Qué le aporta el arte a esa personalidad
depresiva?
‒Hacer arte me sirve para expulsar demonios y gritar lo que siento, así como exhibir aquello que veo. En el arte me valgo de una habilidad que poseo: puedo transmitir una imagen que considero aberrante y te la mostraré en gran tamaño para que se quede en tu cabeza. Cierta vez, en un viaje a España, una persona me dijo: “Vi tus pinturas en el Metro.” Aquí en México, en otra ocasión, alguien me platicó que miró mis cuadros acerca de puercos y de vacas, los cuales se exhibieron en la estación del Metro Pino Suárez. Eso busco: que no se olviden mis obras y, simultáneamente, aportar una reflexión.
Salvajismo y método
‒¿En dónde está el goce de quien pinta
artísticamente?
‒¡En el proceso! Me agrada mucho la parte del dibujo, planear cuál color de base usaré, pues no me gusta pintar sobre el blanco porque lo percibo con mucha luz… lo que me orilla a meter más color y siento que eso ensucia la obra. En cambio, con un color de fondo, experimento más una integración. Si en la pintura expondré mucha sangre, entonces comienzo con tonos rojo óxido, por ejemplo. También me atraen mucho las veladuras [técnica que consiste en aplicar capas finas y transparentes de pintura sobre una superficie previamente seca]. Antes pintaba más salvaje que ahora: agarraba el tubo y lo vertía en la tela, dejaba que transcurrieran horas y, más tarde, secaba. Sobre eso ya podía hacer aguadas: miraba cómo se escurría la pintura y se metía entre los canales de la textura dejada por la brocha o el pincel. Ahora soy más metódica y utilizo texturas; pero no trabajo como antes…
‒¿Ha reculado?
‒No. Se trata de un crecimiento, pues el tiempo cambia tu manera de ser y de pensar. Ya no eres tan impulsiva y te haces más reflexiva. Eso se representa en tu pintura. Actualmente, en mi cocina, tengo una bodega con varios cuadros que pinté en el pasado. Al mirarlos siento que estoy ante obras inacabadas… pues mis propuestas eran más gestuales; en cambio, hoy en día soy más detallista y tomo mi tiempo hasta que la obra queda como lo deseo.
‒Continuando con su afán de no pintar sobre un lienzo blanco, para usted, ¿qué tonalidades posee el lienzo de la vida?
‒Verde y roja.
‒¿Y el lienzo, específicamente, de su vida?
‒¡Ocre!
Arte objeto
‒Además de pintar, usted interviene objetos domésticos de peltre. ¿De dónde nace su interés por esos utensilios que, aparentemente, han perdido fulgor o belleza?
‒Al estudiar en un taller de esmalte aprendí a hacer placas de hierro. Intervenirlas implica limpiarlas y meterlas al ácido, lavarlas, colocarles su primer esmalte para lograr su integración de la capa vítrea con el hierro y, después de eso, ya puedes aplicarle color. Estando en la licenciatura entendí que el peltre es tratado con la misma técnica: vidrio sobre metal. Entonces, eso me atrajo y empecé a intervenir piezas en lugar de hacerlo con placas de hierro. Así me decidí a buscar utensilios antiguos, pues sólo encontraba objetos de peltre de color azul y puntos blancos, las típicas jarras o cafeteras, tazas o demás vajilla que
venden en los mercados. Ahí me enfrenté al hecho de que las personas decían: “Esto solamente es una taza o un plato.” Comencé entonces a hacerle entender al comprador que dichas piezas me cuestan mucho trabajo al dominar la técnica, pues cada objeto de peltre intervenido requiere de siete u ocho horneadas. Pero, ¿la gente cómo puede entender que está ante arte objeto?, el cual también es arte utilitario: usas tu taza o una jarra y la vuelves a colocar en su nicho. Así que estas piezas las metí en cajas: la cuchara con la taza, la tetera con tacitas, etcétera. Estos objetos intervenidos están ligados a lo femenino, lo queramos o no. Esta reflexión la expongo en una pieza llamada Concupiscencia. Curiosamente, nadie se daba cuenta del significado allí exhibido: una jaula fálica, con cucharas colgando en su interior, mismas que son cucharas-cuerpos de mujeres, más un pájaro muerto, atado, en la parte trasera de la jaula, y una boca abierta en la base. Presento, así la metáfora de un sistema que nos devora al ser mujeres vistas como objeto de consumo y disfrute, seres humanos desechables. Mucha gente que me conoce interviniendo esmalte, no me ubica como pintora, y viceversa; sin embargo, desde mis redes sociales me encargo de difundir estas dos trincheras.
Coexistencia
‒¿Cómo es su relación con los demonios que le habitan?
‒Hay que saber lidiar con ellos, pues sé que están aquí. Existen situaciones que me mortifican mucho y las vivo como si esos demonios estuvieran parados junto a mí. No me quisiera deshacer de ellos, sino aprender a lidiar con su presencia.
‒A veces, ¿esos demonios le ganan la batalla?
‒Sí. A veces, siento que vivo permanentemente triste. Y entonces me engaño: siempre estoy bromeando o riendo, pero si me encuentro sola estoy deprimida y con un sentimiento de insuficiencia, aunque sé que debo reponerme para cuidar y estar pendiente de mi hija.
‒Cuando llegue su último latido de vida, ¿qué sucederá con su arte y con esos demonios que la habitan?
‒Creo que los demonios se quedarán aquí. Permanecerán. Solamente soy su espectadora: me iré y los demonios seguirán. En cuanto al arte, no sé qué pasará con mis piezas. Con suerte, la obra puede trascender. Y los demonios sé que siempre estarán en libertad l