Los arrieros del agua: el Chiapas de Carlos Navarrete

- Marco Antonio Campos - Saturday, 10 Jan 2026 20:36 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Este texto celebra y recomienda la novela Los arrieros del agua, de Carlos Navarrete (Guatemala,1931), escritor que lleva casi toda su vida en nuestro país, concretamente en Chiapas, con un estilo que revela la influencia asimilada de Juan Rulfo, y afirma: “En su novela Carlos Navarrete nos hace sentir profundamente Chiapas, y sin pietismos ni patetismos, conocer los usos y costumbres y la miseria dolorosa de los pueblos indígenas que la pueblan.”

 

 

Nacido en Quetzaltenango, Guatemala en 1931, el arqueólogo y escritor Carlos Navarrete la mayor parte de su vida la ha pasado en México, en especial en Chiapas. Como arqueólogo es una autoridad de lo más altamente reconocida. En sus fuertes noventa y cinco años sigue trabajando como el joven que alguna vez fue y con el talento que siempre tuvo.

Libro a la vez de antropología, de biografía (inventada) de un chiapacorceño, Los arrieros del agua, su libro más popular, se lee ‒se trata‒ principalmente de una novela. Es un libro clásico para Chiapas y Guatemala y debería serlo para México. Reinaldo, el relator de la novela, de quien sabemos el nombre hasta el capítulo XI, anda y trabaja por el estado, y parece haber escrito el libro caminando o detrás del volante de un autobús. El diablo está por hacerse presente, se hace presente cuando encuentra el momento.

En general en la novela apenas si se mencionan algunas etnias, sin ahondar en ninguna. Encuadrado ante todo en la vasta región de Chiapa de Corzo, sabemos que estamos siempre en territorio chiapaneco, salvo algún momento en Guatemala.

Hay en las páginas un recuento numeroso de los trabajos y los días, de traslados y del deseo mordiente por las mujeres del chiapacorceño. Marcado desde siempre por su mala estrella, por la nega-
ción de la luz, quizá lo peor para él fueron la dura infancia y adolescencia y su estancia en la cárcel.

Quizá como personajes secundarios podrían mencionarse ante todo tres: el padrino Galdino Santiago, la madre y la esposa Catalina, pero a través del libro aparecen numerosos protagonistas incidentales. De esos personajes cuenta casi siempre una breve historia, o una historia dentro de la historia, o una microhistoria. Narrada la novela en una prosa musical, se recobran palabras y expresiones de la región que tienen mucha gracia y picardía. Por demás el libro es una delicia musical y verbal. Navarrete leyó ‒estudió‒ muy bien la narrativa de Juan Rulfo, pero con habilidad la asimiló y le dio vuelta. Los protagonistas de Rulfo son ante todo campesinos vivos y/o muertos del sur de Jalisco; el de Navarrete de Chiapas, muy centralmente, Chiapa de Corzo. Pero el relator sería el antihéroe, el antiPedro Páramo. Hay en la novela ecos lejanos, aun sólo como coincidencia, de la picaresca española.

El chiapacorceño hace el recuento de su vida a los sesenta y ocho años. Como fechas hipotéticas nos aventuraríamos a decir que podría ser más o menos entre los años diez y principio de los setenta. “Nadie me quitará lo bailado”, se dirá a sí mismo, pese a las innumerables penurias sufridas a lo largo de su vida. Contará las andanzas por pueblos, poblachos, caseríos, fincas, tierra caliente, la costa, San Cristóbal y Tuxtla, y claro, Chiapa de Corzo. A la verdad el relator parece cubrir, o cubre emblemáticamente, todas las páginas.

Los personajes más visibles, después de él ‒escribí antes‒, son el padrino, que le da durante veintitrés años una vida que lo deja a menudo como perro apaleado; la madre, un remanso de dulzura dentro de la violencia de la novela, y su esposa Catalina, que años después de conocerse, cuando se casan, luego de un tiempo feliz, empiezan a hacerse la vida imposible, en la que Catalina gana de calle. De las mujeres resume: “Tuve algunas queridas ‒señala‒, de las cuales dos fueron robadas.” No anota, desde luego, aquellas de las zonas rojas.

El relator hace contar a su padrino Galdino Santiago las atrocidades carrancistas en Chiapas y la persecución a la Iglesia de gobernadores del sureste, en especial del tabasqueño Garrido Canabal (1890‒1943) y del chiapaneco Victórico R. Grajales (1885‒1941), a mediados de los años treinta. Fanáticos anticatólicos, los gobernadores buscaban borrar todo vestigio de lo católico, es decir, llevar a extremos la política contra la Iglesia y los curas que empezó con Plutarco Elías Calles, sin importarles el porqué y el cómo. Iglesia tomada, iglesia saqueada.

En el libro, asimismo, Navarrete recrea los festejos para los patronos del lugar, como el de San Pascual Bailón, San Pascualito, que terminaban en el desgarriate; la teatral fiesta de los parachicos (él lo fue); carnavales, pretexto ideal para la parranda sin otra dirección y objetivo que terminar absolutamente borrachos; una chusca caricatura de circo que cualquiera podía confirmar que era de vergüenza ajena; la llegada del cine, que traerá felicidad continua a los habitantes. “Lo ‘mágico’ se llena de una profunda crueldad, algo que impide que el relato se convierta en un cuadro pintoresco”, observa Javier Payeras en el prólogo de la edición guatemalteca.

Como en su maestro Rulfo encontramos numerosas palabras y expresiones de la región que nos encantan: andasolo, oscuranda, nagualargas: vendicompra, la nublina, la pochota cuacha (los ceibos gemelos), turimbuchi (borracho), “quiso el casual”, “mirarle su inteligencia”, o apodar a un tipo antipático el “cai’mal”.

Me parecen especialmente recordables de la novela las historias del enfrascador de almas, que termina en tragedia cuando un sobrino toma una venganza personal abriendo las botellas que contenían las almas y lo deja en una situación menos que precaria; o la del pleitazo que se da por nueve horas entre el diablo y el enano de a metro Jeremías, en que vence el enano, quien se queda con la fortuna, pero el diablo lo sentencia a la desilusión con las mujeres; o la de Albertano, “siete oficios”, que luego, como payaso de circo, se pone Cochicapón, y acaba en Tapachula “haciéndola de mago”, quien parece no tener un momento de bienestar o ternura. Lo terrible y trágico Navarrete lo combina notablemente con el humor.

En su novela Carlos Navarrete nos hace sentir profundamente Chiapas, y sin pietismos ni patetismos, conocer los usos y costumbres y la miseria dolorosa de los pueblos indígenas que la pueblan. Los arrieros del agua debería ser un libro de estudio escolar que todo chiapaneco debería tener en sus casas l

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