Bemol sostenido / Músicos de a pie…

- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 10 Jan 2026 21:04 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

Músicos de a pie, un viaje fotográfico por la música popular mexicana, es un gran libro en el doble sentido de la palabra. Tiene el formato de 31x31 cm, lo que permite auscultar imágenes a detalle, así como leer a gusto un contenido literario que provoca reflexiones trascendentes en tiempos de alta tecnología (y mayor insensibilidad). En el centro de su estructura está el trabajo arduo del fotógrafo Mariano Aparicio. El andamiaje editorial es de la Fundación Cultural Konsulta y la editorial de la Universidad de Guadalajara. Tras su espíritu, por supuesto, sopla el entusiasmo de la compositora, locutora y productora Sara Valenzuela, inigualable cuando se trata de reunir manada. Fue por ella que terminamos involucrados, no sólo prestando pluma a uno de los retratos, sino presentando el objeto entero durante la pasada FIL de Guadalajara.

Dicho ello y con autorización de los involucrados, nos permitimos compartirle esta, una de sus muchas y valiosas piezas fotográficas (tan silentes como sonorosas). Se trata de Coco, la mujer que elegimos o, mejor dicho, que nos tocó asomándose desde el otro lado de la cámara y del tiempo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

Coco

Preguntamos por su nombre. Por su apellido. Por la tierra que pisó mientras se entregaba a la fotografía. Nos respondieron. Pronunciamos esas palabras antes de comenzar a escribir. Pedimos permiso derribando templos de arena, singlando una distancia imposible. A cambio recibimos el grave trazo de un bolero. Lo entendemos: la imagen se ha ido despojando de ataduras. Su elevación ocurre, inevitable, tras dejar el lastre con que gravitan los afectos.

La mujer que aquí se muestra ha perdido piso. Flota. Se ha hecho etérea. Aunque en la historia de una vida su nombre resulte fundamental y justo, hoy trasciende el solo instante en que decidió posar para la cámara. Peinándose frente al espejo de su alcoba, juzgando el corte de la blusa, comenzó el click, la reacción del obturador que fundió al cuerpo con el instrumento, motivo de orgullo y gratitud.

Sí. Imaginamos que el día estaba medio nublado. Que unos hijos le recomendaron no ir. Que la voz de un marido cómplice, desaparecido, la impulsaba desde el abismo. Que una nieta se ofreció para caminar con ella, pues entendía las virutas del adiós. Nos imaginamos, también, que el tololoche pesaba más de lo recordado. Que yendo al emplazamiento de Aparicio volvió a las noches de cantina y fiesta, cuando acompañaba a su padre, guitarrista y fuente de un cancionero interminable. O a los domingos con la orquesta, alineada en la sección de fondo, presta al corte de su arco. Suponemos que luego de obtener el gafete que aquí se oculta, de hacer fila y saludar a colegas variopintos, tocó su turno y con él algunas notas que asombraron al silencio. Finalmente dejaba una huella que no se perdería en el aire. ¿Para ser recordada? No lo creemos. Quienes tañen profundo saben navegar en el olvido. Su intención era sonar en la mirada de quien breve y respetuosamente enaltece el oficio de los dioses.

Eso imaginamos hoy, con su eco en las pupilas, deseando que le haya ido bien tras caminar los años de regreso a casa. Su impronta en el papel, mientras tanto, quedará resguardada en las manos de quien cierre el círculo, una y otra vez, reverberando con este libro.

Y sí. Preguntamos por su nombre. Por su apellido. Nos dieron respuesta, ayuda y socorro. La invocamos al terminar
de escribir.
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