Tomar la palabra / Sabiduría de la inocencia
- Agustín Ramos - Saturday, 03 Jan 2026 23:26
Esa fecha se conoce como Día de los Inocentes en el santoral católico. Siguiendo esta tradición, inocente será quien pueda arrojar la primera piedra porque está libre de culpa; esta es la primera acepción de la palabra inocente establecida por María Moliner; sus otras acepciones se aplican, en el siguiente orden, a quien la riega sin mala intención, a la ingenuidad, a la candidez infantil y a cosas o hechos inofensivos, no dañinos, inocuos.
Corominas, otro titán de la lexicografía española, cuenta que en el siglo XIV se usaba el verbo “nucir” en el sentido de dañar, que venía del latín nocere. Y para mejor entendimiento, reproduce un dicho aragonés: “Tanto va el amigo que no vale, como el enemigo que no nueze.” Del acto de nucir se derivó el sustantivo “nuciente”, que designa a quien daña. Y con el prefijo “in” se nombra lo contrario, “inuciente”, quien no es dañino ni perjudicial, el inocente.
Miguel Delibes, en su novela Los santos inocentes, aprovecha la frase para titular una historia cuyos protagonistas son gente que, por padecer alguna discapacidad intelectual, sufre abusos y crueldad de nuestra injusta sociedad contemporánea. A su vez, Robert Graves toma el pasaje del santoral cristiano para su novela Rey Jesús, que explora el motivo de Herodes Antipas para eliminar a un niño que, a la luz de sus investigaciones, era el legítimo aspirante al trono judío (de ahí el título Rey Jesús), aunque para ello tuviera que degollar a cuanto inocente fuera necesario.
Como se ve, los motivos de ese lobo, hoy, son los mismos que los de Netanyahu, Zelensky, Putin y Trump, y que los de Bush, Tatcher y Galtieri, ayer, generar guerras que les aseguren el poder. Y volviendo al día de los inocentes, está el pequeño pero no mayor detalle de que el Herodes del evangelio de Mateo había muerto antes del nacimiento de Cristo. Porque, a despecho de la erudición de Graves, a la fe cristiana le importa poco la historia de carne y hueso.
José Martí escribió que en la política no cabe la inocencia. Su diáfano mensaje no pretendía descalificar a la niñez sino aclarar que, quien le entra a este juego, no se puede permitir el lujo de la candidez, de la ingenuidad, de la inocencia. Su mensaje, empero, podría leerse también como la sentencia de que en la arena política nadie es inocente.
De ninguna manera son inocentes los victimarios tipo Pinochet, cuya cauda golpista se extiende, arraiga y evoluciona tanto en nuestra América como en México, donde esa estirpe abarca al Victoriano Huerta de ayer y a los usurpadores Carlos Salinas y Felipe Calderón de hoy. Pero tampoco lo son quienes cometieron errores más o menos graves, como los revolucionarios Madero y Fidel, Allende y los sandinistas, Correa y Evo. Porque asumir la parte propia de responsabilidad en los tropiezos y las derrotas, aunque resulte incómodo, es la oportunidad para una autocrítica cada vez menos complaciente y más urgente, vital, de sobrevivencia.
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Nietzsche cantó la inocencia del devenir, que trasciende toda dimensión moral y, por supuesto, religiosa, para aceptar la vida tal como viene, sin culpas ni resentimiento, con acción creativa, con alegría, con voluntad de poder (voluntad política donde las haya, según entendí en La sabiduría de Nietzsche, hacia un nuevo arte de vivir, del tío Herbert Frey y, claro, en la obra del abuelo Friedrich).
Escribí esto para honrar a Carlos García García, cuya querida memoria es inseparable de Arturo Hamed Martínez, Arturo Perales Salvador, Jesús Vega Vera, César Angulo y Ernesto Cadena, mis cuates de “esa segunda inocencia”