En busca de la musicalidad: traducir poesía árabe

- Mario Bravo - Saturday, 03 Jan 2026 22:26 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Doctora en Filología Árabe por la Universidad Autónoma de Madrid, institución en donde es catedrática de Estudios Árabes e Islámicos, la española Luz Gómez (Madrid, 1967) además es una reconocida editora y traductora de poesía. Durante su último viaje a México, tras participar en el Coloquio Internacional Justicia del Otro: traducir, descolonizar, organizado por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, la especialista en islam e islamismo charló con La Jornada Semanal acerca de las vicisitudes de su oficio.

 

El mayor asombro es cuando, pasado un tiempo, lees una traducción que hiciste y dices: ‘No está tan mal’. Para mí es un gran placer el hecho de leer poesía árabe de Mahmud Darwish o del iraquí Sargón Bulus, otro gran poeta que he traducido. A veces, lees y lees… intentando que la sonoridad de esa lengua se meta en ti y así ya puedas traducir tales significados, que no son sólo palabras, sino también música en la poesía”, afirma Luz Gómez.

 

Escritura milenaria

‒¿Cuáles son los obstáculos en el acto de la traducción?

‒Hablo desde la experiencia de traducir la lengua árabe. Algunos obstáculos son los matices tan específicos que puede tener un término o una expresión y, al mismo tiempo, los referentes culturales que encierra. Ante una palabra, podemos encontrarnos en dos situaciones totalmente distintas: que sea tan específica como para no hallar un término correspondiente en español o, por el contrario, situarnos frente a una palabra tan llena de resonancias que cualquier término elegido sea una reducción de su significado. La lengua árabe tiene una tradición escrita de mil 400 años, eso hace que la aproximación de los autores árabes actuales sea desde cierta reverencia; esto no significa que la lengua sea cerrada, sino que posee una carga cultural fortísima, lo cual la distingue de la lengua oral y coloquial. Cuando un autor se sienta a escribir poesía en árabe, la musicalidad es un elemento determinante. Este es un problema para quien traduce.

 

Sentidos compartidos

Continuando su exposición acerca de los obstáculos de la traducción desde el árabe al español, la doctora Luz Gómez enfatiza el papel de los referentes culturales y relata lo sucedido con Limadha tarakat alhisan wahida? [¿Por qué has dejado solo al caballo?], libro que tradujo, escrito por Mahmud Darwish, referencial poeta palestino: “En 1995, él publicó dicha colección de poemas, una suerte de biografía poética y vital. Poética porque tiene treinta y tres textos de diferentes sentidos, signos, musicalidad y composición que abarcan todas sus posibles maneras de relacionarse con la poesía hasta ese momento. Y también recoge una suerte de biografía personal, pues en un poema existe un niño, supuestamente la propia voz de Mahmud Darwish, que pregunta a su padre por qué ha dejado solo al caballo cuando ellos, durante una noche de julio de 1948, huyeron de su hogar porque llegaron las tropas del nuevo Estado de Israel y destruyeron su aldea. El padre le contesta: ‘He dejado al caballo porque cuidará la casa mientras los moradores no estén’. Esta es una idea árabe del caballo como elemento de arraigo de la colectividad al espacio. Eso no había manera de traducirlo al español porque nuestra referencia cultural sobre esa frase es una película del oeste o algo parecido. La traducción no es sólo entre lenguas, sino también entre sentidos que se comparten”.

 

Placer estético

‒¿Cuáles son los goces en la traducción?

‒He traducido, fundamentalmente, poesía árabe, y eso supone un ejercicio de relación con mi propia lengua: la poesía te obliga a buscar los sentidos musicales que exceden lo estrictamente lingüístico. Existe un placer estético al encontrar la palabra adecuada y la expresión precisa, también al indagar (en mi propio fondo lingüístico) la necesidad de producir (lo más cerca posible) el mismo efecto que el autor; pero desde la tradición de la lengua española. Eso es un placer vital, estético e intelectual… ¡Es como respirar y descubrir que tienes cuerpo! En este caso: traducir y descubrir que tienes mente, la cual te da la posibilidad de trasladar a tu lengua aquello que viene de una lengua distinta. También hay gozo en el paso de
lo intelectual a lo concreto porque, si traduzco y los demás no pueden leerlo, para mí eso es un
acto fallido. Quienes traducimos, en general, siempre estamos muy preocupados de que se lea y trascienda aquello que escribimos. Para mí, la traducción es un ejercicio mental y físico, así como una propuesta social y estética.

 

¿Genio o vándalo?

‒Evocando la expresión italiana traduttore, traditore (traductor, traidor), ¿cómo se vincula con el extravío o ese resto no sujetado en el lenguaje que se manifiesta en toda traducción?

‒Hace unos años caminaba en Madrid. Vi un anuncio publicitario, en una parada de autobús, sobre una exposición del artista Banksy. Y decía: “¿genio o vándalo?” Pensé entonces que eso somos los traductores: genios o vándalos, pues nos movemos entre los dos extremos. Obviamente, no me considero un genio, pero siempre intentamos ser tan buenos como el poeta que traducimos, mientras vandalizamos su obra, misma que inevitablemente necesitamos traicionar y hacer concesiones para poder colocarla lo mejor posible. Al principio, cuando se empieza a traducir, hay un miedo atroz a la traición, lo cual puede paralizarte o generar traducciones cartoneras. En mi caso, tanto con Mahmud Darwish como con el grandísimo poeta libanés Abbas Beydoun, a quien también he traducido y conozco, cuando he tenido problemas de traducción les he dicho: “Entiendo esta palabra o esta frase; pero no sé lo que quieres decir.” Por ejemplo, en el texto En presencia de la ausencia, de Mahmud Darwish, un libro en prosa, él siempre me dio la consigna: “Que suene bien en español.” Si no suena bien no estás traduciendo poesía, sino las instrucciones del secador de pelo que deben ser exactas y perfectas para que no te electrocutes. Ya con muchos años traduciendo, soy consciente de que no debo excederme porque esa no es mi obra. Debo tener conciencia sobre en dónde estoy, desde qué punto escribo y entender que soy un puente entre el autor y quien lo leerá. No debo ser una interferencia.

 

Una amapola, un aljibe…

‒Alguna vez escuché una anécdota suya en donde explicaba esto: en un poema escrito en árabe, Mahmud Darwish mencionó una flor y usted no hallaba la palabra precisa en español para nombrarla. Tiempo después, mientras ambos viajaban en un coche, Darwish miró por la ventanilla y, repentinamente, el poeta señaló hacia afuera del automóvil e indicó que esa era la flor a la cual se refería: se trataba simplemente de una amapola. ¿Cuánto interviene el cuerpo en el acto de la traducción?

‒A veces no se trata del cuerpo material, sino del cuerpo como lengua y expresión. La conciencia que todos tenemos es material, desde lo vivido, aprendido y con base en nuestras experiencias. En este caso se dio una coincidencia: él había utilizado una palabra palestina. Esto sucedió en la década de los noventa, así que no existía internet y yo no tenía muchas posibilidades de plantear esta cuestión a alguien en específico. Sabía que se trataba de una flor; pero no conseguía encontrarla. Hoy escribes esa palabra en el buscador de Google y te aparecen, inmediatamente, imágenes de la flor palestina a la cual se refería: la amapola. A veces, la lengua es cuerpo y materia, y sólo porque lo hemos vivido es que podemos llegar al significado preciso. Pongo otro ejemplo. Cierta vez traduje un libro de poetas palestinos de la generación del ’48. Y allí había un texto de un poeta llamado Taha Muhammad Ali, autodidacta, que publicó su poesía bastante tarde. En un poema, él utilizó un término al cual claramente le vi el significado de aljibe, fuente, caño, abrevadero. Lo busqué en diccionarios y en internet, pero no conseguía encontrarlo.
Leí el poema, y por mi propia biografía al provenir de una familia campesina, veía nítidamente que debía ser eso. Mi herramienta era mi experiencia corporal y también mi relación con la lengua árabe, aunque no encontraba a nadie que me diera la razón. La palabra era muhājir y las personas palestinas a quienes les pregunté decían que eso significaba el sitio al que se emigra. Yo estaba segura de que eso no tenía el menor sentido, así que decidí preguntarle a un grandísimo poeta, Ibrahim Nasrallah. Él me respondió: “Eso es un aljibe”. Él es alguien con una experiencia personal que lo vincula al campo, mientras los palestinos que conozco viven en Madrid y no han visto nunca un aljibe. Muhājir es una palabra palestina muy popular, pero si no eres de campo… no llegas a ella. Yo lo hice a través de mi experiencia personal y mi relación con
la lengua.

 

“Inventar una esperanza”

“Cuando leemos poesía palestina no debemos perder de vista la diversidad; a veces, esencializamos lo palestino. La pluralidad palestina es la fuerza que, desde mi punto de vista, hace totalmente imposible el exterminio”, reflexiona la traductora y académica al destacar las plumas de quince mujeres de aquel país que figuran en Maneras de ser Palestina Antología de nuevas poetas, publicada en 2025, editada y traducida por nuestra entrevistada.

‒Usted apuesta a la tenacidad de la palabra y del lenguaje, así como Mahmud Darwish cuando escribió en un poema: “Se llamaba Palestina y se sigue llamando Palestina.”

‒La diversidad de lo palestino es fundamental para que se siga llamando Palestina. El sionismo es el proyecto de aniquilación de Palestina y de los palestinos, pero con toda esta pluralidad lo tiene más difícil.

‒“Inventar una esperanza para el verbo”, expresó Darwish en algún texto…

‒Hay un poema en donde dijo que la palabra era su varita mágica porque con ella podía cambiar lo que la realidad impedía modificar. Y lo conseguía con base en la palabra precisa, en el momento justo y bello .l

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