El crítico como poeta: las ocho décadas de Evodio Escalante

- José Ángel Leyva - Saturday, 03 Jan 2026 22:20 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Evodio Escalante (Durango, 1946) es sin duda uno de los críticos más y mejor reconocidos en nuestro país, cuyos ensayos ya son una inevitable referencia en los estudios literarios, como es el caso de José Revueltas, una literatura del lado moridor o José Gorostiza, entre la redención y la catástrofe, por sólo mencionar dos en una larga lista de al menos diecisiete títulos, más siete de poesía. Este artículo es un repaso de su obra y un merecido homenaje en sus ochenta décadas de vida.

 

Todo escritor tocado por la poesía anhela ser reconocido, por sobre cualquier otra definición, como poeta. Muchos inician su camino escribiendo versos, pero en breve desesperan y buscan otras opciones más cómodas, remunerativas y placenteras. La poesía no es complaciente ni promete glorias, demanda siempre, invariablemente, una acción de riesgo y honestidad absolutas. Pessoa afirma que el poeta es un fingidor que finge fingir lo que en verdad siente. Porque ese fingidor será capaz de colocarse ante su propio tribunal de los sentidos y desechar o conservar lo que dialoga con su otredad y su albedrío. Unidad dialógica y dialéctica de humanidad, estadio del lenguaje donde habita la renovación y el misterio. Antonio Gamoneda tituló uno de sus libros como Sublevación inmóvil, en él reúne la crítica social, el culturalismo, la belleza y el formalismo. En sus primeros poemarios, Evodio exhibe tales exigencias. La poesía lo alejó de una praxis política que aspiraba a cambiar el mundo, pero cuya sustancia rebelde e inconforme se vuelve contra sí mismo.

Muy pronto descubre, tras su encuentro con la maestra Eugenia Revueltas, en Punto de Partida, su vocación ensayística y su pasión crítica. Poesía y ensayo han caminado de la mano de Evodio. El ensayo como instrumento revelador del juego y el jugo del lenguaje, del tañedor que apunta los desafinamientos, las fallas y defectos del discurso. No es posible imaginar a un auténtico poeta postrarse ante el espejo de la complacencia, como tampoco puede entenderse a un crítico dándole la espalda a su pensamiento, maquillando u ocultando las fisuras, las fallas del discurso para ser políticamente correcto, para hacerse de la vista gorda ante las exigencias de una conciencia interrogante, curiosa, desacralizadora.

A diferencia de quienes obsequian elogios para recibirlos, el crítico es un ave de tempestades, una figura a menudo temida y odiada a la vez, pero también admirada por quienes encuentran en esa voz una intención esclarecedora y perturbadora a la vez del lenguaje y el pensamiento. La acción crítica de Evodio no ha sido la defensa del mainstream, la custodia del precepto, el inquisidor en busca de herejes, el académico obcecado, el conservador iracundo que denosta cualquier intento innovador. Por el contrario, Evodio es un crítico heterodoxo, con un acervo de herramientas teóricas que lo colocan al frente del análisis. En una reciente entrevista publicada en Laberinto, del diario Milenio, Evodio confesaba que deseaba ser recordado como crítico, y no sólo lo deseaba, sabe que su presencia en el medio literario está marcada por su obra crítica y ensayística.

La sana tradición de la polémica

José Revueltas, una literatura del lado moridor se convirtió en un libro referencial para entrar y entender el complejo mundo intelectual y revolucionario del autor de Los días terrenales. Hay, sí, una identidad política e ideológica con Revueltas, pero no hay incondicionalidad crítica, sobre todo cuando se trata de oponer la figura de José con la de Octavio Paz en términos irreconciliables. El pensamiento de Evodio se nutre de esas dos vertientes intelectuales, de esas dos inteligencias envueltas en la polémica, una desde una oposición sistemática al poder, la otra desde su cercanía con el Príncipe.

Conocí a Evodio en una de sus visitas a Durango. Lo precedía su prestigio intelectual y ser hijo de un personaje del mismo nombre con quien tuve la fortuna de mantener una relación de amistad y recuerdos de la infancia. Era dueño de una de las sastrerías de mayor prestigio en la ciudad, pero con la peculiaridad de que en sus vitrinas solían leerse consignas antiyanquis y algunos eslogans de corte jocoso, como “vístase con Escalante y desvístase con la mujer de sus sueños”. Anticlerical, gran coleccionista de música y conocedor de jazz, don Evodio era asiduo del café La Mansión donde yo solía refugiarme para conversar con mis amigos izquierdistas. Pero él no era como los comunistas, oscuros y dolientes, sino la elegancia y el humor chispeante. Ingenioso y pícaro, de una falsa solemnidad que se desvanecía ante el gracejo desacralizador y el sarcasmo o ante la interpretación cantada de “La Suave Patria”, con su famoso tololoche rupestre, un contrabajo hecho con bambúes y bules (guajes) que su hijo Óscar le había diseñado. Cuenta la leyenda que una día pasó por su casa Rockdrigo González, quien al escucharlo aporrerar el tololoche e interpretar sus propios poemas y algunos boleros, preguntó qué música era aquella. El sastre respondió que era música rupestre. Desde entonces Rockdrigo llamó a la suya, rock rupestre.

Hago esta referencia para situar la genealogía de Evodio, quien arriba ya a los ochenta años de edad. Su padre fue también no sólo admirador de José Revueltas, sino conocido de José Revueltas, como lo fueron los hermanos Salas, músicos y artistas locales. Alguna vez Raquel le dedicó un artículo en la revista Proceso, rebosante de afecto y admiración que, de algún modo, extendía al hijo. Conversé por primera vez con Evodio en una fiesta en casa de Roberto Silva en Chupaderos, donde se localizaban los sets cinematográficos y donde estaban los artistas José Rodríguez, el Rolo, el pintor José Luis Calzada, tal vez Juan Antonio de la Riva. Fue memorable porque a uno de los músicos de un conjunto norteño le desaparecieron el contrabajo o tololoche. El autor de la broma fue Evodio, ese mismo que años después se enfrascaba en una polémica nada menos que con Antonio Alatorre. Pero ya lo antecedían otras que habían desembocado en crispaciones extraliterarias, como las que sostuvo con Roberto Vallarino. Evodio, el temible y desafiante lector de lo ajeno, mereció los elogios de mi maestro, el paraguayo Gilberto Giménez, quien reconocía en Escalante una crítica apegada al ejercicio teórico y a la sana tradición de la polémica, del debate intelectual que propicia corrientes de pensamiento y anima las ideas.

Entre la razón y las emociones

Evodio tiene, como crítico, un sitio notable
en las letras mexicanas. Pero es, además, poeta.
Un poeta crítico sería comprensible, pero un crítico poeta es mucho decir. La poesía de Escalante ha sobrevivido en medio de los incendios y terremotos del polemista. No es una obra lírica de
fácil catalogación, pero es una escritura fiel a sí misma, a su pulsión lingüística y a su respiración melódica.

La música ha sido otro elemento sustancial en la escritura de Evodio. Música y razón se desbordan en una respiración verbal, se despliegan en un horizonte emocional que abre las arterias de la memoria oculta y el juego de lo imposible y la belleza. Un demonial de días (1975) y Dominación de Nefertiti (1977) parecen responder al influjo del jazz y a las convicciones políticas de un joven del ’68. En Dominación se muestra sin reservas otro de sus paradigmas, el Primero sueño de Sor Juana, que es, por otro lado, a decir del propio Evodio, fuente inspiradora de Muerte sin fin. Sabiduría y sensibilidad, sensatez y delirio, figuran como entidades dialécticas en ese caprichoso y descolocante título que alude a la beldad egipcia, Nefertiti.

En los versos de Elegía de otro tiempo, dedicados al fallecido Salvador Corral, aparece la idea de que todo signo es contrario, y que dará título a su siguiente libro de poemas, 1988. Once años más tarde adquiere forma esa frase con una fuerte carga de sentencia más que de consigna. Persuadido tal vez de la naturaleza paradójica de la poesía, de su sentido no absurdo sino mutante, inestable, contradictorio y hasta cierto punto oximorónico, como lo deja entrever el barroquismo que deslumbra y abomina a la vez el lado racional de Evodio.

Tras ese largo período de silencio lírico, Evodio tuvo tiempo para debatir sobre el sentido de la poesía. Esa atormentada indefinición que no es otra cosa que la lucha entre la razón y las emociones, entre la lógica y el delirio, entre el poema y su análisis. “Todo signo es contrario”, contiene desde mi punto de vista el momento crucial del poeta Evodio contra el crítico Escalante. Su poema “La encarnación” parece manifestarlo así en sus primeros versos: “De una conciencia en llamas fue su grito./ Acaso no había sino sombras:/ sombra de fuego blanco era su sombra.”

Entre sus libros de poesía más recientes, Crápula (La Otra/ICED, 2013) se despoja del oropel y lo sublime para mostrarse en la desnudez expresiva, en el lenguaje soez y descarnado del cuerpo animal, del deseo crudo, de la procacidad, al tiempo que recoge las formas exquisitas del soneto y la orfebrería de un pensamiento interrogante, de un pensamiento libre, de un pensamiento amado. Esta última expresión la plasma en los versos de Salmos sueltos (Tintanueva, 2022). En esos poemas, deja sentir un gran conocimiento de la versificación tradicional y una profunda lectura de los místicos, pero Evodio no se ha manifestado nunca como un poeta cristiano, ni como un creyente, sino todo lo contrario, como un agnóstico irreductible. Pero allí está el poeta dialogando con lo sacro y lo divino con absoluto respeto y actitud interrogante, mas envuelto en un halo de espiritualidad y entrega. Sorprende entonces su capacidad de migrar de un discurso lírico a otro sin que haya entre ellos conexiones estéticas aparentes.

Adam Zagajewski, en su Defensa del fervor, contrapone la figura de Cioran, impulsado por la duda y el escepticismo, con la de Szelaw Milosz, cuya poesía representa “un grano de éxtasis que cambia el sabor del universo”. Pero, insiste, la poesía perdería sin la duda “la mirada severa, degenerar en un canto, exaltado y sentimental, pero estulto, o en una alabanza irreflexiva de cualquier forma del mundo […] La duda enriquece o dramatiza la poesía”. Evodio Escalante, sea cual sea el recuerdo que deje su obra, será, como dice Zagajewski, un autor que ha cultivado el fervor, ese mismo sentido y sentimiento que lo hace ver junto a Bonifaz Nuño como un hombre asombrado e intimidado por el otro, por la vida, incluso a los ochenta años de edad, cuando aún seguimos esperando su antología canónica de la poesía mexicana del pasado siglo.

Versión PDF