Tomar la palabra
- Agustín Ramos - Monday, 24 Nov 2025 06:39
Los ches con minúscula hacen chistes a nuestras costillas. En uno, tres mexicanos de sarape y sombrero dormitan al pie de los cactus. A mediodía ven pasar un automóvil. Cuando la polvareda y el ronquido del motor terminan de aplacarse y el auto se ha vuelto ojo de hormiga, habla el de la derecha: Ooigan, cuaates, ¿vieeron ese Chevrolé? Tras un silencio largo, el de la izquierda se acaricia el mostacho, lo piensa y por fin se anima: No eera Chevrolé, maano, eera Ford. Callan con más ganas, hasta que, al pardear la tarde, el de en medio se levanta rezongando: Mejor me vooy, no me guustan las discusioones.
En otro, a la hora del casorio en una iglesia, el rival del novio llega vestido de charro disparando a mansalva. Ni el cura la libra. Pero la novia está intacta. Sonando espuelas, el charro se le acerca y pregunta: ¿Por qué tan sola, chula? En otro más, Juan sale de la cantina abrazando a su compadre. Oye, Pepe ‒le comenta‒, ¿ves al Pancho? No, Juan, ¿cuál Pancho, tú? Aquél, puesn, el que está con los pelaos. No, pos no lo distingo, dame un norte. Juan saca su pistola, dispara y dice: Ese mero, el que me acabo de quebrar.
El verbo mexicanear es menos chistoso. Lo usan mucho en Argentina para mentar la estafa de un ladrón en perjuicio de sus cómplices. Van tres ejemplos. Karina Milei mexicaneó al gabinete de su hermano con moches del 3 por ciento. Trump y los bancos gringos mexicanearon a Javier Milei con el salvataje prometido. Y, acá, el PRI mexicaneó al PAN en el reparto del botín de Coahuila, como lo denunció un lúcido líder azul con el clásico “papelito habla”.
Detrás de lo gracioso está lo desgraciado. Con extorsión e injerencia impúdica de Trump, una Argentina mexicaneada electoralmente terminó de encumbrar al orate que la gobierna. Y si bien los resultados impidieron el aumento en la inflación, también desataron una hiperinflación de análisis, interpretaciones y explicaciones de la más variopinta oposición, sin que ni de chiste asomara la menor autocrítica. ¿Autocrítica de qué, che, si la argentinidad aldeana y tanguera ni de joda se equivoca? Al contrario, cada día
canta mejor.
La Argentina de los chistes, que la historietista Maitena retrata desde dentro con humor fino, supera el humorismo involuntario de la mexicanidad, esa caricatura refriteada -mexicaneada- a Samuel Ramos por el Paz colonialista, oportunista y jijuesú. Y aunque en el México lindo y querido, de dientes para afuera pecamos de una xenofilia que ni el extranjero más ingrato puede negar, no cantamos
mal las rancheras con chistes más de veras y menos de película ranchera.
Aquí, un chiste muy sobado cuenta que, cuando hay relámpagos, los argentinos salen a la calle para que Dios los pueda fotografiar. Otro, reciente, decía que si Jorge Bergoglio deveras fuera argentino no se habría puesto Papa Francisco sino Cristo II. Y otro más, define al ego como ese pequeño argentino que todos llevamos dentro. Pero, ¿por qué “pequeño”, che, si descendemos de barcos y no de homínidos?, y, por qué “dentro”, ¿si somos lo brillante?
Esa fama del argentinismo pretencioso, chocante, ególatra, no nomás la cantamos los mexicas. Al mediar los 70 del siglo XX, los chilenos del exilio hacían circular el comentario -atribuido a García Márquez- de que antes del Che Guevara los argentinos se creían los más europeos de América Latina, y que después del Che creyeron ser los más latinoamericanos de América Latina.
*Listen, Trump! Come and help us!, declararon en la marcha pseudoGenZ convocada por el narcoprianismo. Lo mismo implora la venezolana Premio Nobel de la Paz, Corina Machado, y no es mera coincidencia l