George Orwell, lector de revistas

- Miguel Ángel Hernández Acosta - Monday, 28 Apr 2025 18:24 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
De la obra George Orwel (1903-1950) se han revisado, y con sobrada razón, varios aspectos vinculados a su narrativa. Este ensayo se acerca a los estudios que con talante periodístico hizo el genial escritor de ‘1984’ y ‘Rebelión en la granja’ sobre las revistas y semanarios de su tiempo, su contenido e incluso su publicidad, de donde extrae conclusiones interesantes y certeras sobre la Inglaterra que le tocó vivir.

 

I

 

George Orwell (India 1903-Inglaterra 1950) es conocido, sobre todo, por sus novelas satíricas y distópicas Rebelión en la granja y 1984, respectivamente. Sin embargo, también se dedicó con ahínco al periodismo y en él desbrozó buena parte de sus ideas sobre literatura y política. Colaborador de medios como Tribune, Observer, Partisian Review o la BBC, escribió sobre la guerra, los marginados de las sociedades y cultura popular, entre muchos otros temas. Además, empedernido lector de semanarios juveniles, tenía la manía de leer con tal cuidado los diarios que anotaba (y guardaba) ejemplos de las incorrecciones idiomáticas en que incurrían los periodistas (según cuenta el editor T. R. Fyvel).

Este interés se vio desde el comienzo de su trayectoria periodística. Por ejemplo, en 1928, Orwell se preguntaba en el Semanario de G. K. (G.K.’s Weekly, fundado por G. K. Chesterton) cómo era posible la existencia de un periódico como el Ami de Peuple, cuyo bajo costo era de un cuarto de penique: “Es muy probable que […] subsista gracias a la publicidad, pero es igualmente posible que obtenga sólo unos beneficios indirectos, transmitiendo el tipo de propaganda que interese a monsieur Coty [el dueño] y sus socios.”

Esta fascinación persistió hasta 1947, cuando criticó un artículo del Daily Herald en el que se acusaba a cuatro indios de hablar a favor de Hitler. “En primer lugar, hay al menos dos errores fácticos, uno de ellos muy grave. Anjit Singh no hizo emisiones radiofónicas para la Alemania nazi, sino para la radio italiana, mientras que el hombre identificado como Brijal Mukerjee [en un pie de foto] es un indio que permaneció en Inglaterra durante toda la guerra y a quien yo mismo y muchas otras personas de Londres conocemos muy bien.”

Orwell atendió estas cuestiones tal vez al intuir la importancia de la masificación de los medios de comunicación, la posibilidad de manipular a las audiencias a través de ellos, así como la función de la prensa en tanto forma de alfabetización popular. A lo mejor por este interés propuso escribir un estudio sobre revistas semanales femeninas (que no se sabe si llegó a realizar), según narra Christopher Hitchens en Por qué es importante Orwell. Sin embargo, lo que sí hizo fue plantear, sin quererlo, una forma de estudiar las revistas a partir de los semanarios juveniles.

 

II

El 11 de marzo de 1940, en la revista británica Horizon, Orwell publicó el ensayo “Semanarios juveniles”, que destaca la masividad en barrios empobrecidos de quioscos en los cuales, además de diarios, se expenden semanarios “de una pésima calidad de impresión que se venden a
dos peniques, la mayor parte con chillonas ilustraciones de cubierta a tres tintas”. Con temas que recorrían todo tipo de pasatiempos (deportes, aves, moda, filatelia, ajedrez, jardinería, novelas para mujeres…), “es probable que todo lo que contienen estas tiendas de barrio sea el mejor indicio con que contamos acerca de lo que siente y piensa la gran mayoría de la población inglesa. Desde luego, no existe nada ni la mitad de revelador en forma de documento”, escribe. Y estas declaraciones nos enfrentan con un lector inusual quien ve en estas publicaciones periódicas una forma de medir la temperatura de la sociedad.

Orwell aclara que su escrito sólo trata de los “boy’s weeklies”, semanarios que incluían historias juveniles, por lo general ambientadas en colegios privados e ilustradas. Aunque existían al menos diez, él se enfoca en Gem y Magnet. Para ello realiza una lectura global de estas publicaciones, en búsqueda de lo que puedan rebelar de la sociedad en las que su existencia es posible. En ese sentido, la metodología que sigue es, para la época, exhaustiva e innovadora.

El texto, cuya versión en libro es de casi 30 páginas, hace un balance de Gem y Magnet basado en publicaciones similares. A partir de ello, atisba la ideología de estos semanarios: “En cuanto al ambiente moral […] tienen mucho en común con el ideario del movimiento de los Boy Scouts, que tiene sus orígenes en la misma época”. Además, liga su tendencia con la de libros que han tenido buena acogida entre un público que no es el de las revistas: “Mediante una corrupción de la técnica de Dickens, se han creado una serie de ‘personajes’ estereotipados, en algunos casos con un éxito notable. Billy Bunter, por ejemplo, debe ser una de las figuras más conocidas de la ficción en lengua inglesa; […] se halla a la par de Sexton Blake, Tarzán, Sherlock Holmes y un puñado de personajes dickensianos”.

Después, al analizar el tipo de historias en dichas revistas, Orwell refiere que los personajes ficcionales representan a muchachos con una posición económica estable, a diferencia de los lectores, quienes son “chicos de la clase obrera”, por lo que intuye que se quiere implantar en ellos un modelo aspiracional de vida.

Asimismo, Orwell revisa la publicidad en estos semanarios: hay anuncios dirigidos a un público juvenil, pero también algunos que convocan a reclutas de dieciséis a veintidós años. Además, las cartas de los lectores posibilitan saber que existe un público de mayor edad, quien afirma haber leído estas revistas durante los últimos treinta años años. En ese sentido, debido a la amplitud etaria de su público, Gem y Magnet cuidan su sesgo editorial y se preocupan por transmitir ciertos valores: “A lo largo de la Gran Guerra […] fueron quizá las publicaciones más insistente y animadamente patrióticas de Inglaterra. Casi todas las semanas, los chicos cazaban a un espía o alistaban en el ejército a un objetor de conciencia […] Sin embargo, su patriotismo no tiene nada que ver con la política del poder ni con la guerra ideológica”.

A diferencia de la prensa femenina, Gem y Magnet no buscaban que la ficción alejara a los lectores de sus problemas, ni deseaban engañarlos diciendo que éstos eran “infortunios individuales, que en general se deben a la perversidad de alguien y que, en todo caso, se pueden solucionar cuando llegue el último capítulo”. Más bien establecían un conjunto de creencias “que se considerarían totalmente desfasadas incluso en la sede central del Partido Conservador […]. Teniendo en cuenta quiénes son los dueños de estos periódicos [el Daily Telegraph y el Financial Times], resulta muy difícil que todo esto no responda a una intención bien definida”.

Orwell apunta que, a diferencia de la prensa izquierdista de corte panfletario, esos semanarios juveniles hallaron una forma de influir en sus lectores al brindar historias atractivas, aunque conservadoras: “Este es un hecho que sólo carece de importancia si uno cree que lo que se lee en la infancia no deja una impresión duradera”.

Con este análisis, Orwell logra una visión macro de esas publicaciones: se refiere a su circulación, a las relaciones que existen entre ambas, a los temas que tratan y hace un desglose de los personajes principales y secundarios; analiza el estilo y el lenguaje de los textos, además del trazo de las ilustraciones. También se detiene en algunas secciones de las revistas y en la publicidad. Completa su análisis al compararlas con libros que proponen lecturas similares y observa los intereses de los dueños de los medios de comunicación que las editan. Finalmente, revisa el panorama literario y político que rodea a estos dos semanarios y deduce la intención detrás de su publicación (si bien aquí sólo se desglosaron algunos de esos puntos). Todo ello representa un acercamiento a las revistas que incluso a finales del siglo XX no se acostumbraba.

 

III

 

Es en las publicaciones periódicas y no sólo en los libros en donde se puede estudiar a una sociedad a través de su literatura y sus manifestaciones artísticas. Sin embargo, su estudio estuvo relegado y sólo se les veía como contenedoras de autores y artistas que después adquirirían renombre. Su análisis se constreñía a explorar las redes intelectuales y la sociabilidad que se daba entre sus integrantes, y fue hasta finales del siglo XX cuando se les empezó a considerar una forma de recuperar la memoria colectiva y de explorar períodos históricos. En ese sentido, Beatriz Sarlo fue la responsable de ver a las revistas como el reflejo de una época.

Ya en el siglo XXI Annick Louis tomó a las revistas literarias como un objeto de estudio en sí. A partir de dos tipos de lectura (extensiva e intensiva), la argentina establece cuatro contextos para profundizar en estas publicaciones: el de publicación, el de edición, el de producción y el de lectura. Lo nuevo de este enfoque es que contempla a las revistas como un objeto autónomo. Esto permite que se pueda analizar con seriedad, por ejemplo, la Revista de la Universidad de México, pero también La Familia burrón. En ese sentido, el objeto cultural se convierte en reflejo de un tipo de publicación, de su público y de la sociedad en que está inmersa. Pero ¿qué pasaría si se uniera este modelo con el propuesto por Orwell? La profundización en el objeto de estudio sería aún mayor.

Orwell escribió las novelas Rebelión en la granja y 1984 que nos permitieron intuir el peligro que enfrentaba la sociedad debido a las ideologías imperantes en la década de 1940. ¿Sus certezas surgieron de la lectura atenta que hacía de la prensa? No lo sabemos, pero habría que pensar que su visión de las revistas puede ser útil tanto como lo fueron sus novelas en aquella sociedad en apuros. Su metodología, basada en el análisis ideológico y en la comprensión del contexto político-social que se perfila en las revistas, podría servir para entender el vaciamiento de significado al que nos ha llevado la crisis de los medios impresos. Entenderlas dentro del marco de los grandes relatos nacionales quizá confrontaría los discursos con los que el capital parece dirigirlo todo. De los estudiosos de las publicaciones periódicas dependerá comprobarlo y, de ser así, tal vez reafirmar que es conveniente volver al pasado para poder explicarnos el presente.

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