La victoria del mal

- Saúl Toledo - Sunday, 23 Jul 2023 08:40 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Según Daniel González Dueñas, en un ensayo en el 'Libro de Nadie', en la película 'El exorcista' a pesar de las buenas intenciones de la dirección de ofrecer un final feliz, en realidad el mal sale victorioso y nosotros, los espectadores, hemos sido su verdadero objetivo.

 

En un espléndido ensayo contenido en el Libro de Nadie (FCE, 2003), Daniel González Dueñas, hace un interesante análisis que arroja luces para comprender y reinterpretar la retorcida trama de El exorcista, película dirigida por William Friedkin sobre la novela de William Peter Blatty.

El cine de horror puede ser comprendido antes y después de El exorcista, que perturbó de manera colectiva y le dio otra dimensión a ese género cinematográfico. Secuelas y precuelas han venido, se han rodado otros filmes que tienen como tema los exorcismos; incluso se ofreció una versión de El exorcista a la que se le habían añadido un par de escenas que poco enriquecieron el guión primigenio. Ninguna, sobra decirlo, causó el impacto provocado por la original.

Grosso modo, la película trata de la posesión satánica que sufre Regan McNeil (Linda Blair) y de los esfuerzos de su madre (Ellen Burstyn) para ayudarla a salir del trance. En el camino, la mujer comprende que no tiene otra opción que recurrir a un “auxilio” que, debido a su escepticismo, no le inspira confianza: un par de sacerdotes habrán de practicarle un exorcismo a su hija.

Las breves líneas de arriba no ofrecen ni mínimamente un reflejo del drama que enfrentan los involucrados en el conflicto que plantea El exorcista. Lectores de generaciones posteriores a aquellos años –y que posiblemente no hayan visto el filme– creerán que es una exageración decir que los espectadores de aquel 1973 salían de los salas cinematográficas totalmente descompuestos; algunos envueltos en lágrimas y experimentando crisis nerviosas; muchos se desmayaron y otros tuvieron que recurrir a psicólogos y –sí, también– a clérigos, para volver a conciliar el sueño.

Por momentos la puesta en escena es tan descaradamente eficaz que se olvida que se está frente a un divertimento, la ficción le gana a la realidad y todo se vuelve posible, hasta que fuerzas malignas hagan levitar a la posesa, le permitan girar la cabeza 360 grados o, con crudeza desesperante, masturbarse con un crucifijo.

Los clérigos Merrin (Max von Sydow) y Karras (Jason Miller) son los encargados de rescatar a la menor del infierno. El primero, ya retirado, realiza trabajos arqueológicos en Irak; ha tenido encuentros previos con el innombrable y es requerido por su experiencia. Karras está en proceso de perder su fe. Ambos son objetivos ideales para el demonio.

En el Libro de Nadie, Daniel González Dueñas explica un hecho que produce escalofríos. Hacia el final de la película, Karras pregunta por qué el demonio se ha tomado tantas molestias para atacar a una niña inocente. Merrin responde: “Esto no es por la niña. Nosotros somos el blanco.” En este diálogo, el “nosotros” señala claramente más allá de ambos personajes y se extiende a la audiencia del filme.

Como espectadores, esto nos sitúa frente a un problema peliagudo: de simples asistentes a una proyección cinematográfica terminamos siendo presas posibles de Lucifer y sus huestes.

La tragedia se disfraza de final feliz. En la última escena vemos a Regan dejar la casa donde todo sucedió. Su madre habrá de sepultar los acontecimientos recientes llevándola a otro lugar. La menor no recuerda nada, su rostro denota paz. No obstante, la inquietud de nosotros, los testigos,
no termina ahí. No se puede dejar de pensar en los sacerdotes muertos y en el suplicio de sus almas ahora en el averno.

El victorioso fue el mal.

 

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