La vez del Ventorrillo
- Hermann Bellinghaussen - Sunday, 26 Dec 2021 07:57
La noche en el albergue de Tlamacas había sido un tormento. Un grupo de excursionistas claramente novatos pasaron la noche excitados, entregados al nerviosismo y el relajo, así que Miguel y Caimán durmieron poco. Miguel adelantó la salida para dejar atrás a esa plaga y no toparla en el camino. Sabía que el equipo de Lindavista andaría en la ruta, fuera de eso no esperaba cruzarse con nadie hasta la cima. Caimán estaba listo, como siempre, respirando con fuerza por la nariz con una especie de sonrisa. Era invierno, enseguida pisaron la nieve. Para felicidad de Caimán y sus ancestros siberianos comenzó la fiesta. Saltaba hacia adelante, se hundía, volvía a saltar, ondulando como un delfín blanco en un blanco mar.
Nunca había subido solo. El alpinismo se practica en equipo, y él siempre cumplía esa regla. Por una vez, no. Sobrado quizás de confianza, organizó la salida sin decir a nadie. En ese tiempo no existían los celulares, no lo iban a andar localizando. Y no iba solo, Caimán siempre fue buena compañía, con todo y los líos en que luego lo metía.
El cielo azul y negro se rasgó en amarillo y sangre con nitidez sobre el inclinado manto del volcán. La aurora boreal de los pobres, pensó Miguel y le hizo gracia. El aparecer y desaparecer de Caimán fue bajando de ritmo. El formidable samoyedo moderó el paso y permaneció cerca de Miguel el resto de la ruta. Al fin aclaró y no había nada sino nieve y cielo. Giró a sus espaldas y contempló el día sobre el Valle de México como quien mira de arriba los techos de su casa, como si la sobrevolara. Reanudó el ascenso y pronto recurrió al piolet. La nieve y la pendiente endurecían.
En aquellos tiempos todavía dominaba la convicción de que las nieves del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl eran perennes. En invierno alcanzaban su esplendor, la blancura les llegaba hasta las faldas.
Sin demasiado esfuerzo alcanzaron el cráter con muy buen tiempo, tanto en el cronómetro como en la atmósfera. Miguel se detuvo unos momentos antes del borde para no marearse de ver bajo sus pies un desierto de roca gris y caliente. Como en la canción de José José, en eso años el Popo era un volcán apagado.
Tomó lo que pudo del darse un respiro y se encaminó al Ventorrillo en un descenso perpendicular opuesto, a buen paso. Caimán no se le separaba, dando las señales del exhausto. “Man, ya mero” le decía Miguel, jadeante. “Man, aguanta, que el pueblo se levanta, anda”, bromeaba. El sol pegaba sin clemencia ni filtro, blanco. Llegaron al pie del Ventorrillo, el glaciar más grande del Popocatépetl, más que Nexpayantla, casi un cerro en hombros del inmenso volcán. La cañada del Ventorrillo, por donde el Popo desaguaba sus nieves durante las primaveras de entonces y bañaba los valles que alguna vez fueron lagos, estaba congelada. Miguel tuvo a sus pies el ancho cuarzo descendente del hielo sin asperezas. No era el plan pero sintió el antojo de bajarlo. No traía equipo para descolgarse ni para cargar en cesta a Caimán.
Desahogó sus ganas de acción escalando el Ventorrillo. Su cima era un balcón privilegiado y también una invitación al suicidio. Esta vez Caimán no lo siguió. Miguel fue y vino solo. De regreso al pie del glaciar encontró a Caimán inquieto, ladró impaciente, corrió hacia él, luego hacia la orilla de la cañada y dio de vueltas. Le tomó tiempo a Miguel alcanzarlo. Caimán se sentó, inmóvil como Buda. Miraba hacia el hielo. En la dirección de algo específico, Miguel no distinguía qué. Sacó de su mochila los binoculares, hasta el momento olvidados, y observó hielo abajo.
Le gritó a los ojos una forma definida, dentro de una gran burbuja suspendida. Un cuerpo, definitivamente un cuerpo atrapado en el hielo. Caimán parecía conejo hipnotizado. El hocico semiabierto, inmóvil como gato sagrado. ¿Se acuerdan cómo hay insectos prehistóricos capturados en el ámbar que se mantienen intactos? Así tenía Miguel a sus ojos y sus pies, incrustada en el hielo, pluma por pluma, en posición de ataque, con los ojos abiertos mirando a donde miraban él y Caimán, un águila.
Imposible. La naturaleza no funciona así. Cómo congelar un águila en posición de vuelo dentro de una masa de agua cristalizada en una muesca de roca sobre el primer pequeño abismo de la cañada. Cómo que un águila capturada por el hielo en pleno vuelo.
Ora sí ya me dio el mal de montaña, pensó. Un ave de tamaño capturada como en un pisapapeles de vidrio. No duraría más allá del próximo deshielo, en primavera. Miguel dedujo que el águila se había atrevido a tanta altura a principios de ese invierno. Por capricho o delirando, imaginó que en vez de escurrir los despojos del ave en el agua corriente, el águila deshielada retomaría el vuelo donde lo interrumpió, allí donde las águilas no se atreven, pero ésta lo había hecho, qué hace un ave tan arriba. Merecía un final feliz.
Ja, final feliz, pensó Miguel con sarcasmo. Fi-nal fe-liz, fi-fé. Sacó la cámara, un aparato ni tan la gran cosa, las fotos no eran lo suyo. Hizo dos o tres tomas. Llegando al De Efe las mandaría a revelar con ampliaciones; en un descuido confirmaba que vio lo que vio.
Reanudó el descenso nuevamente en una perpendicular opuesta hacia el albergue y el carro. Anochecía. Caimán saltó al asiento posterior de la vagoneta y enseguida se durmió. Miguel traía antojo de un pulque. A esas horas. Llegando a Amecameca supo a dónde ir y se lo echó. Caimán roncaba.
*Hermann Bellinghausen. Narrador, poeta, ensayista, cronista y periodista; entre sus numerosos libros están Crónica de multitudes, Aire libre y Ver de memoria.