Las rayas de la cebra

- Verónica Murguía - Sunday, 31 Oct 2021 07:51 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Las várices de Cicerón

 

El otro día, sumergida en esa especie de apatía disfrazada de curiosidad que me acomete cuando estoy cansada y enfrente de la pantalla de mi computadora, leí una nota curiosa: durante la pandemia, las cirugías plásticas, en todo el mundo aumentaron en frecuencia y variedad, no sólo entre las mujeres o las personas mayores. A este boom se han unido grupos, digamos, inesperados, como los hombres jóvenes. Y es un aumento que persiste.

En países orientales donde los procedimientos cosméticos ya son una especie de rito de pasaje, se ha puesto de moda la “mejora para el Zoom”. Esta inquietante variedad deja una cara muy extraña y consiste en modificar los rasgos faciales del paciente para que su rostro tenga una mejor apariencia para el Zoom.

Esto, a pesar de las infinitas –lo digo en serio– galerías de fotos que acompañan la información, no me quedó claro. En primer lugar, porque el Zoom le deja a todo el mundo cara de pescado o de caballo. Esto se remedia de inmediato al apagar la computadora o el teléfono (mi cara en las videollamadas me orillaría a tirarme al mar si no fuera porque la cosa cambia cuando me miro en un espejo normal).

Las facciones de las personas “mejoradas” tienen una falta de expresión a la que se suma la barbilla picuda. Y como la mayor parte de la muestra a la que me asomé era coreana, se añadía la triste remoción del pliegue epicántico, la tirita de piel que le da a los ojos orientales su muy precioso misterio.

La mirada que queda cuando se occidentalizan los ojos, en mi opinión, es semejante a la que cualquier occidental adopta cuando se espanta. Saltona, exoftálmica, fea. ¿De dónde sale que todo ojo occidental es más bonito que el oriental? Sepa. Del mismo lugar mendaz que afirma que la piel blanca es más bonita que la oscura, o que las nalgas de Kim Kardashian parecen humanas.

Las clínicas coreanas son algo incomprensible. La cirugía para afilar la quijada incluye quitar piezas dentales y romper los huesos de la mandíbula. La persona se ve obligada a beber su comida con popote durante meses. No entendí nada.

En cambio, creo que las nalgas de Kardashian, aunque artificiales, son envidiadas porque el modelo esteatopigio está entre nosotros desde la prehistoria. Nada de lo que se ha hecho Kardashian es nuevo. Marco Tulio Cicerón, cuya vida fue todo menos aburrida, se sometió a la cirugía para quitar las várices, sin anestesia por supuesto, en los albores de nuestra era: le enorgullecía no haber perdido la consciencia durante la operación. En la Roma clásica las personas se quitaban la grasa de la panza con una protoliposucción y usaban narices de cuero si perdían las suyas en la guerra. Las dentaduras de marfil eran populares, aunque ignoro cómo se pegaban a la encía. En la Edad Media, Erzébeth Báthory, “la condesa sangrienta”, mató a más de quinientos jóvenes para bañarse con su sangre y permanecer siempre joven. Menciono al prodigioso orador romano y la despreciable aristócrata húngara en relación con Kim Kardashian porque ésta se quitó várices, costillas, cachetes, panza, se afinó la nariz y se blanqueó los dientes. Además, usa mascarillas de plasma hechas con su propia sangre.

Suelo reírme, pero antes me reía mucho más. Ahora, mi cara en el espejo me desconcierta. Tener el pelo blanco, que lo tengo, me importa un rábano. Pero esas flaquencias de palillo… Y, ¿a qué hora me quedaron los ojos tan tristes? ¿Por qué las comisuras de la boca se me van para abajo? ¿Será la tristeza de la pandemia? ¿La ley de la gravedad?

Me asomo a los sitios de internet especializados en cosméticos y compro un filtro solar con un millón de spf y un frasco de vitaminas. Me jalo las comisuras de la boca con los índices.

Luego miro la foto de Kim Kardashian. No: qué cuerpo tan raro. Pero la piel. ¿Qué se habrá hecho? (Suspiro). Lo que sea, ha de costar millones de pesos. Se le ve padre, caray. (Suspiro, pero envidioso). Chin.

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